LA NIÑA DE SEPTIEMBRE

 

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    Primavera. La magistral época de oscuras imágenes de su triste infancia. Bernard Paupol deseaba con su alma una segunda oportunidad en su vida. Tenía treinta años, y se percataba que no tenía mucho de vida en su sociedad. Tan sólo unas cuantas temporadas, antes de caer en la penumbra del olvido y el desprecio por parte de los suyos.

    Siempre había querido alcanzar el sol en un vuelo entre las nubes; alcanzar una familia antes de los treinta; alcanzar a ser alguien antes de perecer en el anonimato.

    Se daba cuenta de que los años habían pasado sin pena ni gloria; de que los que lo rodeaban nunca se percataron de su existencia; de que nunca lo habían tomado en cuenta.

    Sus ojos miraban anonadados, en esa ocasión, el amanecer de aquel 29 de septiembre. Las nubes que el día anterior habían regado con su lluvia y aroma las calles de su pequeño pueblo, habían entregado en aquel momento los colores que él había visto en su lejana infancia; en su lejana edad de inocencia; y más aún, en su lejana y remota juventud. Los colores tenían aroma a humedad de suelo de campo virgen. Como el beso en el puente a aquella niña que se ocultaba tras unos anteojos; tras una lluvia de invierno que sería eterno en su recuerdo.

    En ese momento, no quedaba nadie en la calle. No quedaba nadie que él conociera. Se encontraba solo en su pasado. Con nadie podría compartir su historia. Con nadie podría compartir cada momento que se le iba. Miraba simplemente aquel amanecer del 29 de septiembre, con el espíritu lleno de admiración. Como lo hacía cada vez que tenía la oportunidad de mirar aquel amanecer lleno de recuerdos, que se repetía en cada momento de trabajo nocturno. Miraba para atrás en cada una de las ocasiones que se le presentaban. Miraba en cada una de las oportunidades en que el tiempo quería presentarle su pasado. Miraba sin remordimiento cada escena de sus situaciones. Se reía, a veces, de las increíbles situaciones que había experimentado. Se preguntaba cómo había logrado superar dichas situaciones con el simple deseo de entregar su experiencia. Y se encontraba ahí. Solo, sin que nadie quisiera recibir su vida de historia. El viento frío le hacía temblar. Sentía con ello la presencia de la vida en su cuerpo. Sentía con ello que era el tiempo quien cambiaba las estaciones; que era el tiempo quien hacia crecer las flores en los extensos campos de su pequeño pueblo; que era el tiempo quien le mostraba nevadas sus montañas y en donde los ríos fluían puros, como la niña del puente.

    Miraba sus manos, con las que había tocado recien la hierba; miraba su pecho, que recibía el frío viento de la cordillera; miraba su pipa, que lo había acompañado tantos años a sus mundos escritos de fantasía. Ahora quedaba poco tiempo para compartir su vida. Y no la compartiría con alguien, ya que nadie sabía de su existencia. Arrepentido no se encontraba. Había vivido cada momento como la primera y única vez. Miró a su alrededor, para despedirse de cada una de sus anclas de recuerdos.

    Antes de ser olvidado, prefería irse con los mejores recuerdos de su vida. Los recuerdos de una mañana del 29 de septiembre. Sus ojos se cerraban por el peso de su tristeza y por el peso de su decepción. Tantos años, y nunca más la volvió a encontrar. La niña del puente nunca más volvería a volar entre sus nubes.

    Bernard Paupol fue encontrado solitariamente muerto a orillas de la vida. En su cuerpo se encontraba solamente la evidencia de una sola oportunidad. La segunda oportunidad nunca se presentó, al igual que nunca lo hizo la niña del puente.

 

 

Noviembre, 1999

 

 

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