Suicidio a crédito (capítulo dos)

 

Suicidio a crédito (capítulo dos)

 

 

A las cinco de la tarde. A las cinco en punto de la tarde tengo a Elena en mi despacho, como un clavo, estupenda como siempre para que luego diga que no tiene nada que ponerse. Y acabada de salir de la peluquería, sesión de chapa y pintura parece que ha tenido. Claro, como no tiene un marido, bueno pero inútil como el mío, ni un crío que da más mal que un hijo tonto… Así ya se puede estar guapa y recién maqueada a todas horas.

Hablamos de lo nuestro, de esto y de lo otro, más charla insustancial, mientras saco el dinero que he guardado en la caja fuerte y se lo doy para que lo cuente. Pasa los billetes con la destreza de una empleada de banca y aprovecho para fijarme en sus uñas, larguísimas y esmaltadas con Dior por lo menos. Pero ¿cómo es posible que no se las rompa ni siquiera cuando trabaja? Porque, claro, si te toca envenenar a un cliente, la de aquel, pero al último le hacía ilusión morir ahorcado –tal vez por disfrutar de un empalme definitivo y eterno, que la gente oye cuentos y termina creyéndoselos– y al final se defendió como si le fuera la vida en ello, que también. Pues ni aún así, Elena es que ni se despeina cuando trabaja.

Pilar llama a la puerta, intuyo de qué se trata y le digo que espere un momento, que mi visita ya se iba. Elena se levanta y espero que se cruce en la tienda con quien supongo que acaba de llegar, así ya tengo la excusa ideal para cargarle el siguiente muerto a otro. Porque tengo muy claro que si cliente y ejecutor se ven antes del momento señalado la cosa puede terminar saliendo mal. Y riesgos innecesarios, los justos.

El último cliente proporcionado por Leonardo será un cobarde sin valor para suicidarse pero también es un tipo impaciente y puntual como pocos. Poco después de salir Elena lo tengo ante mí, en la puerta de entrada a mi despacho y acompañado por una sonriente Pilar que pronuncia las palabras mágicas.

–Tana, aquí el señor que quiere hacer un encargo especial –y se retira dando un empujoncito cariñoso al hombre al que ha conducido ante mi presencia.

Apenas tengo tiempo de poner la cámara de vídeo a grabar –siguiendo el consejo que me dio mi marido cuando empecé con el negocio– y conectar la música que siempre pongo cuando recibo a un cliente especial, el Gloomy Sunday , esta ocasión en la mortalmente sugestiva versión de Sara Brightman. Suena a un volumen casi inaudible, pero si en los supermercados la música tiene un efecto subliminal en el consumo de los clientes, ¿por qué la canción suicida por excelencia no va a tener exactamente el mismo efecto?

Por un instante permanezco muda, incapaz de pronunciar una frase de cortesía, un absurdo, dadas las circunstancias, “qué tal estamos” –cómo va a estar un hombre que lo que pretende es morir–, un “siéntese, por favor”, un “quiere usted tomar algo mientras hablamos”. No, la sorpresa al reconocer a mi cliente me impide articular palabra.

Trato de evitar que la incomodidad que siento se refleje en mi rostro, me digo que debo ser profesional, que qué más da quién sea el aspirante al suicidio... Pienso en mi madre y en todo lo que aprendí de ella o por culpa de ella, enfrío las ideas y termino por levantarme del asiento y acudir a recibir como se merece al gran Martín Santos. Pero no debo dejarme llevar por la admiración, no puedo implicarme emocionalmente, no debo demostrar que sé quién es, aunque esto último no contribuya precisamente a incrementar la maltrecha autoestima de mi cliente, que si ha llegado hasta mí tal vez se deba, entre otros factores, a la pérdida del reconocimiento social de que antaño disfrutaba.

Se tratará de un actor en declive, pero tonto no es y sé que se ha dado cuenta de que le he reconocido. Incluso diría que su vanidad de galán en paro se ha inflamado levemente al comprobar que todavía provoca algo en algunas mujeres. Camina hacia mí con aplomo, con las muchas tablas que le han proporcionado tantos años de profesión aunque haya pasado mucho tiempo desde su última aparición en pantalla. Su última aparición seria, quiero decir. Me acerco a él con timidez, como si fuera la primera vez en la vida que recibo a un cliente especial cuando mi revolver muestra ya más muescas que el del mismísimo Billy el Niño. Nos encontramos a mitad de camino, me tiende su mano, toma la mía y se la lleva a los labios acompañando el gesto con una ligera inclinación de cabeza. Genio y figura hasta la sepultura, sí señor.

A duras penas reprimo un suspiro de quinceañera y le pido, por favor, que tome asiento. Lo hace, pero espera a que yo me siente antes y cruza las piernas con una elegancia innata, manteniendo intacta la raya del pantalón que parece trazada por el mejor de los delineantes.

–Pues usted me dirá –es lo único que acierto a decir.

