Relatos

 

Aïcha

 

 

J'irai ou ton souffle nous mene,
dans les pays d'ivoire et d'ébène
J'effacerai tes larmes, tes peines,
rien n'est trop beau pour une si belle

 

Aïcha (Cheb Khaled)

Mi nombre es Zeid y ya sólo espero que el viento no consiga arrastrar estas líneas, que la arena que debe acabar conmigo no oculte para siempre estas páginas que escribo en la que imagino será una de mis últimas noches de vida. Ahora sé que fue una temeridad por mi parte no obedecer al jefe de la caravana que me trajo hasta aquí, que nunca debí abandonar al grupo, que él tenía razón cuando decía que jamás podría alcanzarles de nuevo si me quedaba solo –incluso pronosticó que ni siquiera lo intentaría–, que la locura se enquistaría en mi cerebro cuando llevase varias jornadas a merced de los vientos del desierto. Pero todavía albergo la esperanza de contemplar, aunque tan sólo sea una vez más, a Aïcha. Anhelo constatar que lo que viví hace ya casi dos semanas no fue un delirio, comprobar que llegué a ver realmente a Aïcha. Sólo entonces podré morir sin temor.

La luna es mi única compañera en estos momentos, pues hace horas que incluso he dejado de escuchar el silencio de la vida nocturna que se desliza por las arenas del Sahara. Sólo la luna, mi cuaderno, mi bolígrafo y mi linterna, a la que le quedan las mismas horas de aliento que a mí. Por eso debo comenzar cuanto antes mi relato último. Quizás sea eso lo que espere Aïcha para manifestarse una vez más.

No sé exactamente cuantos días hace que abandoné a mi grupo; el tiempo no existe en lugares como éste. Pero sé que fue al atardecer cuando me quedé solo. Habíamos cabalgado durante toda la noche, desde que el sol se puso la tarde anterior hasta que la luz del amanecer comenzó a trazar nuestras sombras, todavía tímidamente, sobre una arena que iba adquiriendo unos tintes progresivamente amarillentos. Aún debíamos realizar varias horas de marcha hasta el siguiente pozo y Jabir, nuestro guía, decidió detener la caravana y establecer el campamento junto a unos roquedales que se alzaban a doscientos metros del lugar en el que nos hallábamos. Pero realmente todo esto comenzó varios meses antes de mi llegada a Douz, a este desierto del que ya no podré escapar; incluso podría decir que debería remontarme a treinta y dos años atrás, treinta y dos décadas atrás, treinta y dos siglos atrás…

Todavía no sé cuál fue la razón que me impulsó a abandonar la vida tranquila de Créteil, en las cercanías de París, para ir en busca de lo que parecía un mito, un cuento de viejas apropiado para contarse a la caída del sol. Toda mi familia había emigrado de Argelia a finales de los años cincuenta –yo nací ya con pasaporte francés– y habíamos conseguido alcanzar una vida relativamente cómoda tras unos duros inicios como metecos. Cuando yo no era más que un niño, mi padre se pasaba horas junto a mi cama contándome historias increíbles que casi nunca lograba terminar. Apenas utilizaba el francés en sus relatos, pues solía reservar el árabe para las noches y, aun sin entender muchas de aquellas palabras, los sonidos cadenciosos y bailarines que brotaban de sus labios me arrullaban y me trasladaban a latitudes que jamás había pisado. Además, esos sonidos que se arrastraban como serpientes por el aire iban formando un recio poso en mi espíritu. Pero nunca nombró a Aïcha –ahora pienso que quizás pretendía evitar que me pudiera sentir atraído por su misterio–. Fue uno de sus hermanos quien, en una reunión familiar algún tiempo después de morir mi padre, me nombró a aquella enigmática mujer. Según él, mi padre había sido uno de los pocos hombres que no habían sucumbido a su embrujo, pues se decía que muchos otros habían dado la vida por ella. Aïcha, la inmortal: así era como se refería a ella mi padre.

