LA ULTIMA NOCHE DE INVIERNO

 

    Eran las nueve de la noche, cuando se dispon�a a tomar el bus para su casa. Hab�a sido otro duro d�a de trabajo, pero a �l no le import� mucho. Era d�a de pago, y en la oficina no estuvieron de mal �nimo. En el paradero hab�an otros empleados del edificio que, como �l, se cubr�an de la lluvia que ca�a en el centro de la ciudad.

    El bus demoraba, as� es que decidi� comprar algo para llevar a su casa.     En casa lo esperaban su esposa y su hija de cinco a�os. Con su paraguas de cuatro inviernos camin� hasta los locales comerciales, que a�n no cerraban, en donde compr� dos pasteles. No eran enormes, pero tampoco eran los mas baratos. "Alg�n lujo se tienen que dar"- pensaba mientras caminaba a tomar el bus. Pas� media hora para que pasara el bus. Cuando subi�, sinti� que todos eran iguales bajo la lluvia. Su timidez y sus complejos le hac�an pensar que todos eran mas que �l. Pero esta vez no era as�. Se sent� al final para el lado de la ventana. Las gotas en la ventana jugaban como prismas con las luces de las calles. Mientras tanto pensaba en su esposa y su hija que lo esperaban en casa.

    En sus seis a�os juntos no hab�an tenido problemas, salvo en lo econ�mico. Eran de clase media, y d�a a d�a el camino se les hac�a mas pesado. So�aba en tener comodidades, darle a su esposa y a su hija lo que nunca tuvo cuando ni�o. So�aba con sacarse uno de esos premios de la Loter�a para arreglar el asunto de la casa y comprarle ropa a su familia. Ya eran tres a�os cambiando la misma ropa. Ambos, �l y su se�ora, se privaban de comprarse ropa para darle a su hija de comer y vestir. Su hija hab�a comenzado a ir al colegio d�as atr�s, a una escuela cercana a la casa. Se acordaba, mirando la calle iluminada y lluviosa, del primer d�a en que vio a su hija con ropa de colegio. Se sinti� tan viejo y tan feliz, que casi se puso a llorar.

    De pronto se dio cuenta que faltaba poco para bajarse, as� es que se par� y camin� a la puerta. Toc� el timbre, mientras en un brazo ten�a el paraguas y los pasteles.

    Al bajar segu�a lloviendo, pero no tanto. Abri� el paraguas y comenz� a caminar. Pensaba en su esposa y su hija. Eran cinco cuadras, pero �l ya estaba acostumbrado. Hab�an pasado doce horas, y estaba feliz de volver a casa, de volver a verlas.

    Fue entonces cuando, por el pavimento h�medo, un veh�culo se fue contra �l. El paraguas de cuatro inviernos qued� al lado de un �rbol, torcido por los a�os, y los pasteles lloraron con la lluvia para siempre.

 

 

 

NOVIEMBRE,1992

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