Aristipo
regresaba a su hogar con su conciencia de desempleado, algo había de especial en este
día diferente a su rutina de ya hace casi un año cuando había sido despedido por
carencia de recursos y trabajo por su patrón don Ezequiel pequeño joyero, él aún
recordaba sus palabras: mira Aristipo después de tus quince años de trabajo laborando
conmigo, tengo aprecio por ti y por tu trabajo. Los años pasados han sido buenos tiempos,
vale la pena recordarlos. Vale la pena traer a la memoria cuantas veces no nos divertimos
hablando de lo divino y de lo humano después de la labor, recuerda como casi todos los
sábados en las tiendas y comedores del barrio regocijábamos la labor cumplida. Si
indudablemente estos fueron buenos tiempos; mas en estos dos últimos años el negocio ha
venido en picada, tu ya sabes, es que el país ya no aguanta mas, entre tantos problemas
que a cada uno rodean se ha venido cumpliendo fatalmente un ciclo agónico, cada uno como
ratas en un buque a pique ha saldo en desbandada, ya no hay lugar para nosotros, el
bolsillo además de vacío esta roto, todas estas pequeñas vágatelas de metal con las
cuales nosotros hacíamos crecer en cada uno una ilusión para alejar su pobreza ya no
tienen campo, el humor, en medio de tanta carencia se ha puesto de los mil demonios y
nuestras mercancías, nuestro dijes, anillos, nuestros aros retacados en cera que en otros
tiempos vendíamos por peso cotizado como oro, han venido corriendo la suerte de parar en
el empeño, y ya perdidos por sus dueños fundidos retornan a las bóvedas de los bancos
concentrados en muy pocas manos, donde por supuesto no están las nuestras ni hay cabida
para ellas.
Don Ezequiel con sus cuarenta y cinco años, sus canas y calvicie
prematura había sin saberlo cumplido con aquello que él mismo ya venia venir, es que
Aristipo en su sencillez tampoco era un tonto, él venia también desde hace dos años
viendo venir la lluvia convertida ahora en tormenta que finalmente también a él en ese
momento le llego. Cuando don Ezequiel pronuncio las hoy para él fatídicas palabras,
motivado por la situación general causante de la ruina del cultivo de la vanidad, él ya
sabía como los viejos tiempos dejaron de existir, y pese a su previsión de dicha
situación donde él y su arte ya no tenían cabida, no le había previsto ninguna ruta de
escape al cataclismo que en este momento se abrió ante sus pies, y su sin salida le
venía lentamente corroyendo. tendré que prescindir de tus servicios, recordaba como
siguió diciendo don Ezequiel, es que no solo tendré que prescindir de tus servicios sino
tendré que prescindir de este arte de la joyería que hasta hoy era mi vida, no puedo
seguir pagando el precio de la torpe obstinación que lentamente ha venido conduciéndome
al fracaso, tengo que recolectar lo poco que me queda para intentar seguir viviendo.
Y esto había sido todo, fueron quince años de trabajo,
disfrutados ¿tal vez?, mas también eran quince años tirados por la borda, pues fuera de
su humilde vivienda el no tenia nada. Mas no, él no podía darse el lujo de pensar de
esta forma. A sus treinta y cinco años ya tenia un camino recorrido, ¿mas para donde
corría su camino?, casi simultáneamente a haber iniciado su aprendizaje en la brega con
los metales preciosos, el oro, la plata, las piedras semipreciosas o preciosas, (estas
ultimas las cuales eventualmente usaban en sus trabajos), o cada día mas las piedras
sintéticas usadas para remplazarlas, él logro la oportunidad de acercarse a la María,
chica humilde hija de sus antiguos vecinos con la cual junto a la indiferencia crecieron
juntos,
La indiferencia les había unido, y estaba bien utilizar este
mote, por que en hogares de padres obreros cada miembro de cada familia debía aportar sus
fuerzas para reunir los minúsculos recursos que solo alcanzaban y estirándolos bastante
para suplir las necesidades básicas de supervivencia, en estos hogares normalmente no hay
lugar para el amor.
