El Bastón

 

El viejo del bastón, le decían los muchachos vendedores ambulantes quienes compartían con él su sitio, para ellos de trabajo y para él de mendicidad en la esquina de la avenida 72 con 24, donde en esta actividad el viejo arañaba su sustento.

La verdad lo suyo no era un bastón, sino un deteriorado palo de escoba utilizado en este proposito mas noble. El viejo no podía prescindir del mismo, su rodilla derecha y sus riñones no le permitían ponerse en pie sin su ayuda.

No sabia ya desde cuando lo utilizaba, la noción de su pasado, día a día se venia desmoronando con mas rapidez. Ya la verdad, de no usarlo en estos momentos ni se acordaba de su nombre.

Viejo, era la forma como le llamaban las tres o cuatro personas que le conocían fuera de los vendedores ambulantes, ellos si le decían el viejo del bastón, y de acuerdo al resultado de sus días, en ocasiones cuando las ventas le correspondían, su tono era afable y casi se lograba adivinar cariño y bondad, o en otras ocasiones, cuando sus ventas habían sido nulas, se lo decían con un tono donde no faltaba el rencor. Para mal o para bien, él viejo se había convertido en su amuleto, o con mas frecuencia en su fetiche de desgracias.

Nadie sabia nada de su existencia fuera de su estar allí. El llegaba siempre rayando las ocho de la mañana, y casi sin intercambiar palabras con nadie, se mantenía en su sitio hasta esta misma hora en la noche, cuando sin despedirse, se retiraba en su lento andar. Nunca mostraba signos de que en su interior se albergara ningún tipo de sentimiento.

Todo su día consistía en esperar el auto que quedara en suerte junto a él al momento de la luz roja del semáforo, extender su mano sin pronunciar una palabra, y caminar con su paso vacilante hasta el siguiente auto. Nunca podía alcanzar un tercer auto, para este momento la luz del semáforo ya estaba en verde y los autos habían partido con la cotidiana prisa de sus conductores.

Claro, en ocasiones se taponaba la intersección de las avenidas, y los conductores estaban obligados a esperar impacientes, mas en estas ocasiones no valía la pena intentar acercarse a un tercer auto. La obligada demora no es la madre de la generosidad, y esto parecía entenderlo muy bien el viejo, quien nunca intentaba cambios en la mecánica de su pedir.

Cuando el cansancio parecía vencerle, y esto cada día era algo mas frecuente, él se sentaba en una gran piedra en el separador de la vía, la cual cualquiera diría fue colocada allí únicamente con este proposito, allí el viejo aprovecha en ocasiones el momento para sacar de sus bolsillos algunos bocados de comida con apariencia de sobras y tomar uno o dos tragos de agua de una sucia botella la cual siempre tenia consigo.

Si el día era lluvioso, él se refugiaba en el alero de la edificación esquinera, pero nunca se retiraba de su esquina antes de su hora habitual, allí bajo el alero permanecía, inmóvil, inmutable, siempre apoyado en su bastón, esperando el momento de volver a su labor.

El día del hecho, pues no se podría decir en plural, el día de los hechos; un agresivo desechable, dominado por su alucinación, aprovecho un descuido del viejo en el momento en el cual tomaba su comida sentado en su piedra con su bastón apoyado en la misma, para tomar su palo y partir con el blandiéndolo agresivamente contra los transeúntes. El viejo no dijo nada, solo este día se adivino en sus ojos una intensa mirada de furia, permaneciendo sentado en su piedra, con la botella de agua y los restos de su comida tirados a sus pies.

Al rato esa tarde se largo repentinamente un gran aguacero. Los vendedores ambulantes corrieron mas que a buscar refugio a irse, entendiendo como ya no había objeto en continuar su labor.

Al día siguiente, los ambulantes encontraron aún encorvado sobre la piedra al viejo del bastón. Al intentar moverlo este cayo en esa misma posición sobre la tierra. Los vendedores comprendieron como el viejo había muerto en ausencia de su bastón, y decidieron requisarlo para tomar las monedas por él ganadas el día anterior. Entre ellos, quien parecía tener mas afecto por el viejo, decidió apoderarse de la chaqueta del mismo, la cual se veía como podía aún ser usada. Al fin y al cabo el viejo ya no la volvería a necesitar.

Nunca mas este vendedor volvió a trabajar en su esquina. Pasados los meses, cuando ya solo uno de los antiguos vendedores ambulantes permanecía aún en esta esquina, este vio pasar a su antiguo compañero de trabajo en un flamante auto nuevo y dar unas monedas a otro viejo que había tomado el lugar del viejo del bastón.

 

Ricardo Muñoz


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