Al principio no hice demasiado caso de lo que mi tío me contaba, pero poco a poco comencé a sentir la necesidad de conocer algo más sobre Aïcha. Aquel repentino interés coincidió con una de esas épocas en las que todos nos vemos obligados a volver la mirada hacia nuestro interior. Hay quien lo llama melancolía; otros, nostalgia, espiritualidad, depresión incluso.

En cualquier caso, poco pude sonsacarle sobre la tal Aïcha. No empleaba sino términos vagos, imprecisos, pero siempre te sugerían la figura de una mujer extraña, fría y cálida a un tiempo, distante pero capaz de filtrarse a través de tu cuerpo como la frialdad de la niebla. El único dato objetivo que pude obtener sobre Aïcha fue el lugar donde mi padre se tropezó con ella: la había conocido en algún punto de la frontera entre Túnez y Argelia, al sur del país. Mi padre tenía entonces alrededor de veinte años y era uno de los pocos pastores nómadas que quedaban en la zona y, en una travesía entre Douz y Bordj el-Hattaba, en el extremo sur de Túnez, se topó con Aïcha.

Yo tenía dieciocho años cuando mi tío me habló de Aïcha, acababa de ingresar en la universidad y estaba más preocupado por mis estudios y por los aspectos más tangibles de la vida que por esas historias llenas de romanticismo que no terminaba de creer. Tras licenciarme en Derecho comencé a trabajar en el departamento de personal de una importante cadena de distribución. Debo reconocer que al principio encontraba un gran placer poniendo mis conocimientos a disposición de la compañía, incluso agradecía las palmaditas en la espalda que recibía como recompensa por la calidad de mi trabajo, pero pronto comprendí que me estaba convirtiendo en una especie de perro de presa que los directivos azuzaban contra mis propios compañeros en cada programa de reducción de plantilla que planeaban. Ya sé que una empresa no tiene alma, pero cuando también la pierden sus empleados es un claro indicio de que algo no va demasiado bien.

Mi trabajo me resultaba cada día más desagradable, pero no era capaz de abandonarlo por mucho que tuviera más de destructivo que de creativo. Sin embargo, fue la propia compañía quien tomó la decisión por mí y, después de diez años de trabajo sin horario, la dirección decidió prescindir de mis servicios. Nadie me dio explicación alguna –supongo que con treinta y dos años ya me consideraban demasiado viejo para la compañía o que, simplemente, pretendían sustituirme por alguien todavía más dócil que yo– y tampoco yo la pedí.

Así fue como me encontré en la calle, con doscientos mil francos en la cuenta corriente y un vacío interior que no encontraba modo de llenar. Sentía remordimientos por tanta gente a la que había ayudado a perder su empleo –quizás simplemente porque yo también había recibido una dosis de mi propia medicina– y pensé que lo mejor que podía hacer era tomarme un breve periodo de descanso antes de buscar un nuevo trabajo. Y sin motivo aparente me vinieron a la cabeza los recuerdos de la infancia, la imagen difuminada de mi padre y sus cuentos interminables, la dulzura de su voz –me entristeció comprobar que había olvidado las pocas palabras que aprendí en árabe– y, por supuesto, la historia de Aïcha.

En ningún momento pensé que aquella mujer pudiera vivir todavía. Ni siquiera me planteé la posibilidad de poder dar con ella, una idea que consideraba absurda pues nunca me habían dicho exactamente dónde la conoció mi padre y, aun en el caso de que siguiera viva, tal vez ya no se encontrará en Argelia, en Túnez o dondequiera que hubiera vivido algún día. No, simplemente quería averiguar por qué mi padre se había sentido atraído de tal modo por Aïcha –tal vez alguien de la zona pudiera darme información sobre ella; quién sabe si incluso se conservaba alguna fotografía suya–, sólo deseaba contemplar el paisaje en el que se había producido el encuentro y al que yo imputaba parte de la responsabilidad en aquella inusual atracción, pues siempre había relacionado la inhospitalidad del desierto con una sensualidad sin límites, la infinita curva de las dunas y sus juegos de luces y sombras con la silueta de una mujer recostada al sol, el horizonte inabarcable con la libertad absoluta…

Si yo mismo no podía encontrar las razones de aquella huida, ¿cómo podía pretender la comprensión de Cécile, mi novia? Le expliqué una y otra vez que se trataba de un viaje que debía realizar solo, pero ella no parecía dispuesta a escucharme. Espero que si algún día lee este relato, al menos me perdone y sea capaz de vislumbrar los motivos de mi sumisión a Aïcha.