El barrio la Corcovada vio transcurrir su conjunta infancia y su
pobreza, allí desde siempre, aún desde muy antes de su propio nacimiento estaban
marcadas sus estrellas, barrio clavado en las peñas que rodeaban a su ciudad natal,
Bucaralinda, la única ciudad que realmente le había visto vivir desde su nacimiento si
exceptuaba los eventuales viajes a la capital cuando acompañando en sus negocios a don
Ezequiel se desplazaban a Bogotá, cuando don Ezequiel decía, Aristipo es este negocio
hay que andar con cuatro ojos, cuatro manos y un buen par de mazos; de esta forma llamaban
ellos normalmente a los revólveres ocultamente enfundados por ellos cuando llevando sus
mercancías iban a visitar a los clientes. En realidad no es que nadie pudiera decir que
las mercancías de don Ezequiel costaran fortunas apreciables, por lo contrario su
pequeño surtido escasamente le permitían sobrevivir en el periplo de comprar la materias
primas, fabricar, vender y recaudar el producto de la venta, y cuando algún cliente se
demorara en su pago, esto lograba hacer tambalear la estructura misma de su pequeña
empresa; muchas veces Aristipo por esta causa tubo que regresarse a su casa por no haber
materia prima con la cual fabricar las modestas joyas.
En estas ocasiones lo que él prefería era irse a retozar con la
María, quien, cuando no estaba limpiando y fregando en su pequeña casa que con duro
esfuerzo lograron adquirir hacia unos tres años tras mas de otros ocho de estar ahorrando
cada centavo sobrante de sus modestas entradas, con el propósito de adquirirla.
La María quien se había convertido en toda una señorona cargada
de kilos y de años a pesar de solo contar con treinta y tres de los mismos, pero a ella
los años se le habían multiplicado mas de lo debido. Todo el mundo le decía como su
María parecía una mujer de cuarenta y cinco, pero es que tanta brega haciendo remiendos
en costuras para ayudar al sustento familiar, y mas que eso puliendo la casa, cosa
reprochada por él con sorna: es que para ti la casa lo es todo ¿no te das cuenta como yo
también existo?; en la modestia general del barrio, su casa era la mas cuidada del barrio
entero, de este su barrio de la Corcovada; él cual al paso de los años se extendió por
cada breña aledaña a su entorno original.
Aquí en la Corcovada no habían calles, por que todo eran
breñas, escasamente la calle principal que corría al lado de: una pequeña zona de
comercio, el parque y la iglesia del mismo, y la otra calle nueva transcurriendo sobre la
cresta de las cumbres componentes de la Corcovada. Eran tres las cumbres claramente
visibles dispuestas en dirección norte sur con el eje de Bucaralinda. Sobre cada uno de
los morros extremos, la comunidad había construidos sendos tanques para el almacenamiento
de agua comunal, estos tanques habían logrado palear parcialmente el desabastecimiento
del preciado liquido padecido desde la fundación del barrio, cuando don Antonio Piñeros
prohombre ilustre de Bucaralinda convirtió la vieja hacienda de estancia de su familia en
un gran lote de invasión el cual ferio por cuadriculas prácticamente implanificadas y
extrañas trazadas por don Tomas el viejo cadenero de topografía de la empresa de
ferrocarriles nacionales, quien a punta de practica logro pulir sus conocimientos
topográficos durante el trazado de la línea férrea que une a Bucaralinda con
Barancadura, el puerto petrolero a orillas del río Magdalena.
El viejo Tomas, realmente era viejo para la época cuando don
Antonio Piñeros por querer hacerse nombrar alcalde, puso a andar su estrategia de
conseguir votos a cambio de los lotes de invasión en los cuales convirtió su hacienda en
este propósito personalisimo lo cual le costo de hay en adelante muchos dolores de cabeza
a la Bucaralinda que desde este momento ya no lo era tanto. Por lo demás, para don
Antonio Piñeros, el convertir su antigua hacienda en un lote de invasión había sido un
magnifico negocio. Ha quienes vendió de contado les amarro de esta forma a procurarse su
propio progreso y con el de ellos el suyo, y a quienes vendió a crédito, los mantuvo
durante cinco años pagando cuotas en un sistema por el inventado en donde además de no
correr las escrituras a los compradores, con lo cual él era el legitimo dueño de estas
propiedades así sus compradores ya hubieran edificado sobre ellos, los ataba a pagar una
taza de interés creciente difícilmente para ellos escalable.
