Sábado dieciocho de diciembre de este nuestro
año del Señor de mil novecientos noventa y nueve, o sea la fecha que fuere para
cualquier otro según las propias convenciones para él imperantes. Cuatro de la mañana;
yo cálidamente despierto aún en mi cama, me encuentro como siempre pensando sobre tantas
ideas para plasmar en papel llegadas a mi por tan diversos caminos, de las cuales, la
mayoría ante mi incapacidad por carencia de tiempo o vacíos aún por llenar en la
estructura de mi conocimiento tendrán por destino final el olvido. Entre estas ideas, por
una de esas formas de asociación misteriosas que nunca he llegado a comprender, llega a
mi el deseo de procurar plasmar, cual es hoy para mi sentido de la Navidad, y
misteriosamente llega a mi la imagen de nuestra casita de chocolate.
Es extraño ver como muchas veces las ideas son producto del
desarrollo de nuestros sentimientos, yo queriendo desentrañar este sentimiento y esta
idea me levanto a trabajar en mi PC ubicado en el estudio, no sin antes haber vencido con
un te amo la protesta de mi esposa quien normalmente se despierta al yo levantarme así
siempre procure hacerlo en forma sigilosa, por que a ella no la despierta el ruido sino el
hecho de mi ausencia, y por mi ausencia su protesta; que en esta ocasión dejo en ella con
una sonrisa en sus labios al comunicarle mi idea de venir a escribir de nuestra casita de
chocolate.
La historia de la casita comenzó como suelen comenzar muchas
historias, es decir, traídas de la mano de la casualidad. Esta comenzó el domingo
anterior o sea el doce de diciembre, cuando fuimos a conocer la feria artesanal dominical
ubicada en los patios y salones del exclusivo hotel La Fontana, donde en su imitación de
la hermosa arquitectura española se encuentra ubicada en uno de los costados de su patio
central y como clavada en el mismo, una pequeña capilla blanca en forma morisca coronada
de semiesferas de friso rústico, y sobre su cúpula y como retando la imponencia del
hombre ante esta magnifica construcción, una pequeña y oscura cruz recordándonos
nuestro carácter de mortales.
No pudimos conocer el interior de la capilla. A hora de nuestra
llegada, once de la mañana, en medio del jolgorio de un gran número de toldos de
artesanos y del revolotear de nosotros los numerosos compradores, se desarrollaba en ella
una eucaristía que para no pasar inadvertida, era emitida por altoparlantes y seguida
cariñosamente por el corazón de algunos cuyos labios musitaban al unísono de los
parlantes las oraciones comunes. No era este nuestro caso, nosotros veníamos de cumplir
con el ritual católico de asistir dominicalmente a la eucaristía, a donde mi esposa va
como creyente sincera, y yo en mi caso, voy para dar fe de mi común unión con ella, y
junto a ella nuestra común unión con toda la creación.
Mi esposa y yo nos dedicamos a deambular entre los toldos con
Milkas nuestro perrillo en nuestros brazos, llamada así en honor al hijo varón que nunca
tuve y al que así pensaba llamar a pesar de las protestas de toda la familia, en recuerdo
y en honor a mi propia independencia. Como nos había indicado el portero, siempre lo
mantuvimos en brazos, para evitar que Milkas dejara allí por obra de su naturaleza sus
recuerdos y junto a ellos nuestra propia vergüenza.
Allí en uno de los tenderetes del amplio pasillo que conduce
al patio central estaba la que seria nuestra casita de chocolate. Mi esposa como artesana
de figuras religiosas siempre es sensible a las cosas artesanales bellas, y nuestra ahora
casita en su caja de plástico transparente lo era en demasía lo que hizo que ella
inmediatamente se enamorara de la misma y quisiera tenerla. La casita con su alrededor
tapizado de coco molido imitando nieve, su techo a dos aguas de chocolate oscuro forrado
en gomas de colores en forma de conchas sobrepuestas a merengue terminando sobre las
goteras de su techo cual estalactitas de hielo, su frente coronado con una corona de
laurel y una vela encendida junto a la leyenda feliz Navidad, sus paredes rizadas cual
vetas de ladrillos, los vacíos en los vanos de su puerta y sus ventanas laterales
haciendo plausible su realidad, y en el frente el pequeño santa Claus y un árbol
navideño, todo hecho en chocolate de colores transcribían mejor que mis palabras la
dulzura de estos días navideños, los cuales siempre yo asumo como un pequeño oasis en
la fatiga del trajín anual, como una época propicia a la reflexión sobre los logros y
penas del año, y sobre la esperanza con la cual asumir el nuevo año por venir con las
renovadas fuerzas que dan si no el pleno descanso, esta desaceleración del ritmo normal
de las preocupaciones de la vida, para dar paso a gozar en familia del espíritu
navideño, el cual, a nosotros amorosamente nos fue cultivados desde niños, como
amorosamente nosotros lo cultivamos en nuestras hijas, y que consiste en rendir nuestros
brazos a la esperanza de ser arrullados por los brazos de un creador amoroso y dispuesto a
amarnos, para mantenernos en su arrullo allí donde no hay lugar para las dudas o las
cavilaciones.
