Es un derroche de vivacidad
el que su existencia nos causa
nos motiva y enamora
y su actuar es siempre gracia.
Desde cuando tuvieron aliento
llegaron a cambiar nuestras vidas,
a imponernos sus humores
ya vistiéndonos de flores
con dolientes lágrimas
o mejor aún con sus caricias.
Todo su crecimiento
es delicioso proceso,
de brazos lleno de besos,
de angustia en sus primeros pasos,
de pelfudos parlanchines
en sus juegos infantiles,
de una ansiedad incierta
al enfrentarse a las letras,
de un espíritu remozado
al descubrir lo sagrado,
del desarrollo de sus mentes
al ver el mundo floreciente,
del sentido del deber y amistad
al departir en el este social,
y de nuestras nacientes preocupaciones
ante las primeras ilusiones.
Toda esta permanente dicha
sazonada con ansiedad,
sólo pueden tenerla en verdad
quienes fuimos premiados con hijas.
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