A finales de octubre conseguí un nuevo empleo al que debía incorporarme dos meses más tarde, con el comienzo del año, así que pensé que había llegado el momento de realizar el viaje. Cuatro o cinco semanas serían suficientes para conocer algo de mi pasado y ordenar mis ideas sobre mi trabajo, mi vida, mi pareja… Y sin dar más explicaciones a Cécile que una simple llamada telefónica el día anterior a mi marcha, preparé una mochila con lo imprescindible y tomé un avión a Túnez.

Apenas pasé un par de días en la capital, pues estaba impaciente por comprobar si mi idealización del desierto tenía algún fundamento o si su contemplación podía llegar a superar incluso las expectativas que me había formado. Un nuevo avión me dejó en Tozeur y desde allí, atravesando en autobús la interminable llanura salada del Chott el Jerid, rota tan sólo por un tenderete para que los turistas comprasen alfombras, rosas del desierto y otros recuerdos artesanales fabricados en serie, llegué a Douz.

Como ya temía desde el momento en que tomé la determinación de realizar el viaje, las agencias locales no incluían en sus programas sino visitas de pocas horas a la puerta de entrada al desierto, en caravanas organizadas y endulzadas con Coca Cola que, por los pocos dinares que costaba la entrada, mostraban la puesta del sol sobre las dunas como si se tratase de un cine de verano al aire libre; eran salidas que terminaban antes del anochecer en la piscina de un hotel de cinco estrellas. Nada parecido a lo que yo pretendía, a lo que yo había ido a buscar, a lo que necesitaba encontrar…

Ya llevaba cinco días en Douz y comenzaba a desistir de ver cumplido mi sueño de adentrarme en el desierto auténtico, de viajar hacia el sur sobre la grupa de un dromedario con la única compañía de otros hombres tan solitarios como yo, el manto de arena a nuestros pies y el sol como único testigo de nuestra osadía; así era como imaginaba los pasos de mi padre más de cincuenta años antes y eso era lo que yo buscaba. Pero nadie parecía dispuesto a acceder a mi capricho y empecé a pensar que tal vez sería mejor renunciar a aquel proyecto y regresar con Cécile, olvidando para siempre lo que nunca debería haber oído. Porque tampoco mis pesquisas sobre Aïcha habían dado fruto alguno: los pocos hombres que no se encogían de hombros cuando les preguntaba por ella miraban hacia otro lado o me contestaban con otra pregunta, pidiéndome que concretase a qué Aïcha me refería, pues parecían conocer a varias mujeres con ese nombre. Pero la que iba a ser mi última tarde en Douz –mi mochila me aguardaba en el hotel, con el peso añadido de algunos recuerdos para mi novia y dispuesta para salir a la mañana siguiente– conocí a Jabir.

Eran las siete de la tarde y las calles de Douz empezaban a llenarse de gentes de todo tipo: nativos ataviados al puro estilo beduino, turistas europeos en pantalón corto, camisetas de colores vivos y la cabeza coronada por gorras o turbantes, alguna mujer con la indumentaria occidental cubierta por un manto negro… Los cafés de fachadas blancas abrían de par en par sus puertas azulonas, en una clara invitación a acceder a su interior y pasar un tiempo difícil de medir con un vaso de té entre las manos. A la entrada de uno de esos cafés, dos hombres permanecían inmóviles como maniquíes cuyo único indicio de vida eran las burbujas que se formaban en las pipas de agua que fumaban. Saludé con un leve gesto de la cabeza y pasé al interior del local.

En una mesa apartada, un hombre de edad indefinida, vestido con chilaba de color crema y tocado con un turbante azul, parecía dormitar entre sorbo y sorbo de té. Junto a la barra, tres hombres jóvenes habían optado por la cerveza y acumulaban varios botellines vacíos frente a sí. Ocupé una mesa contigua a la suya y, aunque nunca he sido curioso, no pude evitar escuchar su conversación.

