La siguiente nota apareció el Domingo 6 de septiembre de 1998, en el Cuerpo D de El Mercurio (página 24). La coloco aquí como recuerdo de las traiciones en las que incurren los gobiernos que se hacen llamar democráticos y que traicionan al pueblo en pos del dinero extranjero y esbirros del Banco Mundial.
En la suiguiente nota no se nombran, pero también cayeron comunistas que lucharon junto a nazis por mejoras en Chile ( y que para variar, los militares nuevamente son los títeres del mercado económico).
"CON LAS MANOS EN ALTO"
A 60 AñOS DE LA MATANZA DEL SEGURO OBRERO
Al rojo vivo estuvo el ambiente en la campaña presidencial de 1938. Gustavo Ross, ex ministro de Arturo Alessandri, por la derecha. Pedro Aguirre Cerda, por la izquierda y por los radicales. El general en retiro Carlos Ibañes del Campo, por el ibañismo y por el Movimiento Nacional Socialista (MNS). Jorge Gonzalez, "jefe" del MNS, organizó un conato, que sería la chispa de una rebelión militar proibañista. Sin embargo, los nacistas hicieron solos el motín y fueron cruentamente sofocados. 59 jóvenes - cuyo promedio de edad era de 23 años - murieron con las manos arriba.
Por Romina de la Sotta Donoso
A las 12:20 del día 5 de septiembre de 1938, una señora le avisó al carabinero José Salazar, en la esquina de Moneda y Morandé, que estaban entrando jóvenes armados a la Caja del Seguro Obrero - edificio que ocupa hoy el Ministerio de Justicia -, ubicada al frente de la Intendencia y en diagonal a La Moneda. El policía corrió hasta el edificio, cuyo portón cerraba por dentro un joven con una cadena. Le apuntó y le ordenó detenerse. Recibió por respuesta un tiro en el tórax. Fue la única baja de la policía.
Cerca de 20 rebeldes - estudiantes y obreros nacional socialistas - tomaron de rehenes a los empleados presentes, los encerraron en una pieza del piso 11 y bloquearon las escaleras con muebles. Liderados por Ricardo White, comandante de las Tropas Nacistas de Asalto - milicias juveniles -, montaron una radio a través de la cual Jorge Gonzáles los dirigiría desde una casa de Las Condes.
El Presidente Arturo Alessandri hablaba por teléfono desde su estudio en La Moneda, a 30 metros del Seguro Obrero, cuando oyó el disparo. Se asomó a la vantana y vió al carabinero Salazar desfallecer al lado de un buzón de Correos. El Intendente Bustamante le dijo que eran gangsters que querían robar la Caja. Pero el "León" aseguró que era una revolución nacista que debía tener ramificaciones. Llamó a los Comandantes de Las Fuerzas Armadas y a los Directores de Carabineros e Investigaciones, y ordenó que la Escuela de Carabineros sofocara la toma.
No eran gangsters
Casi a la una de la tarde, el Presidente, ya en la Intendencia, recibió al arquitecto Müller. Este le dijo que un grupo armado, dirigido por el estudiante de Derecho César Parada, había interrumpido su reunión con el rector de la Universidad de Chile, Juvenal Hernández, tomando a este último de rehén. Los Jóvenes proclamaron la revolución nacista y sacaron a la calle a los demás funcionarios. El "León" estaba en lo cierto.
Carabineros fue a recuperar la Universidad, donde los amotinados se habían parapetado en el Salón de Conferencias y en la portería. Los policías se habían apostado en las terrazas del Club de la Unión y en la bocacalle de Ahumada. Y se abrió fuego.
En el Seguro Obrero, los sublevados lanzaron petardos hacia afuera del edificio. En la plaza de la Constitución, que en aquellos días se estaba construyendo, los carabineros instalaron una linea de ametralladoras, entre escombros y materiales. El "León" pidió el apoyo de los efectivos de las comisarías.
Pasadas las 13 horas, la policía ingresó al edificio. Los amotinados se replegaron desde el cuarto piso al sexto y leberaron a las mujeres rehenes. A las 13:30 horas, los rebeldes retrocedieron hasta el octavo piso.
"Perdone, Presidente"
La Caja del Seguro estaba rodeada de policías. A las 14 horas, Humberto Arriagada, General Director de Carabineros, se instaló en la puerta de La Moneda, que daba a la calle Morandé, y disparó hacia la Caja. Arturo Alessandri se asomaba por esa puerta para ver que sucedía. Consta en sus Memorias que en una oportunidad sintió un disparo muy cerca de su oreja. El general le dijo: "perdone, Presidente, en la desesperación por apuntar bien, utilicé su hombro como mampuesto. Desgraciadamente, el gallo me sacó el cuerpo y se escondió. Lo tengo fichado. A la otra no se me escapa".
Se equivocó Arriagada. Su disparo mató a Gerardo Gallmeyer cuando este se asomó por una ventana del octavo piso. Fue el único nacista muerto en combate.