El viejo Tomas en esta época, con sus tragos y su eterna
borrachera, junto a sus dos hijos: Oscar y Mario, fueron los encargados del trazado del
barrio la Corcovada, ellos decidieron a su antojo por donde iría todo en aquel barrio,
bueno decir todo, no fue sino decir la calle principal, que calco el antiguo camino de
arrear las mulas con destino a la hacienda, donde la iglesia fue en sus comienzos los
antiguas dormitorios y bodegas de la hacienda ligeramente modificados con el beneplácito
Cipriano el cura que trajo don Antonio desde su venida a menos capilla Gironesa ya por
esta época casi en ruinas y hachada al olvido. Esta iglesia de la Corcovada a punta de
bendiciones, misas, diezmos fue lentamente mejorada, bueno claro que no fue tan mejorada
como los bienes del cura Cipriano quien a fuerza de matrimonios, y el agua bendita de los
nacimientos logro alejar al demonio por los lares de la Corcovada, y es que el cura
Cipriano influyo sobre don Antonio, por su influencia la Corcovada al menos en apariencia
era un lugar de Dios, allí no estaban permitidos uniones sin el amparo de su bendición,
ni hijos no dignos del bautismo, allí quien aspirara a un lote, primero había de pasar
por la sacristía para acordar fecha de esponsales y honorarios, eso si acomodados a la
capacidad de los contrayentes y la necesidad del párroco; claro que a fuerza de
empellones siempre terminaba por primar mas las necesidades del párroco quien siempre
para estas ocasiones tenia preparada su cara de mártir del calvario usando la sotana
vieja y raída guardada y de su propia picardía; fuera de eso el astuto cura Cipriano
siempre lograba sacar como ñapa un buen convite de gallina o de marrano, pero eso si
triado a la propia sacristía, por que él como buen hombre del Señor, no tenia tiempo
para apartarse de la batalla dada en u nombre del Señor contra el demonio (quien como se
sabe por las escrituras no da tregua ni descansa), eso si el cura Cipriano prefería dar
sus batallas en prolongadas siestas.
En estas circunstancias llegaron a la Corcovada sus padres Arcenio
y Leonor, y también los padres de la María, Claudio y Emperatriz. Ellos eran viejos
conocidos provenientes de talleres artesanales de calzado que en Bucaralinda populaban y
eran la principal fuente de trabajo de la misma. Claro todos necesariamente pasaron por la
sacristía y para esta época también él, Aristipo, por el sagrado sacramento del
bautismo. Esta fue su entrada al barrio construido por los propios interesados en sábados
y domingos de trabajo comunal, donde como las necesidades eran muchas, todo quedo a medio
hacer y así casi hasta hoy permanece en la misma forma.
En estas condiciones de estreches nació la María, desde siempre
ellos se conocieron, a sus tres años él era puesto junto a la recién nacida cuando
Leonor y Emperatriz se reunían casi a diario a enterarse mutuamente de las lamentaciones
y alegrías del barrio, por que de estas ultimas no faltaban en medio de la escasez, bueno
cada habitante de la Corcovada tenia sus propias alegrías, y estas aún se pueden dividir
por géneros y edades.
Para los hombres, su alegría era y es reunirse casi a diario en
la cancha de fútbol del barrio especialmente los sábados desde las primeras horas de la
tarde a apostar petacos de cerveza ganados a fuerza de puntapiés y codazos. No era o es
raro ver salir alguno de los participantes en camino a la casa de don Eli, el sobandero,
quien el noventa por ciento de las veces se encargaba de reparar las heridas, en el otro
diez por ciento los que tenían dinero podían ir a ser compuestos en el hospital local
Ramón González Valencia después de esperar uno o dos días para obtener turno en la
consulta de ortopedia y uno o dos meses cargando una férula la cual junto al tiempo se
encargaba de reparar sus daños.
