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La nueva scuadra azzurra |
LLEGANDO A CIAMPINO
El avión, de la compañía de vuelos baratos Ryanair, me deja en el aeropuerto de Ciampino poco antes de la medianoche. Me doy prisa en recoger la maleta y tomar el autobús que me debe llevar a la capital: mañana toca madrugar y continuar viaje hacia el norte. El autobús me lleva hasta las inmediaciones de la Estación Termini, la que ahora alguien quiere rebautizar como Estación Juan Pablo II, aunque para muchos siempre será Termini, como la película. Las calles están casi desiertas, sólo algún barrendero tratando de hacer desaparecer la abundante suciedad acumulada durante el día. A pesar de consultar el plano de Roma, no consigo ubicar la zona en la que debe quedar mi hotel. Pregunto a uno de los barrenderos y me dice que la calle que busco está al otro lado de la estación. Tirando de mi maleta de ruedas como si fuera un perro que se resiste a andar, y con una pequeña mochila que me acompaña siempre colgada del hombro derecho, cruzo la estación y compruebo que sigo siendo incapaz de orientarme. Saco de la mochila el folleto en el que viene la dirección del hotel y me pongo a mirarlo como si estuviera escrito en chino. Debo dar una imagen de tal despiste y abandono que una prostituta se me acerca y casi me lleva de la mano hasta la puerta del hotel: del que yo he contratado, no del que ella utiliza para la prestación de sus servicios. RUMBO AL NORTE
El hotel Amadeus me ha procurado una cama cómoda y un desayuno más que digno. Ni siquiera he deshecho la maleta (sólo era una noche), así que a las ocho y media ya estoy de nuevo en la calle. En dos minutos llego a Termini, me acerco a las taquillas y compro un billete para las nueve y media. El tren sale puntual. He preguntado al joven que viaja en un asiento cercano al mío y me ha dicho que sobre las once estaré en Florencia. Tengo una hora y media por delante, así que me entretengo repasando dos de los libros que me han hecho viajar hasta Italia: “El comisario Bordelli” y “Un asunto sucio”, de Marco Vichi, editados en España por Tropismos en 2004 y 2005 respectivamente. Ensimismado de nuevo en su lectura casi ni me doy cuenta de que el tren acaba de entrar en Florencia. Como en Roma, he elegido un hotel cercano a la estación. Dejo la maleta pero sigo con mi mochila colgada del hombro. Hasta la hora de comer tengo tiempo para dar un paseo por la zona más turística de la ciudad, la de la basílica de San Lorenzo y su capilla de los Medici, el Duomo, la plaza de la Signoria, la Galería Uffizi, el puente Vecchio… La Florencia que todos conocemos, muy diferente de la que Marco Vichi muestra en sus novelas. Después de comer un conejo a la cazadora acompañado por un tinto de la Toscana, me dirijo caminando a la plaza de la República, al café donde he quedado con Piras, el ayudante de Bordelli: quiero que sea él quien me hable de su jefe, pues seguro que obtengo mejor información que preguntando al propio interesado. Entro al local y busco con la mirada a un muchacho de unos veinte años, que así es como imagino al joven policía sardo. No veo a nadie que responda a esas características; de hecho, en el bar sólo hay un hombre sentado a una mesa, un hombre con aspecto de jubilado. El abuelo sonríe y me hace un gesto con el brazo derecho. Me acerco a él, se levanta de su silla y me tiende su mano. Mi nombre es Piras, me dice. Al principio no puedo creerle, pero de pronto me doy cuenta de mi ingenuidad: los casos protagonizados por el comisario Bordelli y su ayudante Piras se desarrollan en los años sesenta, de ahí que la Florencia que conocemos a través de ellos sea una ciudad pobre, con una posguerra todavía cercana, sin la masa de turistas que actualmente abarrotan sus calles y hacen fila para ver el culo del David de Miguel Ángel. Piras suelta una carcajada cuando comprueba que por fin soy consciente del tiempo transcurrido. Me ofrece asiento y, con un inapreciable gesto de cabeza, pide al camarero que me sirva lo mismo que él está tomando: una grappa casera que se reserva para los clientes de toda la vida. Bordelli tiene ya más de noventa años, hace mucho que se retiró, aclara Piras. Ayer mismo le visité