Fama

 

¿se han preguntado alguna vez ustedes, si detrás de las manchas de sangre de ganado en los overoles de los dependientes de las famas hay algo mas?. Me refiero es, a que si mezclada con esta sangre, ustedes han llegado a pensar si también allí puede haber,… que se yo.

Bueno, a mi como a la mayoría, jamas se me había ocurrido pensar esto. Solo fue a raíz de haber estado viendo la aplazada carrera de las quinientas millas de Indianapolis en el televisor ubicado en el local de don Jairo, concurrida cafetería en la plaza de mercado Paloquemao, donde normalmente me detengo en mis labores cotidianas a tomarme un tinto. Allí pude ser testigo de lo aquí narrado y lo cual motiva mi pregunta.

La cafetería de don Jairo estaba por este motivo atiborrada. Cesar el muchacho carnicero. Guapetón él. Blanco él. Estaba junto a Pablo el fornido lustrabotas. Negro él. Atravesado él. Y orgulloso dueño de una caja de embolar en forma de auto; quien quería en su lenguaje enseñar a Cesar su sapiencia sobre automovilismo, y sobre nuestro nuevo ídolo nacional campeón de la formula car.

Los dos ya estaban ebrios, bastante dura una carrera y esta ya estaba por terminar.

Yo en la mesa vecina a ellos, junto a mi tercer tinto ya frío, bueno normalmente no me tomo sino un tinto, pero en esta ocasión me daba pena con don Jairo estarle ocupándole un puesto, que no una mesa completa, por que en estas ocasiones las mesas se llenan completamente con una ocasional fraternidad nacida en ser testigos del triunfo de uno de los nuestros, y Juan Pablo Montoya, nuestro corredor de la formula car, antes de que piensen algunos en Juan Pablo II quien nada tiene que ver con este cuento, estaba dando ya la ultima vuelta al ovalo de Indianapolis para coronarse campeón, como dicen magistralmente los locutores deportivos, a quienes siempre e envidiado su destreza de lenguaje, y quienes en esos momentos no cesaban sus emocionadas alabanzas a nuestro crédito patrio.

Mas Cesar, quien había estado zumbón ante las enseñanzas de Pablo el lustrabotas. Carnicero él. Guapetón él. Amante él de las faenas taurinas, e interminable admirador de nuestro otro crédito nacional, el diestro Cesar Rincón, se atrevió a decir; no es por demeritar a Juan Pablo, pero el verdadero valor lo demuestra es Cesar Rincón a quien no se le arrugan las pelotas para pegar su cuerpo en la arena a los cuernos del toro, eso de andar dando vueltas en círculos no tiene gracia.

Con seguridad cesar no midió las consecuencias de sus palabras. No había terminado de pronunciarlas, cuando el negro Pablo de un manotazo hizo volar las abundantes botellas de cerveza que habían en la mesa, a la vez que del fondo de su caja de embolar había sacado una puñaleta automática de unos quince centímetros de larga, la cual empuñaba en su mano derecha, en tanto en la izquierda empuñaba, el cabo roto de una de las botellas.

Claro, instantáneamente los que no pudimos huir, quedamos pegados a las paredes del local de unos seis metros de frente por unos diez de fondo, y en el frente sin puertas del local, yo pude constatar como se agolpaban una innumerable multitud de curiosos.

Don Jairo desde su mostrador solo gritaba: ¡quietos muchachos!, ¡quietos muchachos!. Los demás con nuestra sangre helada y expectante, nos convertimos en expectores ansiantes de una muerte posible, como es todo espectador asistente a espectáculos donde se rinde culto al valor enfrentando la muerte.

Cesar él carnicero. Guapetón él. Taurinofilo él. Antes de decirlo, ya se había enrollado su bata blanca sobre su brazo izquierdo, desde el cual esta ondeaba parcialmente, y empuñado en su mano derecha el cuchillo de unos treinta centímetros de largo en su hoja, constantemente afilado, el cual utilizaba para destazar.

El negro, con su overol negro, tirando todo a su paso, bufaba dando vueltas en redondo del blanco en su overol blanco. El blanco, en medio de su gusto taurino y la bruma del alcohol, quería sin lograrlo llamar la atención del negro con su bata enrollada sobre el brazo, mostrándoselo como un capote, para alinear al negro y entrarlo a matar.

Yo a estos mínimos instantes los vi como en cámara lenta alargados por la acelerada percepción de mi cerebro estimulado por la cafeína y la emoción. En ellos, de una forma pura, se reprodujo la suerte final de una faena taurina.

Cesar hizo a Pablo un engaño con el brazo del capote, y se lanzo con su cuchillo simulando ser una espada a buscar el corazón del negro Pablo. Este contesto a la cita. Los dos se habían alejado un par de metros el uno del otro, y se encontraron en el centro.

Cesar llevaba las de perder. Él no estaba enfrentando un toro sino un hombre.

El negro con su mano izquierda desvío la mano de la espada de cesar haciéndole de paso un profundo corte en la mejilla izquierda de Cesar con el cabo de la botella, a la vez que su mano derecha clavaba profundamente su puñaleta junto a la entrepierna en la femoral  de Cesar levantando enganchado por efectos del golpe por un leve instante.

Esta acción quedo en mis ojos detenida para siempre. De ahí en adelante aconteció un pequeño caos, y después la calma. El negro Pablo blandiendo su puñaleta, se abrió camino para escapar entre los curiosos dejando abandonada su caja, sin que a la fecha, pasados ya quince días de los acontecimientos, se tenga noticia de él.

Cesar viendo manar en forma abundante su propio sangre y tal vez creyéndose en la plaza de las Ventas, grito un par de veces desesperado desde el suelo, ¡llévenme a la enfermería!, ¡llévenme a la enfermería!, antes de quedar inconsciente y de ser arropado dulcemente por la muerte.

Su acto no fue en vano. En este en esta plaza, no de toros sino de mercado de Paloquemao, Cesar alcanzo la gloria y la fama reservada a los grandes matadores que terminan sus vidas en la arena enfrentando a su enemigo. Ya cuando se habla de él, no se refieren a Cesar, el carnicero empleado de la fama de don Miguel, sino como a Cesar, el famoso matador muerto en nuestra plaza.

 

Ricardo Muñoz


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