Para las mujeres por su parte, la diversión consistía
principalmente en ver las alegrías y dolencias ajenas especialmente estas ultimas, entre
ellas, un buen chisme podía durar fácilmente para una semana de cotorreos con su cuota
diaria de renovación; que ya quien dijo, que ya quien vio, que ya quien oyó, y en tales
situaciones inexorablemente ciertas a fuerza de repetirlas, era con mucho suficiente
motivo para la alegría y para alejar las propias tristezas, por que no hay nada que
alegre tanto como la desgracia ajena.
Este fue desde siempre su ambiente, y de verdad Aristipo se
sentía por esto agradecido, sus carencias realmente nunca las sintió. Una carencia
mientras no sea conocida no puede realmente llamarse carencia. Para el fueron suficientes
y mas, sus años de escuela primaria, esto de estudiar no era en el barrio una tarea grata
para nadie, todos en el mismo sufrieron el estudio con el gusto adjunto de ser la
oportunidad amena para el encuentro con los amigos de la cuadra, para tomar en serio sus
papeles en embrionarias pandillas infantiles retándose a partidos sin árbitros donde
todos los golpes estaban permitidos y aún en algunas oportunidades a encuentros nocturnos
con amenazas de garrotes y cadenas , donde de no primar el mutuo temor fácilmente podía
salir algún contuso serio, en estas ocasiones cada gallada marcaba su territorio como
machos en celo en espera de hembras inexistentes, con esta peculiaridad única de esta
especie única de forma igual a como hace en todo el orbe el hombre como auto nombrado
dueño y señor de todo sobre la tierra.
Este tiempo de la infancia no fue un tiempo para la María. En
este tiempo ella le resultaba indiferente y por ratos casi repulsiva cuando con ella con
sus amigas gozaban de hacer mofa de él y de sus compañeros, y ellos a su vez en una casi
declarada guerra de sexos, también gozaban haciendo a ellas sus propias triquiñuelas
imposibles de evadir en estos tiempos de escuelas simplemente separadas por una tapia
entre las mismas, que en los mayores ya picados por sus hormonas se prestaba a incipientes
amoríos, como también vino a ocurrirle a él con la María cuando ya rondaban los trece
años. Ya estos tiempos, fueron tiempos para apretones de manos, de abrazos y leves besos
donde jamas en ellos logro imponerse el apremiante deseo de un sexo rudimentario aún no
terminado en ellos de despertar y mantenido a distancia por los siempre inquirentes ojos
del cura Cipriano, amenazando siempre con los fuegos del infierno como pena por la pasión
así fuera en besos.
Por aquel entonces ya no hubo para ellos mas tiempo, fue cuando
fatídicamente murió Claudio el padre de la María víctima de su propia inexperiencia.
Fue el primer domingo de un septiembre, fecha tradicionalmente celebrada por su patrón un
paseo de olla al río, donde todas las familias de los trabajadores de la empresa de don
Rafael se dedicaban al jolgorio y la bebetá; ese día Claudio se ofreció a manejar de
regreso pues don Rafael, patrón conjunto de Claudio y Arcenio no estaba en condición ni
de tenerse en pie. Tal vez todos venimos marcados desde la cuna con las circunstancias de
nuestros actos, y para algunos, estos actos como en el caso, con seguridad vienen marcados
por la fatalidad, sea como fuere, la fatalidad marco por su propia voluntad o por manos
del destino aquel día como el ultimo de la viva de Claudio y de don Rafael, y estuvo muy
cerca de marcarlo para La María y Emperatriz, cuando el carro de don Rafael conducido por
Claudio por la falta de pericia de este, rodó a un pequeño abismo. Nadie puede decir
como sucedió, supuestamente solo Claudio en este instante estaba despierto, pero la
verdad también él a esta hora (ocho de la noche), acusaba el cansancio de un día de
farra; él tampoco estaba en condiciones de emprender manejando el recorrido de regreso y
esto marco para él y para don Rafael su ultimo instante, donde ni siguiera hubo tiempo
para una despedida, pues cuando despertó, eso si en el otro mundo ya estaba muerto.