en su casa, añade. Hace tiempo le propuso que lo mejor sería ingresar en alguna residencia, pero Bordelli le contestó que prefería seguir rodeado de sus amigos de siempre: Rosa, la prostituta que supo retirarse tras hacer unos ahorros y que tiene su misma edad; Botta, el delincuente que aprendió cocina internacional en las mejores cárceles de todo el mundo (la última vez que fue puesto en libertad fue hace casi veinte años, me explica Piras, que los viejos debemos estorbar hasta en el trullo); Canapini, el raterillo que tantos favores y dinero debe al comisario… Diotivede, el forense que le ayudaba en todos sus casos, murió años atrás: parece ser que su cuerpo no resistió el último atracón de esa sopa lombarda que tanto le gustaba, esa sopa tan poco recomendable en un agosto caluroso. No hay cartel que lo prohiba, así que no dudo en encender un cigarrillo para acompañar la grappa. La mirada fulminante que me lanza Piras me recuerda que el joven (que ahora ya no lo es) no permitía ni siquiera a su jefe fumar delante de él, mucho menos en el interior del destartalado coche con el que solían recorrer Florencia en sus buenos tiempos. Apago el cigarrillo y Piras pide otra ronda. Con la lengua cada vez más suelta, me cuenta que cuando conoció a Bordelli, él no era más que un paleto recién llegado de Cerdeña, donde vivía con su padre. El comisario enseguida reconoció en su apellido el de su fiel compañero de trincheras cuando combatían contra los nazis, aquel con el que vivió todas las calamidades que Piras tuvo ocasión de conocer por partida doble, primero de labios de su padre en Cerdeña y luego de boca del propio comisario, que en cuanto se juntaba con los de su quinta para comer se convertía en una máquina de referir anécdotas de la guerra. Piras es un gran conversador y, antes de despedirnos, me adelanta que ha oído decir que pronto se publicará en España un nuevo caso de los muchos que tuvo la suerte de protagonizar junto a Bordelli. Y que, si me interesan las historias de policías y ladrones, debería continuar mi viaje por la isla donde él nació. Me anota un nombre y una dirección en un papelito: cuando llegues a Cagliari, no dejes de preguntar por Franco Dehonis, un amigo mío descendiente de un doctor de Abinei, en las montañas sardas, me susurra como si me estuviera confesando un secreto. Dile que vas de mi parte y que te cuente algo sobre Efisio Marini, un médico petrificador de cadáveres que vivió en Cerdeña allá por el siglo XIX y que compartió andanzas con su antepasado. Tomo buena nota del consejo de Piras, pero antes tengo que dirigirme hacia el norte: hay otro comisario con el que me gustaría hablar. A ORILLAS DEL PO
En el tren a Parma termino de leer otra novela, y las páginas finales hacen aumentar mis deseos de conocer ese “río de las brumas”, según denominación utilizada por Valerio Varesi, que es el Po. Aunque incluso para un tipo como yo, nacido y vivido en Zaragoza y, por tanto, acostumbrado a las nieblas fluviales, seis meses al año de brumas sean demasiados meses. Pero estamos en verano y, probablemente, lo que me encuentre sea muy diferente a lo que he podido conocer a través de la novela. Llego a Parma y, sin perder un instante, tomo un taxi que me lleve a un punto indeterminado a las orillas del Po en el que he quedado con mi anfitrión. Por toda pista, le indico al taxista que en el pueblo que busco hay una fonda llamada Italia (como en tantos otros, me responde de inmediato) y una taberna regentada por alguien a quien todos llaman el Sordo. El conductor no necesita más información: donde mataron a Tonna, el fascista, asevera volviendo la cabeza hacia el asiento trasero del vehículo. Cuando entro en el local, recibido por una ópera de Verdi, reconozco al comisario Soneri enseguida. Y lo hago porque justo al entrar le suena por primera vez el móvil, con esa desentonada melodía de Aída que tanto odia y que no sabe cómo cambiar. Espero a que cuelgue y me presento tendiendo una mano hacia él. El comisario se levanta, me invita a tomar asiento e indica al Sordo que me traiga una escudilla como la que hay sobre la mesa. Empezamos bien, brindando con Fortanina, ese vino espumoso de la zona, de baja graduación y un tanto