Yo hoy no obstante haberme alejado prácticamente toda creencia
o dogma de la cristiandad pero mantenido mi creencia en Jesús como el gran maestro
espiritual del amor que Él es, doy gracias aún por que anualmente venga el fin del año
y con el la Navidad donde el amor junto a los míos y el deseo de expresarlo a los demás
esta a flor de piel, y donde el ritual de preparar los obsequios navideños que en el caso
de mi esposa dura un par de meses, tiempo en el cual ella prepara y elabora amorosamente
nuevas artesanías para obsequiárselas a las señoras de la familia y a algunas amigas en
esta fecha.
Así hayan sido desprovistos de su sentido, los obsequios
navideños son la manifestación de amor envuelta en ellos y no ellos mismos; y es que el
amor es lo que se envuelve en los obsequios navideños y nuestro deseo de renovar nuestro
amor en esta época, y esto solo puede comprenderlo quien se encuentra en sintonía del
amor, pues en estos obsequios así no sean de mucho valor económico, o así sea
inexistente este aspecto como de hecho lo es en esta historia, su verdadero valor esta en
el abrazo, el beso y el feliz Navidad en los cuales manifestamos nuestro amor al
entregarlos.
Cuanto tuve que luchar con la voracidad de mis amadas hijas
quienes no obstante su mayoría de edad ante esta golosina, al igual que en muchos
aspectos de la bondad de su corazón siguen siendo niñas, pues al llegar a casa con
nuestra casita querían desde el mismo momento de verla darse a la tarea de devorársela.
Por fin, acordamos en nuestros mutuos argumentos de la dicha de la contemplación y el
gusto del paladar darle una tregua a nuestra casita hasta el inicio de las novenas
navideña; yo esperando que los cimientos de la casita alcanzaran a llegar hasta el día
de la Navidad, y me imagino que ellas pensando en terminarla en un solo día; mas no
obstante sus promesas, para el día quince antes del inicio de las novenas vi como ya
habían desaparecido algunas de sus tejas de goma, lo cual al final considere como un gran
logro de sus promesas.
Ahora, ya para finalizar esta historia, me he levantado del PC
para ir al comedor a ver nuestra casita. Frente a ella con el corazón entre mis manos,
veo como una de las aguas de su techo ha desaparecido, en tanto que la otra permanece
tirada dentro de la casita. Ahora pienso que tal vez mis hijas se demoren en consumirla,
el chocolate de que esta hecha la casita como es de el gusto de algunos es ligeramente
amargo, lo cual para ellas es un freno a su voracidad. Con seguridad su lujuria ante los
dulces alcanzará solo para ir consumiéndola en muy pequeños trozos ante este freno
imprevisto.
La casita navideña de chocolate ha resultado ser un símil
perfecto de lo que es para mi la Navidad. La Navidad es una época dulce que a medida que
se va consumiendo nos va dejando en el alma una ligera amargura al pensar como el amor que
se entrega en la Navidad necesitara de otra nueva Navidad para volver a renovarse. Por
eso, junto a mi esposa esta época, a pesar de iniciar nosotros los preparativos de la
misma dos meses antes, siempre se nos pasa rápido y nos resulta corta; de allí nuestra
ligera amargura de no poder renovar para todos diariamente nuestro amor, por que la vida
en sus vaivenes nos hace olvidar este propósito, así el paso de nuestras ya celebradas
Navidades nos haya hecho estirar en cada ocasión un poco mas los días de esta humana
gloria. Por eso, mientras esta dulce amargura de la Navidad se va consumiendo al igual que
nuestra casita, es una dicha para nuestra familia, para mi esposa, para mis hijas, para
mi, para Milkas como representante de todo lo otro; desearles como una expresión de
nuestro amor por todos y por todo; que tengan todos ustedes y todas sus familias, una muy
feliz Navidad.
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