Hablaban en inglés y, a los pocos minutos, pude deducir que estaban celebrando su inminente partida hacia el desierto. Nuevamente esperanzado por poder cumplir mi propósito inicial, decidí inmiscuirme en su charla.

–Perdón –me disculpé por mi intromisión–, me ha parecido entender que estáis planeando un viaje por el desierto ¿no?

Los tres hombres hicieron converger sus miradas hacia mí. El que parecía más locuaz –de nombre, Norman– me tendió su mano y presentó a sus dos acompañantes, Samuel y Kevin. Alrededor de una nueva ronda de cervezas, comenzaron a explicarme sus proyectos. Eran tres norteamericanos que pretendían viajar hasta el sur de Túnez atravesando la parte más septentrional del Sahara y, curiosamente, siguiendo la misma línea fronteriza con Argelia a lo largo de la que mi padre había conocido a Aïcha. Y además contaban con la ayuda de un beduino que les acompañaría en la aventura desértica. No lo dudé ni un instante y, empujado por la emoción, les pedí permiso para unirme al grupo. Los tres hombres me aceptaron de inmediato, pero primero debería negociar el precio con su guía: Jabir, el hombre del turbante que seguía sentado en un rincón del café.

Jabir debía tener unos cincuenta años, pero los rigores del clima le habían proporcionado una piel ajada que le hacía aparentar quince o veinte más. Sus ojos, de un inusual color azul desgastado por el mucho sol recibido, demostraban una sabiduría natural adquirida a golpe de experiencias, la sabiduría que aporta la supervivencia en condiciones extremas. Apenas hablaba francés aunque lo entendía lo suficiente como para responder con monosílabos y gestos de las manos. Tras pocas palabras, algunos silencios calculadores y un apretón de manos, acordamos el precio: cuatrocientos dinares por una travesía que debía durar doce o catorce días; el alquiler del dromedario y la compra de provisiones correrían por mi cuenta y el regreso lo debería realizar en coche con los tres norteamericanos. La salida estaba prevista para el atardecer del día siguiente.

Por la mañana, Norman me ayudó en la tarea de aprovisionamiento: conocía a la perfección las técnicas del juego del regateo y conseguimos todo lo necesario por bastante menos dinero de lo que me pedían inicialmente. Liquidé la cuenta de mi hotel y, a las seis de la tarde, regresé al café en el que había conocido a los que iban a ser mis compañeros de viaje. Todo estaba listo para comenzar la travesía hacia el sur, hacia la región en la que, quizás, podría averiguar algo sobre Aïcha.

La caravana estaba integrada por Jabir –siempre viajando quince o veinte metros por delante del grupo, como renunciando a nuestra extraña compañía–, los tres norteamericanos y yo, todos a lomos de dromedarios. Un par de animales más, cuyas riendas estaban unidas al dromedario de Jabir, transportaban todo el equipo. Partimos en silencio cuando el sol comenzaba a ser engullido por las dunas más lejanas, como si fuera una moneda introduciéndose por la ranura de una hucha de arena. Premonitoriamente, dirigí una mirada a las casas que dejábamos atrás, los últimos signos de una vida humana que ya nunca volveré a contemplar.

Viajamos durante toda la noche. En seguida, Norman rompió el silencio de la noche con su verborrea inagotable. Yo me sentía incómodo con tanta palabrería, pues me daba la sensación de que con su charla violábamos la paz de una catedral que decoraba su cúpula negra con estrellas en lugar de representar las manidas escenas religiosas. Aceleré un poco la marcha y me acerqué a Jabir. El guía me dirigió una mirada con la que demostraba estar de acuerdo con mis pensamientos: el desierto era silencio y resultaba sacrílego ensuciarlo con palabras innecesarias.

 Cada jornada de marcha era una prolongación natural de la anterior: un paisaje siempre idéntico pero en continua transformación, con las dunas reptando por delante de nosotros como si no quisieran ser alcanzadas; el sol siempre presente pero mostrando una amplia gama de matices a medida que transcurrían las horas; el aire extremadamente seco quemando nuestros pulmones a cada inspiración.

