Ya estoy aquí parado en mis dos pies
sobre el año dos mil de nuestras cuentas. Son las ocho de la mañana de este primero de
enero del año dos mil, aún a lo lejos se escucha el retumbar de los cohetones con que se
da en cada ocasión la bienvenida a un nuevo año. Lentamente los silencios entre las
explosiones de uno y otro son mas prolongados, pronto terminan por dominar los sonidos de
la mañana el trinar de los pájaros y el bullicio de los loros y de la cacatúa de nombre
Mafalda como habitantes del patio de la casa paterna.
Junto con mi esposa y mis hijas estoy alojado en ella, mas
deberé decir mejor como estoy es alojado en la casa materna. La fuerza de los recuerdos
nos impide olvidar antiguas situaciones y asumir las nuevas. Mi padre hace tres años se
nos adelanto en nuestro paso final de esta vida hacia la muerte. De igual forma también
hace unos pocos días en este rumbo partió Gerardo mi cuñado, tras luchar en forma
inútil en las unidades de cuidados intensivos de dos clínicas durante dos meses contra
ella en esta lucha desigual que a la larga todos llevamos perdida.
He de decir como junto a las lagrimas inconsolables de mi
hermana, quien de esta forma inicia la etapa final de su duelo, donde a de terminar por
encontrar la aceptación de la ausencia de su esposo, esta partida de año que nos ha
mostrado en ella el rostro del dolor, igual nos mostró el rostro de la alegría en los
abrazos de toda la familia dejándonos ver como la vida sigue caminando.
Es difícil aún para muchos aceptar la realidad de la
muerte cuando esta les golpea de cerca. Yo no puedo criticarles, mi actitud ante la muerte
aunque la creo diferente, no tiene la solides de la proximidad y naturalmente no quisiera
nunca tener que demostrarla. Yo aún no he perdido a nadie quien diariamente bajo el mismo
techo y en vinculo de amor viva conmigo. Aún gozamos con nuestra esposa y nuestras hijas
de nuestra mutua presencia, es mejor no anticiparse a pensar quien de nosotros partirá
primero a la muerte. Sin embargo, mi actitud ante la misma, no en referencia a términos
de temor o no a ella, (por que el temor así sea mínimamente siempre existe), sino mi
actitud en cuanto a su aceptación es diferente, en ella, por ahora las lagrimas no hacen
parte del ritual ante su presencia.
No creo que se trate de tener un corazón duro, o de
carecer de sentimientos, por el contrario, yo adolezco de ser muy sentimental, casi diría
que el ser sentimental es parte de los instrumentos necesarios de un escritor, yo como
escritor tardío (así siempre sus musas estuvieran en mi presentes), por los hechos de la
vida donde tuve que aplazar esta querencia, siempre he sido un sentimental, y no es
extraño que acudan a mi las lagrimas como cuando logro condensar en palabras algunos
sentimientos, mas cuando estas eventualmente acuden a mi, son un signo de alegría, como
un homenaje a la vida, en forma extraña, nunca acuden a mi como un homenaje a la muerte.
Llego a pensar que esto hace parte de mi aceptación de la
misma. Así en muchas ocasiones halla manifestado mi repudio ante la constante aparición
de la misma, traída de la mano del odio del hombre para con el hombre, y esto es algo por
mi muchas veces expuesto, y lo seguirá siendo mientras la vida me acompañe, mi tema en
esta ocasión no es como nos llega la muerte, sino la aceptación de su presencia como una
reflexión ante la vida en ocasión a la llegada del nuevo año; de este especialisimo
año dos mil para el inconsciente de muchos hombres, el cual fue celebrado en forma
fastuosa por ellos y reproducido así por las cadenas de televisión de todo el mundo.
Yo, durante todo el día, me negué a participar como
espectador pasivo de estas celebraciones; se que me perdí de primorosos espectáculos de
palabras y de fuegos pirotécnicos donde la imaginación del hombre tomo vuelo. Esta
actitud de ignorar estas celebraciones, responde a mi convicción interior de que nuestro
corazón debe asumir cada día como el portal de nuestra vida restante, y nuestra actitud
no debe ser diferente en cada uno de ellos.
Mi articulo titulado los nuevos dos mil años, con mi idea
de pensar en la llegada de cada nuevo año como si fuera el año nuevo cero, quería
pregonar esta actitud para cada nuevo año, mas no es solo en cada nuevo año donde se ha
de asumir esta actitud. Es en cada nuevo día de nuestros días donde debemos asumirla;
cada minuto nuevo de nuestras vidas debería estar signado con una gozosa esperanza y
gusto de vivir.
Quienes como yo, sean creyentes en el advenimiento de la
realidad espiritual, donde toda idea del eterno castigo a de desaparecer para dejar
únicamente vigente la idea de nuestra propia oportunidad de crecer, la oportunidad para
nuestro propio crecimiento es en realidad lo que cuenta, y esta oportunidad es posible en
cada nuevo minuto de nuestras vidas. Por eso, desde mi visión, en este primer día del
año dos mil, aquí en mi ciudad natal de Bucaramanga Colombia, donde me encuentro en
ocasión de vivir en compañía de mi familia y mis allegados la oportunidad de reunirnos
por las fiestas del fin de año; desde esta mi ciudad que ahora me gusta llamar
Bucaralinda en presencia de la nostalgia por mi ausencia de ella, y por ser una clara
verdad encerrada en cada uno de sus paisajes citadinos, quiero decir y recordar a todos,
como en tanto la vida nos acompañe, sean cuales sean nuestras circunstancias, debemos
decir orgullosamente ; estoy aquí para crecer.
Y aquí plantados, con los pies sobre el mundo; siempre
veamos al mundo como una oportunidad de crecer espiritualmente, como una oportunidad de
amar. No dejemos extinguir nunca en nosotros este gozoso sentimiento de la posibilidad del
crecimiento, y no requiramos de ocasiones especiales para renovarlo, mientras la vida nos
acompañe siempre este sentimiento de alegría ha de estar presente en nosotros, y en
presencia de la muerte, consideremos como ella es solamente una nueva oportunidad de
crecimiento para quien ha fallecido, y para quienes en la circunstancia de la ausencia del
amado la tienen también.
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