El cliente me mira condescendiente, mostrando una entereza impropia de quien viene ante mí para que le ayude a suicidarse porque, aunque quiere hacerlo, jamás ha reunido el valor necesario para quitarse la vida. Y es que, a pesar de que hay quien mantiene que el suicidio es el recurso cobarde de quienes no se atreven a afrontar con valentía las pruebas a que les somete la vida en el día a día, también para esto hay que tener un par. No es tan fácil colocarse al borde de un precipicio y saltar como quien hace puenting, sabiendo que salvo que la goma se parta terminarás la mañana en un chiringuito tomando unas cervezas y presumiendo de tu valor en lugar de en una caja de madera noble o plebeya en función de las posibilidades de cada cual... No es tan fácil procurarse una pistola y una bala, apoyar el cañón en tu sien o en el interior de la boca y presionar el gatillo como si estuvieras cargando el depósito de combustible... No es tan sencillo improvisar una soga con el cinturón y encontrar en casa una viga capaz de soportar tu propio peso –que levante el dedo quien tenga una viga adecuada en el salón de su casa–. Quizás lo más sencillo y al alcance de cualquiera sea la combinación correcta de alcohol y pastillas, pero hasta para eso hay que demostrar entereza, que en el último instante siempre llega el arrepentimiento, el pensar que tampoco las cosas están tan jodidas como todo parecía indicar, el decirse que cómo vas a obligar a que la familia cargue con el peso de tu muerte indecente, que ya se sabe que dos mil años de doctrina católica han hecho mucho daño en esto de decidir libremente cuándo quieres dejar de jugar tus cartas en lugar de esperar pacientemente a que el de arriba disponga el final de la partida.

Aunque creo haber leído en alguna parte que en Suiza hay una clínica especializada en la eutanasia activa y que pone a disposición de sus pacientes habitaciones decoradas con todos los detalles para que los futuros finados se sientan a gusto, estancias amplias y bien iluminadas en las que pasar los últimos momentos –estos suizos siempre tan asépticos–, yo prefiero mantener mi despacho en una penumbra que considero más íntima, más propicia al recogimiento. Debe ser, una vez más, que el oscurantismo católico se impone sobre la luminosidad y pragmatismo de los protestantes. No sé, a mí me gusta así, que, como en los confesionarios de toda la vida, el pecador y quien puede darle la absolución no se vean las caras como si estuvieran en la barra de un bar, que esto es muy serio, coño. Es por eso que el cliente y yo nos intuimos los rostros sin percibir todos los rasgos, entre otras cosas porque prefiero mantener el anonimato dentro de lo posible, no sólo por mi bien sino por el del propio cliente. Y es que, en los casos en que decido que seré yo quien deba hacerse cargo de un suicidio y no Lorenzo o Elena, prefiero que éste pille por sorpresa al cliente, que no me vea llegar de lejos unos días después, el día que he elegido para llevar a cabo el trabajo y se diga: “ya viene aquí esta tía a cumplir su parte del contrato cuando todavía tengo que hacer un par de gestiones en el banco”.

La sorpresa es, desde luego, fundamental en mi trabajo.

El cliente me mira condescendiente, digo, y me responde con una voz un tanto engolada y algo más aguda que la que le había oído en mis años jóvenes en el cine.

–Bueno, usted sabe tan bien como yo para qué he venido a verla: mi psiquiatra me dio el nombre de Leonardo, fui a su consulta y él...

–No siga, por favor, sé cómo ha llegado hasta mi floristería y no es preciso que citemos a nadie que no esté presente. Aquí nos encontramos usted y yo, nadie más, ¿de acuerdo? –de inmediato me doy cuenta de que estoy mostrándome innecesariamente brusca y trato de arreglar las cosas–. Perdone mi actitud, caballero, tal vez haya comenzado mal con eso de preguntarle por algo obvio, pero no se trataba más que de una fórmula cortés con la que comenzar una conversación. Y sé que antes de llegar aquí ha tenido que responder a preguntas que yo también le debo hacer, pero comprenda que el paso que va a dar es muy importante y nadie quiere cometer errores. ¿No es cierto? –busco su connivencia.

El cliente asiente, tal vez impresionado por mi profesionalidad o tal vez intimidado por la frialdad que demuestro, pero es que me gusta que quien pretende mi ayuda en un suicidio sepa realmente a qué se está comprometiendo, que nunca rompo un contrato ni devuelvo el dinero si el cliente no queda satisfecho –de hecho, después de recibir el servicio contratado, nadie ha venido nunca a reclamarme–, que esto no es El Corte Inglés, vaya.

–Bien –trato de seguir manteniendo las riendas de la entrevista–, de ordinario suelo comenzar preguntando el nombre de quien me visita; en su caso tal vez deba hacer una excepción, simplemente debería confirmarme si, como pienso, es usted Martín Santos, el gran actor…

Santos hace un gesto con la mano, no sé si trata de espantar la falsa modestia o una mosca que pasa por delante de su cara. Aprovecha para sacar un paquete de tabaco y deja transcurrir unos segundos hasta que extrae un cigarrillo, como si estuviera haciendo la elección más difícil de su vida. Me ofrece otro a mí. “Lo siento, llevo meses intentando dejarlo, dicen que mata”. Es lo que estoy a punto de comentar, pero no me parece procedente y decido aceptar esos miligramos de nicotina y alquitrán y no sé cuántas guarradas más que voy a compartir con uno de mis ídolos de juventud. Me da fuego, enciende el suyo, aspira una profunda bocanada.