Nos desplazábamos en silencio durante toda la noche –los norteamericanos eran menos pródigos en palabras conforme pasaban los días, posiblemente como consecuencia de la fatiga o del aburrimiento por una aventura diferente de la que esperaban– y acampábamos al amanecer. Al tercer día de marcha le pregunte a Jabir si sabía algo de la Aïcha que yo buscaba. Su respuesta, si se pueden considerar aquellas palabras como una respuesta, me desconcertó.

–No, Aïcha no; no, Aïcha no –repetía meneando la cabeza como sacudiéndose aquel nombre que para él sí parecía significar algo. Y después se hundía en su silencio inmutable, encerrando en su chilaba cualquier intento de explicación que pudiera querer darme.

Durante los dos días siguientes no tuve ocasión de hablar con el guía, ni de Aïcha ni de ninguna otra cosa. Jabir me rehuía cada vez que me acercaba a él y prefería la compañía de Norman y sus amigos antes que quedarse a solas conmigo. No me dirigió la palabra hasta la noche que nos separamos definitivamente.

Era el séptimo día de marcha y nuestras fuerzas comenzaban a fallar. Empezábamos a sentir el declive progresivo de nuestros cuerpos, pero todavía era más terrible la derrota mental que experimentábamos: la soledad que nos rodeaba, la monotonía de un horizonte inalcanzable hacía que no acertásemos a ver el final del viaje.

 Estábamos terminando de cargar nuestros enseres, dispuestos a iniciar una nueva noche de caminar bajo las estrellas tan pronto el sol fuera devorado por el desierto. Entonces miré hacia el suelo, al lado de donde había estado plantada una de las jaimas, y quedé sobrecogido, paralizado, al ver la flor más hermosa que nunca pude contemplar. Una flor que, podía jurarlo por lo más sagrado, no estaba allí un minuto antes. Su tallo espinoso no mediría más de diez o doce centímetros, pero emergía de la arena con la altivez de una diosa en un océano ocre. Me agaché para verla más de cerca y como si hubiera estado esperando la genuflexión de su siervo se abrió mostrando unos pétalos rojos que parecían surgir de la nada. Fue una visión fugaz, pues no bien sintió el último rayo de sol en su delicada cabeza volvió a esconderse en el inaccesible refugio de su mar de arena.

Arrodillado, barrí la superficie con las palmas de las manos, suavemente al principio, con frenesí después, braceando como si quisiera evitar sumergirme en el agua. No quedaba ni rastro de la flor. Miré a mi alrededor: mis acompañantes me contemplaban incrédulos, tal vez pensaban que me había vuelto loco. Traté de explicarles lo que había tenido ocasión de ver, pero no parecían dispuestos a creerme. Además, las palabras me salían a borbotones y no hallaba los términos precisos para describir lo que había presenciado.

De inmediato supe que no me movería de allí hasta poder ver una vez más a mi flor, pues la exclusividad con que se había manifestado la hacía mía. Aunque más bien se podía decir que yo me había convertido en algo de su propiedad. Les expuse lo que había decidido: permanecería todo el día allí, esperando una nueva caída del sol y luego les alcanzaría forzando la marcha de mi dromedario. Los norteamericanos trataron de convencerme de que no podía quedarme solo en aquel infierno, que debía continuar con ellos como había hecho desde el principio. Jabir callaba. Yo no cedí a sus consejos, a sus ruegos casi suplicantes y el guía sólo habló cuando ya habían iniciado la marcha sin mí: “nunca nos alcanzarás, ni siquiera intentarás salir de aquí”. Esas fueron las últimas palabras que escuché.

Me quedé solo. Todo mi mundo se redujo a una superficie ilimitada de arena, un sol omnipresente del que me protegía la lona de una de las jaimas y la esperanza de ver un nuevo nacimiento de aquella flor, una flor de una belleza extremada, de unos rasgos duros como tallados a cincel pero delicada como si estuviera a punto de quebrarse a cada instante con mi sola mirada.