La María como a él siempre gustaba llamar a quien seria su mujer
en unos años, siendo como era humilde, siendo como era parca, siendo como era terca, era
ya desde este entonces una joven donde se descubría la voluptuosidad de sus formas, y
esta imponencia suya en sus cosas hacia que para él no hubiera otro modo de llamarla
distinto a la María, singularizándola y apartándola de esta forma de cualquier otra
María fuera celeste o terrena. Para él desde este tiempo, no existía otra mujer igual.
Ella y doña Emperatriz su madre despertaron esa noche, no en el otro mundo como Claudio y
don Rafael, mas si en el Hospital donde habrían de pasar, la primera unos pocos días, y
la segunda un par de meses. Fue en esta ocasión donde doña Emperatriz decidió la venta
de su casa para retornar junto a sus padres, con ello y sin quererlo también quedo
decidida su separación temporal de la María, la cual solo la casualidad vendría a
corregir, casi simultáneamente a él iniciar su trabajo de joyería con don Ezequiel a
sus veinte años, después de haber cumplido orgullosamente con la patria durante dos
largos años pagando su servicio militar.
Fue en la ceremonia de la baja militar donde volvió a retomar su
contacto, él formaba junto a su lanza, su compañero inseparable durante el servicio,
ambos simultáneamente pusieron sus ojos en aquella polletona frenéticamente saludando al
insignia Ramírez, pero ¿como iba el a pensar que esta muchacha de sensuales formas fuera
la María?, y sin embargo la curiosidad y el deleite de la contemplación lo llevarían al
terminar la formación a acercársele a aquella que desde este mismo instante y ya junto a
su lado y descubierto el reencuentro, quiso para siempre fuera su María. Hubo de acudir a
la complicidad de su lanza quien bajo el pretexto de presentarle al insignia Ramírez sus
padres le dio lugar al reencuentro.
Como siempre ella estuvo en este instante parca, mas bajo el
pretexto de notificar a sus padres este encuentro y la intención de una próxima visita
de los mismos a doña Emperatriz a quien sinceramente extrañaban y estimaban, logro
obtener su dirección con el ciego propósito desde este instante para él tan claro como
el agua de hacerla suya, él se prometio a si mismo conquistar el amor de la María a
cualquier costo.
En un principio sus visitas a la María fueron esporádicas y bajo
el ya sabido pretexto de llevarle a dona Emperatriz y por supuesto a la María los saludos
de sus padres, ahora ya bien, a entregarles un queso de hoja recién traído del campo, o
en Navidad unos tamales, siempre esquivaba la ocasión de encontrarse con el insignia
Ramírez, y ya en posesión de su empleo con don Ezequiel, logro reunir las fuerzas
necesarias para expresar torpemente su renaciente amor a la María, y de recordarle
aquellas caricias de antaño en sus a su parecer lejanos trece años tuvieron los dos
ocasión de propinarse logrando en ello unas picaras e insinuantes sonrisas convertidas
nuevamente en besos con uno de los primeros dijes troquelado por su mano, lo cual sello
para la María el olvido de Ramírez y una entrega total para él con unas ansias y
sensualidad tan grandes como ni ella misma había soñado poseer y las cuales él por
instantes se sentía casi incapaz de complacer.
Su noviazgo de dos años, fue un tiempo donde ninguna riqueza pudo
a ninguno de ellos tentar, bueno claro que ninguno tubo ocasión de ser tentado por la
riqueza para poner a prueba su amor, pero de esta forma les gustaba recordarlo. Para ellos
en este tiempo no hubo nada mas grande que la exaltación y la procura de saciar su deseo
sexual siempre insaciable, sus sentidos y ansias eran un vaso inacabable consumiéndose y
desbordándose sin fin en estos dos inolvidables años, y solo se vieron obligados a
encausarse en la normalidad de una unión tras la preñez imprevista pero ineludible de la
María quien gustaba de poner sin control todos sus sentidos en juego. Tras una rápida
bendición del nuevo cura de la iglesia de la Corcovada quien manteniéndose fiel a la
tradición del lugar casaba los sábados en la noche decenas de parejas evitándole de
esta forma a las parejas hacer morcillas para el diablo a la vez de mas productivo el
negocio del sagrado mandamiento indisoluble del matrimonio como lo mandaba la santa madre
iglesia interpretando los mandamientos de Moisés, las mal interpretadas palabras de
Cristo y la constitución canónica la cual claramente estable el matrimonio como único
camino posible para evitar a los miembros de las parejas ir al infierno.