picante. Soneri es algo mayor que yo y, por lo que veo, le gusta la buena mesa: se acerca la hora de comer y ya está pidiendo un par de raciones de paletilla y unos maltagliati con alubias que acaba de encontrar en la carta. Mientras llega la comida encadena los cigarrillos uno a otro, unos toscanos bastante aromáticos que consume con deleite. Conversamos durante un par de horas, interrumpidos continuamente por esa melodía espantosa que también yo comienzo a odiar. En ocasiones es Nanetti, de la Científica, quien le llama; otras veces Juvara, el inspector que tiene a sus órdenes; pero la mayor parte de las llamadas las hace Angela, su novia abogada. Soneri no tiene pelos en la lengua al hablar de Angela. No sé si todos los italianos son tan liberales al hablar de estos temas, pero las confesiones que el comisario me hace sobre cómo le gusta practicar el sexo a su novia (siempre en situaciones límite muy alejadas del convencionalismo de una cama de matrimonio flanqueada por sendas mesillas y presidida por un cuadro de la Virgen) hacen que me sonroje. Para que no me tome por un estrecho le digo que los colores se deben al abundante vino que llevamos consumido, pero estoy seguro de que no me cree. No sé si le sentará bien, pero me veo obligado a preguntarle por su parecido con Salvo Montalbano, el comisario de Vigàta, en Sicilia: su gusto por la gastronomía, la peculiar relación que mantiene con su novia, su costumbre de trabajar un poco por libre… Levanta una mano para decirme que pare el carro. ¿Cómo quiere que sea siendo italiano?, suelta con cierta sequedad. Pues buen comedor, individualista… y en cuanto a la relación con las mujeres, es que usted no sabe qué carácter tienen mis paisanas, añade riendo por primera vez desde que le he conocido. Después de comer subimos a su Alfa Romeo deportivo y vamos a recorrer las orillas del río, sus diques, sus anegadizos, los puentes que comunican ambas márgenes. Allí está el San Quirico antiguo, el pueblo que quemaron los fascistas en el 44, me dice señalando con el dedo un punto en el centro del cauce. Ahora está sumergido y sólo se intuye cuando el nivel del agua está muy bajo, aclara al darse cuenta de mi desconcierto por no ver nada. Los fascistas. Como dicen por aquí, un mal cíclico, antes con camisa negra y ahora disfrazados con corbata, pero siempre los mismos. Como en otros muchos lugares de Europa, alrededor de este río que une a la vez que separa, son palpables los continuos enfrentamientos generacionales entre fascistas y gappisti, entre repubblichini y partisanos de diversas tendencias, entre quienes desean vivir y quienes no desean olvidar lo vivido… Al cabo de un rato, convencido de que ya no voy a sacarle nada más, le pregunto si podría presentarme a algunos vecinos del pueblo, pero me responde que casi todos los que tienen algo que contar son ya ancianos y no muy habladores. Además, su vida está en el río y es difícil dar con ellos en tierra firme salvo crecida excepcional del Po. Como la que suele producirse alrededor del día de los muertos. Mi móvil suena justo antes de despedirnos. ¿Qué melodía lleva?, pregunta curioso. El himno de Riego, contesto. ¿Me lo podría pasar de algún modo? Me gusta mucho más que Aída. Le respondo que, desgraciadamente, para esas cosas soy tan inútil como él, pero que cuando llegue a casa leeré el libro de instrucciones o consultaré a mi hijo, perteneciente a una generación mucho más digitalizada. EN LAS MONTAÑAS DE CERDEÑA
Todavía me quedan unos días de vacaciones y decido hacer caso del consejo que, en Florencia, me dio el ayudante del comisario Bordelli. No tengo prisa, así que decido viajar con calma: en tren hasta Génova y, desde allí, en ferry hasta Porto Torres, al norte de la isla. Casi todo un día en el puerto de Génova y toda una noche en el mar, horas que me han permitido echar un vistazo a los dos libros que me recomendó Piras, dos historias protagonizadas por el peculiar médico sardo del que me habló. Sin apenas haber pegado ojo, me dirijo al sur en un coche de alquiler, atravesando de punta a punta una isla más montañosa de lo que esperaba, montañas que, según me contó Piras en Florencia, todavía siguen pobladas por bandidos como en el siglo