Durante los días siguientes, nada cambió aunque nada permanecía igual: la arena modificaba sus líneas sin descanso, el sol me mostró más tonalidades de las que había podido ver en toda mi vida, la luna tatuada en el cielo me enseñaba una mancha nueva cada noche… pero la flor seguía si aparecer. Parecía querer poner a prueba mi capacidad de sufrimiento, saber hasta qué punto estaba dispuesto a sacrificarme por ella.

Todo ese tiempo mi mente permaneció ocupada por los más variados pensamientos: el rostro de Cécile se fundía sobre la única imagen que conservaba de la flor y, un segundo después, ambas eran desplazadas por el rostro de mi padre en sus últimos días de vida; contemplaba la arena sin fin y la imaginaba cayendo por el borde del horizonte como si escapara lentamente entre mis dedos; miraba esa superficie ocre y recordaba un verano que pasé en la costa atlántica cuando era un niño, el año en que uno de mis hermanos mayores me enseño a nadar arrojándome contra las olas...

Mis reservas de agua comenzaban a escasear, mis provisiones se agotaban y yo seguía allí, cada hora que pasaba un poco más lejos de la posibilidad de alcanzar a los que habían sido mis compañeros de viaje. Entonces llegó la tormenta. La detecté porque las estrellas comenzaron a borrarse del cielo. Asustado, me acurruqué buscando la protección de las rocas y cubrí mi cuerpo con la lona, tratando de evitar lo ineludible.

Tras varias horas de angustia, de pensar que iba a morir allí, ahogado en una nube de arena, la tormenta comenzó a calmarse y en el cielo aparecieron de nuevo las estrellas. Había pasado todo ese tiempo agazapado entre las grietas de la roca, con la cabeza escondida entre las piernas y tenía todo mi cuerpo adormecido. Me incorporé lentamente, temeroso de que el viento lanzase una nueva acometida contra quien había despreciado los consejos de un guía experimentado y se había atrevido a desafiar la violencia desmedida del desierto. La luna volvía a brillar con fuerza y arrojaba algo de luz sobre el paisaje de dunas, que había cambiado por completo su fisionomía demostrando la vitalidad de la que gozaba aquel paraje que otros consideraban muerto.

Confieso que nunca imaginé que mi flor seguiría a mi lado, que habría conseguido asomar su cabeza entre la furia de la tormenta; incluso me olvidé de ella mientras pensaba en el peligro que yo mismo corría, mientras recordaba a mi padre, mientras veía por última vez el rostro de Cécile… Pero allí estaba, altiva y orgullosa como nunca… y abierta como la primera vez que la vi, como la vez que me enamoré de ella.

Pero todavía me sorprendí más cuando descubrí lo que la tormenta había rescatado de la arena. Alrededor de la flor, esparcidos por el suelo y convergiendo hacia ella como si fueran sus propios pétalos, decenas de esqueletos humanos alargaban sus brazos intentando una última caricia. Durante unos minutos escarbé con rabia, con desesperación, y encontré horrorizado nuevos huesos que todavía permanecían enterrados bajo la arena.

No pude contener las lágrimas por más tiempo, lágrimas de amargura y alegría, de pánico y firmeza a un tiempo al comprender que aquella flor era Aïcha, la inmortal. Y supe también que todos aquellos huesos esparcidos por la arena pertenecían a los hombres que, a lo largo de los siglos, habían dado su último aliento por ella, edificando a su alrededor el cementerio de vida al que yo debía incorporarme.

Han pasado varias horas, veinticuatro, quizás treinta, no sé, desde que la tormenta me devolvió a Aïcha, y al verter sobre un papel mis últimos miedos, al acariciar estas hojas con la tinta de mis últimas ilusiones, he conseguido que mi espíritu se calme, que se libere de todo temor. Sólo ahora sé que estaba en lo cierto cuando creí detectar el rostro del terror en las pupilas de Jabir mientras negaba una y otra vez la existencia de Aïcha, el nombre mismo de Aïcha. Y ahora sé también que ha llegado mi turno y espero no ser el último en ayudar a mantener viva la inmortal belleza de Aïcha.

 

Para Anabel, a quien debo una canción

 © Ricardo Bosque 2001

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