En la casa de sus padres estuvieron viviendo hasta cuando Fátima,
(¿acaso de otra forma se podía llamar la hija de la María, aún hoy para él lo mas
grande de su vida?), tubo tres años, y sumando estos tres años y dos de pasión, ya
completaba cinco años de labor con don Ezequiel de quien él, en todo este tiempo supo
ganarse su aprecio.
La necesidad cada día mas imperiosa de partir a buscar un hogar
propio la fue marcando los permanentes conflictos de la María con su madre, para su madre
como casi toda madre, él siempre era bueno y la María, decía su madre, actuaba para con
él como una loba en celo. Deja en paz al muchacho, para eso él es hombre le gritaba su
madre a la María cuando llegaba borracho tras un sábado de fútbol y juerga, y La María
lo encerraba en su cuarto a darle golpes y reproches en silencio.
La cosa era constantemente así, a él le gustaba por supuesto
hallarle mas la razón a su madre que a la María, pero cuando ella le amenazo con irse,
hubo de tomar la decisión de partir junto con ella a un par de piezas alquiladas por
algún vecino de la Corcovada, eso si cuidando hubiera la suficiente distancia entre ellos
y su madre de forma tal que la pereza venciera entre su madre y la María los deseos de
pelear y de recorrerlas.
Fueron otros tres años mas viviendo en la incomodidad del
inquilinato, tres años en los cuales fueron aprendiendo a la fuerza la necesidad de
ahorrar para tener un techo propio, cada día durante estos tres años hicieron ingentes
sacrificios para lograr reunir el dinero suficiente para lograr pagar la cuota inicial de
una de las mínimas soluciones de vivienda entregadas a medio hacer por constructores
independientes bajo planes supervisados y subsidiados por el gobierno que estaban siendo
edificadas en las pocas breñas libres de la Corcovada, de las cuales obtener una de ellas
era su anhelo.
Fueron tres años de casi no beberse una cerveza, de no ir a un
cine, de abstenerse hasta de lo casi absolutamente indispensable, donde la única
satisfacción para sus vidas además de mutuamente tenerse y de gozar con las frecuentes
gracias de Fátima, (la cual acusaba ya la terquedad de su madre), era ver como crecía el
pequeño ahorro diario logrado a fuerza de sudor y de abstinencia.
Tres años con fruto pues al cabo de los cuales lograron su
propósito, obteniendo al fin esta hoy su casita en el barrió la Corcovada la cual desde
el primer día la María se empeño con inusual esmero en arreglar y sostener, mas aún
cuando un año después vino la repentina muerte de Fátima arrollada por un auto.
Fue tal vez culpa de su barrio de pocas calles y de solo vías
peatonales donde Fátima no estaba acostumbrada a los autos y a su potencial peligro,
aquella tarde regresando de visitar a su madre, la María en un momento de descuido soltó
de la mano a Fátima justo junto a una avenida, distraída como estaba en ver en una
vitrina cualquier nueva vágatela a lograr para su hogar. Solo el grito común de los
espectadores pudo sacar a la María de su contemplación; su horror, sus lagrimas y sus
lamentos a partir de este momento fueron ya vanos; Fátima estaba desgonzada, muerta en la
mitad de la vía a la cual él tubo que acudir corriendo para hacer parte del ritual del
levantamiento del cadáver donde en medio de la tragedia él daba gracias a Dios por haber
preservado intacto el cuerpo de Fátima quien a decir de todos los transeúntes y curiosos
aglomerados parecía un ángel y mas aún lo parecía en su féretro al momento final de
sus exequias.
