No existe un pensamiento puro.
Ni un esplendoroso sol
en una sola e interminable cara.
Menos la tierra
menos la luna
menos nuestros pasos de hombres
inagotables girando
creando contornos nuevos
de suave o brusco andar
donde amoldar los entreactos
o ajustar las metas
en brújula de norte esquivo
o tal vez sin un norte en ellos
dibujándonos nuevos rostros
en una interminable sucesión
donde lavar nuestros actos.
Hemos hecho
en bustos de prohombres o santos
en sus rostros de austeros o alocados rasgos
pequeños dioses mostrándonos su virtud.
¿Mas que pueden mostrarnos
mas allá de su ruta de ilusiones y desengaños?
No hay uno solo quien realmente pueda seguir sus pasos.
No hay uno solo quien pueda ceder a ellos su andar.
En nuestro deseo de construirnos
nuestros pensamientos
son efímeros sobre estos hombres.
Queremos proyectarnos mas allá de los mismos.
Ninguna ruta debería encadenar a ningún hombre
como el camino para su propia ruta.
Así en toda ruta
se podría cultivar el propio trigo
y servirse de ellas como antorchas
con la cual iluminar nuestras pasiones
donde nuestra virtud
se encuentre en la proyección de nuestros deseos
y el pecado no sea mas
que la negación de nuestros deseos.
Hemos hecho del hombre
esclavo de su negación sin que pueda el a si mismo negarse
de las olas que le bañan.
Olas de ajenas virtudes puede perdernos
olas de nuestras propias realidades puede salvarnos.
Siempre abra olas tendiendo a perder nuestro camino.
En esas olas ajenas intermitentes en sus fulgores
cada cazador puso trampas a nuestros pasos de víctima propicia.
Cernamos cuidadosamente sus arenas
para alejar sus trampas
para encontrar junto a sus luces posibles
el camino de nuestro propio destino
donde dejemos de ser en manos ajenas víctimas propicias
de redenciones por nosotros no soñadas.
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