El Tullido

 

El tullido Francisco, con su bota izquierda de diez centímetros de altura, a sus sesenta años, de lo raquítico que era, con su bastón en la mano, parecía caminar sobre tres pies.

De su eterna cachucha colgaban sus lentes como culos de botella, y su boca ya casi sin dientes, exhalaba un pudrico aroma, ante el cual gajos de ajos y cebollas eran perfumes a elegir.

En el café de don Jairo, siempre se sentaba en la misma mesa bebiendo un tinto tras otro, y siempre diciendo a don Jairo, anótemelo en la cuenta no se baya a olvidar.

El tullido Francisco, de cuando en vez tomaba cerveza, en esas ocasiones pagaba por adelantado, para no confundir lo fiado, con lo que si iba a pagar.

Cual pudo ser la gracia de este tullido, que a la risa o al horror mueve en su presencia nuestro gesto, por no ser ningún templo de Efeso, u otra de las siete maravillas del mundo, donde la Artemisa helénica como la misma Diana romana, siendo la reina de los bosques y la diosa de la caza, obtuvo de Júpiter su padre permiso para nunca llegarse a casar.

Entonces dirán ustedes, el tullido Francisco no se caso nunca, y en ello tendrán la razón, pero no es por faltarle mujeres, pues de ellas siempre le vi rodeado, y entonces pensaran ustedes, si es feo y tullido este Francisco sus pretendientes serán lo mismo, y oigan bien como no digo pretendidas, por que él a las mujeres espantaba como espantando a las moscas, mas como las moscas, ellas alrededor del tullido Francisco seguían persistiendo, yo la verdad siempre le vi rodeado de mujeres y moscas disputándose su presencia, y que mujeres les digo, llenas de joyas y abrigos, dignas de cualquier portada de revista de moda de lo hermosas como eran, con lo cual para mi el tullido Francisco, se convertía en un misterio, mas aún dada su extrema pobreza, pues siempre le vi vistiendo una de sus dos camisas y pantalones de dril raídos, y yo en mi mente seguía persistiendo, hasta el punto del dolor preguntándome, que es lo que tiene el tullido Francisco para yo untarme de lo mismo y tener el mismo tratamiento, no de las moscas, sino de las bellas mujeres, pues las moscas me fastidian, en tanto me fascinan las bellas mujeres, y no queriendo equivocarme, atrayendo a las moscas y no a las mujeres, y perder así mi escasa suerte, y logrando desgraciar mi vida, al andar entre una nube de moscas, y no una de bellas mujeres, requería entonces estar plenamente seguro, de que era lo digno del tullido Francisco imitar.

Todos los días yo le andaba observando en el café de don Jairo, siempre en la misma mesa, con distintas y hermosas mujeres, las moscas no se si siempre eran las mismas u otras distintas, eso para mi era imposible indagarlo, y termine concluyendo, como del aspecto externo del tullido Francisco, no había nada para imitar.

La dificultad para mi de indagar el por que del éxito del tullido Francisco, se me convirtió de esta forma en un imposible, pues igual yo espiaba su comportamiento, sus gestos, su forma de hablar, y en esto he de decir, no había nada diferente a cualquiera, todo allí era de uso común, ni muy balurdo, ni muy refinado, temas de conversación trillados, nada salido de ningún otro mundo, con tinto o cerveza el tullido Francisco era lo mismo, y no había al ojo de otro hombre en él nada digno de alabar.

Un día cualquiera el tullido no volvió a la plaza, lo cual saben ya quienes leen mis cuentos, la plaza de mercado Paloquemao es el sitio, donde esta el café de don Jairo, y este café es el centro, así como del tullido Francisco, el mío y el de muchos, donde descansamos nuestra cotidianidad.

Yo le preguntaba a don Jairo, que abra pasado con el tullido Francisco, y don Jairo como buen cantinero, siempre me daba la misma respuesta, sin poder saber yo la verdad en ella, pues don Jairo cuando se le indaga sobre alguien siempre da la misma respuesta, aunque yo me huelo como esta es para salir del paso, o puede existir la posibilidad de que ella sea cierta, por que como dicen quienes conocen, un buen cantinero no tiene memoria, y por eso siempre don Jairo me contestaba con un lacónico; mi Dios lo sabrá.

Por algún tiempo las bellas mujeres siguieron llegando, buscando al tullido Francisco, yo me sentaba ahora en su mesa, y hasta me conseguí una cachucha igual a la suya, limite mis mudas de ropas a dos camisas y unos raídos pantalones de dril, me conseguí un viejo bastón parecido al suyo, y hasta cambie la montura de mis gafas, pero las bellas mujeres apenas estaban a unos pasos, lo primero era extrañar las moscas, eso las ponía sobre aviso, y en su segunda mirada descubrían mi engaño, y antes de pensarlo, no había forma o modo de evitar, ver a todas ellas echarse a llorar.

Yo por fin no pude aguantarme las ganas, y teniendo una fuerte sospecha, como el don del tullido Francisco era una dotación especial para la cama, y pensando como era este el motivo de su éxito con tantas y tan bellas mujeres, me decidí a arriesgarme a que algunas de ellas me dieran de palos, se los preguntaría en forma directa, antes de perderlas de vista del todo, ya había transcurrido un mes desde su ausencia, ya la voz se había corrido y las bellas mujeres estaban dejando de llegar.

El día cuando decidí echarme al agua en mi indagación profunda sobre el porque de su éxito, por respeto al tullido deje de imitarle en sus ropas, mas conservé mi asiento en su mesa, y apenas vi llevar a un par de mujeres, una despampanante rubia y la otra una hermosa morena, ambas con una buena cantidad de sus carnes a la vista, rojo hasta la medula, las invite a sentarse a la mesa, y les pregunte sin miramientos, si el éxito del tullido era la cama, y entre los carterazos y puntapiés que me daban, alcance a oír como entre sueños, como el éxito del tullido Francisco no era la cama, sino su extrema bondad.

 

 

Ricardo Muñoz


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