A partir de ese día la María solo vivió para aquella su casita,
su hogar, era como si Fátima para ella hubiera encarnado en dicha casa, toda la vida de
María desde este instante estaba aún mas centrada en el esmerado cuidado de este recinto
el cual para ella parecía tener vida propia. No había en este nunca una mota de polvo,
nada fuera de su sitio, los escasos muebles y enceres siempre parecían recién salidos de
sus fabricas y empaques, desde el amanecer hasta el anochecer la limpieza era su
obsesión, y aún él parecía haber pasado aún mas que antes a un segundo plano en las
preocupaciones de la María.
Lastimosamente él había perdido su empleo desde hace un año y
esta situación inesperada lo había encontrado sin ahorros y sin la posibilidad de
reponer su empleo, lo grave de toda la situación nacional había hecho de su arte un
oficio inútil, ante la escasez de dinero ya nadie requería de sus habilidades de
orfebre, es mas las joyas de cada familia vecina lentamente desfilaban a un destino común
de la casa de empeños y de allí a la fundición para tornar el oro a su estado original
de pureza y de posesión en pocas manos.
Él en este año escasamente conseguía para pagar la
alimentación y ya le debía a cada santo una vela, y a pesar de haber pagado durante los
siete años después de haber conseguido su vivienda religiosamente las cuotas de su
crédito, llevaba por culpa de su desempleo ya acumuladas ocho cuotas de mora en su
obligación hipotecaria, razón por la cual en el día de hoy había acudido a la oficina
del abogado del banco, quien le había dicho como su casa entraba a remate, sin que
hubiera lugar a nada mas ante su probada insolvencia. De nada sirvieron sus suplicas y
promesas. El abogado al igual que el banco tenían duros el pellejo y el alma, no se iban
a poner ellos a pensar en la situación de todos aquellos como él hoy por culpa de la
resección en desgracia. Para ellos su deber era salvar su propio pellejo a costa del
pellejo de los caídos en desgracia, y no hubo forma de hacerles ver como esta casa que en
la resección para ellos empezaría a ser un estorbo era la vida misma para la María.
Si ni siquiera el abogado, muchacho recién graduado de animo y
presencia triunfante, interesado como estaba en hacer méritos con su trabajo ante el
banco quería escucharle, este joven solo veía en él un peldaño en su carrera la cual
si se esforzaba sería promisoria. No hubo por tanto lugar ni tiempo para extender sus
explicaciones y suplicas, y fue mejor así, fue preferible para él haber sido cortado
abruptamente cuando ya él mismo sentía correr por sus mejillas unas lagrimas que aún en
las dos horas largas de recorrido a píe desde la oficina del abogado hasta su casa solo
ahora ya dentro de la misma logro apaciguar.
La María como todos los viernes en la tarde estaba en casa de su
madre, ya para él todo estaba resuelto, no en vano su recorrido a casa fue
intencionalmente lento, busco en el ultimo rincón de su cómoda el revolver aún
conservado que en tantas ocasiones le acompañara en sus viajes acompañando a don
Ezequiel en sus ventas. La seguridad que el mismo le proporcionaba en sus correrías
volvió a renacer en él a su contacto. No era cosa de detenerse a pensarlo. Él por su
mismo trabajo desde ya hace varios años tenia una póliza de seguro de vida vigente la
cual en pocos días expiraría como pudo constatar al tenerla nuevamente en sus manos al
sacarla del cajón de la repisa donde la María solía guardar sus escasos documentos.
Esto era todo lo que el necesitaba ya la cláusula por no pago en caso de suicidio había
caducado, con este dinero la María podía pagar la deuda total de la casita y vivir
holgadamente por lo menos un año.
Con decisión y sin pensarlo Aristipo se encamino al minúsculo
patio de la vivienda, no era cosa de manchar con su sangre alguno de los muebles tan
queridos por la María, y una vez en el patio sin lugar a ninguna vacilación o a el
arrepentimiento, Aristipo coloco el revolver montado sobre su sien derecha y al tiempo de
jalar del gatillo, tubo un segundo para pensar como todo para él estaba bien nuevamente.
No tubo tiempo de darse cuenta como fragmentos de sus cabellos, hueso, piel, cerebro y
mucha sangre fueron a ensuciar la pared la cual él mismo la semana anterior se había
encargado de blanquear con carburo a petición de la María.
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