Cortando El Cielo |
A Dionisio siempre le ha encantado ver reflejado el cielo en las laminas de acero inoxidable, su gusto venia desde cuando cortaba las laminas al aire libre con la cizalla manual en el pequeño taller de mecánica industrial de su padre, especializado en la construcción de calderas Para él esta labor era una sensación de ir cortando en pedazos el mismo cielo, el cual al final quedaba esparcido a sus pies, reflejándose en cada pedazo de lamina una parte de la inmensidad del mismo. Los otros trabajos realizados en el taller de su padre, también le daban una sensación idéntica de poder. Trabajar en el torno, manejar el equipo de soldadura, dirigir la prensa hidráulica, los taladros y las pulidoras, eran y son aún en él, tareas vitales y grandiosas. Dionisio constate gozaba con el dominio del arte de la metalmecánica especializada aprendido durante largos años de su vida al lado de su padre. Amaba estas labores, por ellas darle una sensación de dominio sobre las cosas, lo cual se convertía en una sensación de libertad. Esta sensación de libertad proporcionado por su trabajo, por un tiempo, no le fue suficiente para llenar el inmenso desasosiego con el cual tubo que vivir durante algunos años de su vida, a causa de una deteriorada situación económica. En estos días, los trabajos recibidos en encargo en el taller de su padre, eran cada vez mas escasos a causa de la misma situación de desajuste general de la economía del país. En esas circunstancias, el poder de su arte quedaba atrapado en la punta de sus dedos con la frustraste sensación de no poder ejercerlo, y teniendo que llegar diariamente a su hogar a sumar una nueva carencia al cumulo de ellas, para terminar cada noche dando tumbos en su cama junto a su esposa Amelia, en la tarea de buscar una salida a este circulo de frustración, que junto a su esposa y a su hija Fátima les encerraba. En esos días, buscando una salida a su frustración, por seis meses logro romperla viajando a norte América conducido por su desesperación buscando encontrar una solución económica a las angustias de su vida. Unos parientes lejanos le consiguieron sucesivos trabajos menores, con los cuales pudo enviar dinero a su esposa Amelia, logrando acabar por ese tiempo con su cumulo de deudas y requerimientos, y solventarse a si mismo y a su familia. Mas al cabo de esos seis meses de logros económicos, hubo de regresar a la patria para no perder la visa múltiple de entrada a norte América, con lo cual, tres meses después de su regreso al país, Dionisio se encontraba nuevamente en la misma situación de angustia, aunque ya conocido el horizonte en Norte América, el regresar allí nuevamente después del éxito allí alcanzado, era una decisión fácil y lógica de tomar, mas cuando en su viaje anterior había hecho los contactos necesarios para trabajar de una forma mas rentable en el arte de la metalmecánica. A Dionisio tomar la decisión de regresar nuevamente a norte América, y llevarla a cabo, se le asemejaba a su tarea de cortar las brillantes laminas de acero inoxidable donde se reflejaba el cielo. Era dejar su vida partida en mitades, donde en cada una se reflejaba una parte de su felicidad. En una mitad del cielo, estaba su patria, su esposa, su pequeña hija, sus amigos y todo lo que a un hombre puede atar a la tierra, y de otra mitad, estaba la clara posibilidad de salir de los problemas económicos que le agobiaban con un horizonte mas claro aunque roto en la lucha por la supervivencia diaria para él y para los suyos, y llevando dentro del corazón el estigma del destierro voluntario, tomado a la fuerza en contravía de su propia felicidad por causas económicas. Despertó muerto de frío. New York en invierno era para su gusto varias veces mas helado que Bogotá. Cecilia la nueva compañera de su vida, sintiéndolo despertar se abrazo a él. Dos años habían pasado ya desde su segunda venida a Norte América para solventar su situación económica, y mensualmente seguía enviando sus giros a Amelia para cubrir sus necesidades. Su hija Fátima en Colombia cumplía hoy cinco años, lo primero que iba a hacer al levantarse era llamar para felicitarla, mas ya sabia como esta conversación le parecería hueca y lejana, seria algo igual a sus giros mensuales a Amelia, la sensación de cargar con un pasado empalagoso del cual por ahora era imposible deshacerse. Cecilia se levanto abruptamente para ir al baño, su embarazo no había sido fácil, a Dionisio todo en ella le fascinaba, su esbeltez, sus maneras, el ser hija única de sus ahora cercanos parientes de New York. Ella sin darse cuenta como, entro en su corazón para vaciarlo de la desolación en la cual se encontraba en esta segunda venida en razón a la ausencia de su esposa y de su hija. En unos pocos meses mas Dionisio seria padre por segunda ocasión, esto enterraría mas hondo sus raíces en esta nueva patria. Dionisio recordó como cuando cortaba las laminas de acero inoxidable, en cada parte de las laminas se reflejaba una parte del cielo, y no por ser cada parte de cada lamina mas pequeño, el cielo dejada en estas partes de ser tan inmenso como siempre había sido, aún siendo un cielo distinto en cada parte de las mismas. No pudo seguir pensando en estas laminas de acero que siempre le fascinaban en sus reflejos. Cecilia había regresado del baño y ya junto a él requería de sus besos y caricias. El amor en su grandeza siempre encontraba la forma de revivir en un nuevo rostro en ausencia del viejo rostro amado. Dionisio ahora comprendía como la promesa hecha ante un sacerdote de amarse hasta la muerte con Amelia aún deseándola era ahora falsa. Fue el amor por Amelia lo que le trajo a estas lejanas tierras, y en su ausencia fue el amor lo que lo hizo olvidarse de su amor por Amelia para dar paso a un nuevo amor. Solo tubo un pensamiento antes de dedicarse de lleno a gozar de las caricias de Cecilia, las laminas de acero una vez cortadas nunca se vuelven a reunir.
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Ricardo Muñoz |