Poco después, una descarga inhabilitó la radio del piso 11. Estos fueron los últimos mensajes: "Ya no podemos más: queremos rendirnos".
"No lo hagan. Esperen. Ya van los refuerzos".
"No llega nadie a auxiliarnos. ¡Nos vamos a rendir!"
"No sean lesos. El regimiento Buin ya salió del cuartel y de Valparaíso viene el Maipo. Sigan resistiendo".
Llegaron los "refuerzos"
En cosa de minutos, llegó el regimiento Buin. Los amotinados del Seguro lo aclamaron con vivas, pero iban a sofocarlos. A las 13:30 horas, el Presidente Alessandri había ordenado que el Ejército derribara a cañonazos la puerta de la Universidad. Afuera de la Caja, en cambio, debían hacer acto de presencia hasta las 16:00 horas, plazo para que Carabineros reprimiera la revuelta.
Pasadas las 14:30 horas, el general Carlos Ibañes del Campo, quién según los rebeldes apoyaba el conato, se entregó en la Escuela de Aplicación de Infantería en San Bernardo. Dijo que había estallado un motín que él no controlaba. Los nacistas estaban solos.
Con las manos en alto
A la misma hora, una batería del regimiento Tacna derrumbó el portón de la Universidad. Los nacional socialistas se rindieron y liberaron a los rehenes, pues tenían órdenes de no enfrentarse con el Ejército. En la Universidad quedaron los cadáveres de siete rebeldes, cuyas muertes nunca fueron aclaradas. Según el relato de los sobrevivientes, publicado en 1939 por la revista "Hoy", un coronel ordenó fusilarlos en un patio, pese a tener sus brazos en alto.
Los policías sacaron a 36 rebeldes manos arriba y los condujeron por un confuso trayecto. Primero caminaron por Arturo Prat hacia el sur, luego volvieron a la Alameda, la cruzaron y avanzaron hacia el norte por Bandera. Después volvieron a la Alameda y bajaron hasta Morandé. A continuación, hacia el norte por esta última calle.
Frente al Seguro Obrero los hicieron correr por la calle, para que los otros rebeldes los vieran pasar rendidos. Alcanzaron a llegar a Agustinas. Entonces vino la orden del Gobierno: había que ingresarlos a la Caja del Seguro.
Minutos antes, el obrero Miguel Cabrera había bromeado al ver la caravana: "¡Abajo el León, viva la revolución, compañerito!" Un carabinero lo hizo plegarse a la fila, de un culatazo en la cabeza. No le valió ninguna explicación. Entró con los amotinados a la "Torre de la Sangre". como bautizó la prensa al edificio. Y murió con ellos.
La "Torre de la Sangre"
Pasadas las 15 horas, a culatazos y golpes, hicieron entrar a los rendidos a la Caja. Los registraron y los hicieron subir hasta el sexto piso, donde los encerraron en una pieza. A las 15:45 horas, uno de los rendidos en la Universidad logró, por petición de un oficial, que sus camaradas del Seguro se rindieran. De no hacerlo, fusilarían a los de la Universidad. Además, el oficial prometiórespetar sus vidas.
Bajaron juntos rehenes y amotinados. El nazi Carlos Pizarro Cárdenas, único de los cuatro sobrevivientesque en la actualidad está vivo, fue uno de ellos. Explicó a "El Mercurio": "Bajamos revueltos. En el sexto pisohabía un empleado del Seguro, que decía 'éste es empleado; éste no'. A los que sí, los carabineros los llevaban abajo. A los nacistas nos dejaban en el descanso del piso seis".
El descanso era el espacio entre el ascensor y la escalera, corredor de metro y medio de ancho. Ahí, la policía fue amontonando a los rebeldes manos arriba después de allanarlos. En este trámite, cuenta Pizarro, había un señor que alegaba ser empleado: "Repetía que se llamaba Cabello. Un oficial le pegó un cachazo en la cabeza y un civil le disparó en el estómago. Lo bajaron herido. Después, otro oficial me preguntó quién era yo y yo le dije que no era empleado. El civil, llamado Francisco Droguett, se dio vuelta y diciendo 'tu eres de los mismos', me disparó en el estómago. Pero gatilló no más. Después, el civil me dio la espalda y se olvidó de mí".
Esto lo confirma el testimonio del médico Moisés Díaz, de la Asistencia Pública, quien fue enviado al edificio para ver a un herido. Sin embargo, apenas divisó al empleado José Cabello, le hicieron irse. Díaz y el director del hospitalle ofrecieron al Intendente atender alos heridos. Los interrumpió el general Humberto Arriagada: "Mire, doctor, no van a ser necesarios los servicios de la Asistencia, porque no van a haber heridos".
Cabello murió por el disparo. La misma suerte corrieron el empleado Carlos Ossa y cuatro o cinco rebeldes que insultaron a la tropa.