–Haría usted mejor en decir que era Martín Santos, el gran actor… ahora no paso de ser un mediocre personajillo sin un papel que llevarse a los ojos ni una exclusiva con la que engordar la cartera. Pero, vaya, le agradezco el detalle, señorita.

–Señora –le corrijo–. Bien, no pongamos profesiones entonces, simplemente me quedo con el nombre y apellido para la ficha. ¿Le importa que tome unas notas? Es parte de mi trabajo: yo pregunto y usted me responde con la mayor sinceridad posible, comprenda que debo saber todo lo posible de usted antes de intervenir. Le repito que algunas de las preguntas ya se las habrán formulado el psiquiatra y el psicólogo, pero también yo quiero oír sus respuestas.

El actor asiente y comienzo la batería de cuestiones protocolarias que me sirven para hacerme una idea de cómo actuar en cada caso: estado de salud –física, no anímica que esta resulta evidente–, rutinas, alimentación, creencias religiosas, relaciones con amigos, familiares, posibles herederos, seguros de vida suscritos… Al llegar a este punto, Santos muestra extrañeza por primera vez ante una pregunta.

–Verá, las compañías de seguros no sienten cariño alguno por los suicidas. De hecho, las pólizas siempre excluyen esta causa de muerte a la hora de pagar la cantidad asegurada por el tomador. Así que, si la compañía sospecha que su muerte no ha sido todo lo natural que debiera ser, sus herederos no verán un euro ni en fotografía. Por eso le pregunto lo de los seguros y lo de los herederos.

–No comprendo del todo.

–Pues es muy sencillo –le digo con mi mejor sonrisa de maestra de educación infantil–. Supongamos que usted quiere que su familia no tenga problemas después de su fallecimiento: en ese caso, no se preocupe, nadie sospechará jamás que el óbito no se produjo de forma natural o en accidente que sí quede cubierto por su seguro. Pero imagine por un momento, y es bastante frecuente, se lo digo yo, que con su muerte quisiera causar daño a quienes se quedan aquí: si es así, no quedará duda de que lo suyo ha sido un suicidio de manual. Usted elige.

Martín Santos se muestra pensativo. Tal vez está repasando en un minuto toda su vida familiar, analizando qué cosas volvería a hacer y en cuáles metió la pata hasta el fondo; tal vez esté colocando en un platillo de la balanza la admiración que sus hijos –me ha dicho que tiene dos, yo no leo revistas del corazón y no estoy al corriente del tema– sentían por él cuando era alguien y en el otro el desprecio que me ha confesado terminó despertando en ellos cuando cayó en las drogas y pasó de ser una fuente de ingresos a otra de problemas. Enciende otro cigarrillo –va por el tercero y esta vez, como con el segundo, tampoco me ofrece– y se lo fuma antes de responder con firmeza.

–Proceda como considere oportuno y que cada palo aguante su vela. ¿Alguna pregunta más?

Me conmueve su entereza dadas las circunstancias. Todavía no consigo saber si Santos está sentado frente a mí o subido a un escenario, bajo el foco principal mientras todo a su alrededor permanece en la sombra. Su respuesta me deja las manos libres para actuar como mejor me parezca, pero he creído detectar unas gotas de hiel en su voz cuando ha hablado de palos y velas. Intuyo que quiere que su muerte provoque daño o al menos dolor, y para eso lo mejor es un suicidio como Dios manda. Bueno, realmente debería utilizar otra expresión más oportuna, pero es la que me viene a la cabeza.

–Pues no, nada más, creo que tengo todo lo que necesito… Bueno, todo no: no me gusta hablar de dinero, pero mi actividad no está subvencionada por ningún organismo oficial, que esto no es como el cine –acompaño la broma con un guiño.

Martín Santos introduce la mano en el bolsillo interior de la americana y extrae un sobre color sepia. Me lo tiende y me pide, por favor, que cuente los billetes, grandes y morados como garnachas de la mejor calidad. Nueve mil euros en sólo dieciocho billetes, para que luego hablen los detractores del cambio de moneda.

Se levanta de su silla sin siquiera preguntar, como hace la mayoría, cuándo sucederá todo. Y se lo agradezco, porque jamás respondo a esa cuestión: siempre digo que, a partir del momento en que el cliente sale del despacho, cualquier momento es bueno para morir.

Se dirige a la puerta y una tontería de adolescente me sigue rondando por la cabeza desde que Martín Santos entró en la floristería. Sé que será mi última oportunidad, que cuando este hombre atraviese la puerta de la calle ya no podré hacer nada y que lo lamentaré siempre. Está a punto de salir cuando casi le grito y se queda paralizado, pensando tal vez que ya le ha llegado la hora.

–Perdón, señor Santos –le pido con voz encogida–, ¿le importaría darme un autógrafo?

 

© 2007, Ricardo Bosque

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