La muerte halla otra víctima en sus brazos
No fue suya la espera
un hombre la entrego sin miramiento.
Y tú Señor:
¿Dónde estabas?
Ciega es la furia del hombre
Su gula en sangre le enloquece.
Fratricidas sus instantes
Sus instintos no están hechos para amarse.
De orgullo llenos
quiebran vidas impacientes.
De furia ahítos
Sueñan en su mísera grandeza.
En maldad insacios
gozan del dolor en otros cuerpos.
Tu Señor
Lejano eres.
Cada instante una nueva víctima se apronta
un nuevo asesino viste de infamia.
Tu le entregas dicha al ungido.
Su dolor en él es solo un recuerdo
unido a nuestra carne.
Señor
Atiéndenos en duelo.
En tus brazos el ungido
nosotros imploramos tu consuelo.
Danos la fe
la esperanza de tu dicha
la paz de tu justicia.
Danos la fuerza de seguirte.
Que el olvido borre este recuerdo
sea ahora el tiempo de tu abrazo.
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