DANTE ALIGHIERI

(italiano, 1265 - 1321)

    La gloria mayor de Dante es, desde luego, su Divina Comedia, suma art�stica del mundo medieval; pero tambi�n como poeta l�rico, educado en los c�nones del dolce stil nuovo e influ�do por el platonismo, puede reivindicar un sitial privilegiado. Su Vita Nuova, a la que pertenecen los poemas aqu� incluidos, eleva el amor a una categor�a de devoci�n m�stica, y convierte a la amada -Beatriz, en este caso- en una encarnaci�n ideal de la belleza y de la virtud.

 


Tan graciosa...

Tan graciosa y gentil se manifiesta

la amada m�a si serena pasa

que las lenguas temblando quedan mudas

y que los ojos ni a mirar se atreven.

 

Ella se aleja, oy�ndose alabada,

benignamente de humildad vestida,

y da la sensaci�n de haber venido

desde el cielo, a manera de un milagro.

 

Mu�strase tan gracisosa a quien la mira

que, al verla, nos produce una dulzura

que no puede entender quien no la prueba.

 

Y parece que exhale de sus labios

un esp�ritu suave, de amor lleno,

que al alma va dici�ndole: Suspira.

 

Canci�n

Aspero quiero que mi verso sea

�gual que la conducta de mi bella,

cuya dureza crece

con la extra�a crueldad a cada instante,

y su cuerpo reviste de diamante

en forma tal (o quiz� porque me huye)

que en mi carcaj no encuentro

la flecha que la hiere y la desnude;

mortal es tu mirada, e imposible

escapar o esconderse de sus ojos,

que, cual si alados fueran,

sus golpes vuelan y mi escudo rompen;

no la conozco, pero a sus pies caigo.

 

Coraza no hallo que ella no traspase,

ni lugar donde esconderme de su rostro;

cual flor sobre la fronda,

en lo alto de mi mente se halla erguida;

y mi dolor apenas la conmueve,

m�s que el mar dilatado a un buen velero;

y el pesar que me dobla

tal es que ante �l mis versos palidecen.

Ah, cepo despiadado y angustioso,

implacable acabando as� mi vida,

�por qu� no te contienes

y dejas de roerme las entra�as,

pues yo call� de la culpable el nombre?

 

Y me siento temblar si en ella pienso

en paraje donde otros puedan verme,

por miedo a que trasluzca mi deseo

y los dem�s lo vean;

no tiemblo ante la muerte (mis sentidos

con sus dientes Amor ha devorado);

pues mi mente destruye

mis fuerzas, y mis miembros debilita.

Amor me hizo caer, y me amenaza

con la espada que a Dido dio muerte,

Amor, a quien yo imploro,

cuartel pidiendo, y le ruego, humildemente,

mas �l es insensible a la piedad.

 

De vez en cuando alza la mano, imp�o,

y desaf�a mis cansadas fuerzas;

yazgo sobre la tierra,

se me acaban las fuerzas, no me muevo;

y surgen en mi mente fuertes gritos,

y la sangre, dispersa por las venas,

acude al coraz�n, que la llamaba;

blanco est� mi rostro.

Y Amor me hiere so el izquierdo brazo

con golpe que conmueve mis entra�as,

y digo: "Si levanta

la mano una vez m�s, vendr� la Muerte

antes de que su golpe hasta m� caiga."

 

�Ojal� yo lo viera malherir

a aquella que mi cuerpo descuartiza!

No me ser�a amarga

la muerte que amenaza mi destino:

que de d�a y de noche me la acerca

la asesina y ladrona que me asedia.

�Ay! Mas �por qu� no a�lla

mi nombre, cual yo el suyo, desde lo hondo?

Bien pronto le gritar� que: "All� voy";

gustoso acudir�a, acariciando

la rubia cabellera

que Amor para mi mal encrespa y dora,

y agradable hallar�a mi presencia.

 

Si sus trenzas lograra acariciar

(que l�tigo son hoy y duro freno)

tom�ndolas al alba

a su vera la noche me encontrara:

y no quedar� con las manos quietas,

sino cual oso que al jugar abraza,

ya que Amor me tortura

mil veces con mis besos me vengara.

Y sus dos ojos, que despiden chispas

y el coraz�n incendian en mi pecho,

lento contemplar�a

veng�ndome con ello de su hu�da;

y el beso de la paz yo les dar�a.

Canci�n, ve sin tardar hacia la hermosa

que el coraz�n me hiere y que me roba

aquello que m�s quiero,

y su pecho atraviesa con tus flechas;

que la venganza buen honor conquista.

 

(Trad. de Manuel Dur�n)

 

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