"Ya niños, terminemos con esto"
Cuando los rehenes ya habían bajado, un oficial dió la orden: "Ya niños, terminemos con esto". Los policías descargaron sus armas en 20 nacistas manos arriba. Carlos Pizarro explica: "Era un estruendo. Yo caí pensando que estaba herido, y sobre mí cayeron varios camaradas. Los oficiales gritaban '¡Maten, maten! Hay 40 carabineros muertos en la calle', arengando a la tropa".
La sangre de quienes cayeron sobre él escurrió por su cuerpo ileso. Lo creyeron muerto. Oyó el primer repaso hecho cn revólveres. Luego, para comprobar que estaban muertos, los uniformados se balancearon de pie sobre sus estómagos.
Pizarro escuchó a un oficial decirles a los rendidos de la Universidad, quienes estaban encerrados en un cuarto, que tendrían que pasar sobre los cadáveres de sus camaradas. Luego los hicieron salir. Pizarro sintió como corrían hacia abajo: "Se sentían las carreras de los cabros cuando arrancaban y los gritos de la muchachada. Los bajaron al cuarto y quinto piso y los liquidaron ahí".
Eran las 16:45 horas. El remate de los heridos, a culatazos y sablazos, duró más de una hora. A los cadáveres les quitaron los relojes y las cadenas. Además, desordenaron los cuerpos para que pareciera un enfrentamiento.
A las 22:30 horas se oyó llegar al diputado Raúl Marín y al periodista Darío Zañartu, quienes habían convencido al oficial encargado de la puerta de que los dejase ingresar. Los sobrevivientes dieron señales de vida. Los policías los apuntaron con las carabinas. Pizarro oyó: "Delante de mí no muere nadie". El diputado fue a pedir clemencia al Presidente y el periodista se quedó ahí para proteger la vida de los nacistas. Finalmente, trasladaron a los tres heridos a la Asistencia Pública y a Carlos Pizarro, ileso, a investigaciones.
Los detectives se jugaron al cacho quién lo fusilaría. Pero a las 3 de la mañana lo inscribieron como detenido: "Estai salvado, cabro", le dijeron. Ya en la Penitenciaría, fue condenado a cinco años por sentencia del primer proceso judicial. El 24 de diciembre fue indultado por el Presidente electo Pedro Aguirre Cerda.
A las 2 de la mañana enviaron los cadáveres al Instituto Médico Legal. Entonces, comenzó la odisea de reconocer a los caídos.
Había cuerpos con más de 17 impactos de bala. Muchos tenían serias deformaciones por los bayonetazos. Los sables también fueron manejados con saña sobre manos, rostros, espaldas y brazos. A lagunos, incluso, les faltaban extremidades. Dos cadáveres fueron reconocidos por la ropa. Incluso, Gerardo Gallmeyer, muerto en combate, tenía 18 impactos de bala, cuatro detrás de la oreja.
La historia oficial
Después de la matanza fueron clausurados varios diarios y revistas. En tanto, la prensa oficialista tituló: "Nacistas fueron muertos por sus propios compañeros", declaración del Ministro del Interior, Luis Salas.
El Gobierno ordenó un sumario "Contra Jorge Gonzáles y otros", que condenó dos días antes del cambio de mando, al "Jefe", a los sobrevivientes y a todos los colaboradores del motín.
Sin embargo, este sumario fue calificado de fraude, según seis diputados de la Comisión Investigadora de la Cámara, entre ellos, Gabriel Gonzáles Videla. Las declaraciones de todos los carabineros fueron escritas por el abogado de la Prefectura Edwin Lührs; se pagaron 1.500 pesos a cada policía - suma equivalente a un sueldo - y fueron amenazados con la expulsión si no colaboraban.
En abril de 1939 la Comisión intentó acusar constitucionalmente al "León" por haber violado los derechos de los rendidos en la Universidad. 53 diputados votaron a favor y 66 en contra.
Pedro Aguirre Cerda, elegido Presidente, presumiblemente gracias al apoyo que el "Jefe" le envió desde la carcel, cuando el 6 de septiembre se responsabilizó de todo lo sucedido. Aguirre venció apenas por cuatro mil votos, mientras los nacistas habían logrado en las elecciones parlamentarias de 1937 casi 15 mil votos.
Se designó al fiscal militar a Ernesto Banderas para el caso, quien en julio de 1940 pidió pena de muerte para el civil Francisco Droguett, presidio perpetuo para el General Director Humberto Arriagada y 15 años de carcel para otros siete oficiales.
Alessandri hizo caso omiso de este sumario en sus Memorias. Dijo que fue una conspiración en su contra y que su única orden al General Director fue reestablecer el orden.
En julio de 1940 el Presidente Aguirre indultó a todos los reos condenados por el Juzgado Militar. No tenía mayoría parlamentaria, nunca está de más decirlo. El MNS murió en el Seguro Obrero. A fines de 1938 Jorge Gonzáles lo transformó en la Vanguardia Popular Socialista y se acercó a la izquierda. Esta organización se desintegro tres años después. En 1950 Gonzalez fue nombrado Secretario General del Partido Liberal y escribió el epitafio para Arturo Alessandri: "Ha muerto el más grande de los liberales y el más ilustre de los chilenos