pasado. Invenciones de los abuelos, pensé entonces. Me encuentro con Franco Dehonis, el conocido de Piras, en el barrio del puerto de Cagliari. Aparenta unos cuarenta años y tiene un aspecto rocoso como la isla en la que vive. Sentados en un banco, señala el horizonte por el que se aproximan nubarrones africanos y me indica que no disponemos de demasiado tiempo antes de que comience a llover. “Mi tatarabuelo, Pierluigi Dehonis, tuvo la suerte de compartir aulas en Pisa con Efisio Marini, el médico petrificador de Cagliari. Pierluigi vivió en Abinei, un pueblo de las montañas al que todo el mundo se refería como “El Estado de las almas” porque tenía la extraña peculiaridad de mantener constante su número de habitantes, siempre de un modo natural. Pero mi antepasado decidió recurrir a Efisio Marini cuando una feligresa apareció muerta. Todo indicaba que había sido envenenada y Marini lo confirmó: murió horas después de comulgar, por culpa de una hostia consagrada”. Mi cara de estupor llena de satisfacción a Franco Dehonis y le anima a continuar: si un forastero como yo llegaba a Cerdeña buscando extravagancias, las iba a tener. “A mí también me habría gustado conocer a Efisio Marini. Aquí se dice de todo sobre él, un hombre en esencia incomprendido. Desarrolló, tras años de estudio y experimentación, una técnica para momificar cadáveres sin cortes ni inyecciones, simplemente a partir de sales que actúan sobre el hombre del mismo modo que la Naturaleza ha hecho llegar hasta nosotros los fósiles de animales vivos hace cientos de miles de años. Era su manera de aplazar la muerte o, al menos, sus efectos destructivos en la carne. Un hombre tal vez demasiado orgulloso del que se burlaban sus coetáneos, quizás movidos por el miedo y la superstición. Pero su profesión también le permitió colaborar ocasionalmente con la justicia, como médico forense, por supuesto. Así, pudo profundizar en el conocimiento de la muerte, de la crueldad humana, de la infelicidad… Cuentan que, desde luego, uno de sus mayores desafíos en este campo lo constituyó su intento de aclarar el asesinato de un prestigioso abogado de Cagliari, no asesinado sino muerto literalmente de miedo en opinión de Marini. O asesinado después de muerto para que así la justicia tenga ocasión de actuar, aunque resulte equívoco perseguir a quien ha matado a un muerto. Efisio Marini murió en Nápoles, en septiembre de 1900, rodeado de un ambiente de decadencia melancólica, como describió uno de sus sobrinos tras visitarlo. Pero aquí siempre se le recordará, porque la huella que dejó la isla en sus sesenta y cinco años de vida fue ciertamente profunda”. Cuando Franco da por finalizado su relato se marcha sin dejar que le haga preguntas, sin despedirse, del mismo modo que apenas nos saludamos en el momento de encontrarnos en el puerto. Sí, ya sé que toda esta historia suena extraña, pero es esta isla es así: no tengo claro si se trata de una isla de frontera o de una isla hecha de restos, construida a partir de “prerromanos pálidos, árabes con pómulos y rizos procedentes de las costas africanas y unos cuantos de raza clara y civilizada, aunque chamuscada por el calor meridional”. Casi sin un duro pero cargado de ideas, regreso a casa después de haber tenido la suerte de conocer a algunos de los integrantes de lo que, utilizando una denominación más futbolística que literaria, quiero llamar “La nueva Scuadra Azzurra”, una selección de investigadores italianos que comenzó a llegar a España el año pasado, quizás animados por el delantero transalpino de más éxito en nuestro país en los últimos tiempos, el siciliano Montalbano. Espero tener ocasión pronto de repetir viaje, disfrutar del buen vino que me ha acompañado en mi recorrido y, si es posible, seguir conociendo nuevos personajes que me ayuden a descubrir todos estos paisajes que tanto me han fascinado. © Ricardo Bosque, mayo de 2005 BIBLIOGRAFÍA UTILIZADA (publicada en España)
“EL COMISARIO BORDELLI” y “UN ASUNTO SUCIO”. Marco Vichi (Florencia, 1957). TROPISMOS “EL RÍO DE LAS BRUMAS”. Valerio Varesi (Turín, 1959). POLIEDRO “EL ESTADO DE LAS ALMAS” y “CARNE Y MIEDO”. Giorgio Todde (Cagliari). SIRUELA |
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