Perfil de Salvador Allende

 

Por Eduardo Novoa Monreal

Revista An�lisis, p�ginas 33, 34 y 35

Noviembre de 1983

Transcrita y reeditada por Ernesto (Liceo de Aplicaci�n, 1988)

    Describir a un hombre com�n, si se quiere llegar m�s all� de un simple esbozo de sus apariencias externas, es una tarea llena de dificultades. Se ha repetido con raz�n, y lo recuerda alguna buena literatura, que la interioridad de todo hombre es tan multiforme que prodiga siempre infinidad de sorpresas cuando se penetra realmente en ella, y hasta ser�a posible traducirla en una especie de variedad de personalidades diversas, que se suceden, se superponen y se anudan entre s�.

    Si esto sucede con un hombre cualquiera, cu�ntas no ser�n las dificultades cuando se trata de un ser de excepci�n, como fue Salvador Allende.

    En casos como �ste un intento de semblanza arriesga privilegiar algunos aspectos del sujeto, dejar a otros en la penumbra y, en suma, proporcionar de �l una imagen incompleta o, lo que es peor, falsificada. El peligro aumenta si se considera el h�bito de excederse en el elogio de los que han desaparecido, especialmente si desempe�aron funciones p�blicas, pues entonces, con toda facilidad, se elvan a grados excelsos cualidades verdaderas o supuestas.

    Acerca de Salvador Allende resulta simple presentar algunos rasgos suyos bien obvios. Es posible referirse, por ejemplo, a su vida entera dedicada al triunfo de sus ideales pol�ticos de liberaci�n y de justicia para los oprimidos. A su compenetraci�n con los sufrimientos y esperanzas del pueblo chileno, a su consecuencia y lealtad para con los despose�dos, a su conocimiento del pa�s y de su gente. A su carisma de l�der popular y de orador pol�tico fogoso y persuasivo, a su capacidad para entrar en relaci�n estrecha con sus interlocutores, a su arrollador poder de convicci�n. A su honestidad sin tacha, a su formaci�n te�rica y a su capacidad para idear proyectos sociales originales y creativos. A su caballerosidad y a su generosidad con el adversario, a su vasta experiencia en la actividad parlamentaria. A su humor, su chispa, su ingenio.

 

Testimonio Hist�rico

    Pero hay algo que permite conocer muy a fondo a Salvador Allende en todo lo que �l verdaderamente val�a. �l fu� sometido por el destino a una prueba suprema: la de afrontar, cara a todo Chile y al mundo, una crisis pol�tica l�mite, de inusual significaci�n y violencia, de las m�s trascendentales concecuencias para el curso de las ideas y de los hechos pol�ticos. Y fue en ella donde se exteriorizaron las m�s brillantes dimensiones de su car�cter.

    Informado en la aciaga ma�ana del 11 de septiembre que sobreven�a un golpe militar, adopt� sin vacilaci�n alguna la espartana resoluci�n de afrontarlo con las armas en la mano, encerrado en el Palacio de la moneda, s�mbolo del poder civil chileno. Lo acompa�� un reducido grupo de sus adictos, armados tan precariamente como �l. Y fue este conjunto, apenas una cincuentena de hombres, dotados de armas manuales, el que logr� contener a lo largo de m�s de seis horas el ataque conjunto de las fuerzas militares.

    Al termino de la desigual batalla, los golpistas pudieron penetrar en un edificio totalmente derru�do, convertido en escombros humeantes. All� encontraron el cad�ver. Sus yertas manos ennegrecidas por la p�lvora, delataban la fiereza con que luch�, hasta el extremo de sus posibilidades, en defensa de sus prerrogativas presidenciales, ante el despiadado ataque consumado mediante tanques, morteros, artiller�a y aviones de bombardeo.

       Se hab�a apagado con �l, pero no sin el costo de un duro y prolongado combate, la llamada "v�a chilena hacia el socialismo".

    Mientras combat�a alrededor de las 10 de la ma�ana, Salvador Allende tuvo una �ltima oportunidad de dirigirse por radio al pa�s. Todas las estaciones transmisoras opuestas al golpe militar hab�an sido destruidas por la Fuerza A�rea, excepto una. Y fue a trav�s de �sta que Allende pudo cumplir con su deseo de despedirse de su querido pueblo chileno. Sus palabras de ese instante resultan dram�ticas, tanto porque fueron improvisadas en tan alteradas circunstancias, como porque fueron emitidas en todo el fragor de la lucha. Tienen, por ello, un significado mucho m�s alto que el de un mero mensaje de despedida. Ellas, aparte de constituirse en un extraordinario documento hist�rico, revelan la m�s �ntima personalidad de Allende y podr�an ser consideradas como un virtual testamento pol�tico suyo.

 

Profunda S�ntesis

    Es en esas palabras donde sobresalen los rasgos m�s profundos y personales de Salvador Allende. Porque teniendo ya la certeza de que su fin es inminente, saca a luz los m�s �ntimos valores de su esp�ritu, con la autenticidad y la sinceridad de quien nada espera ya de los dem�s. En ese momento supremo, con su conciencia enfrentada ya al m�s all�, sus palabras se convierten en la expresi�n m�s depurada de sus hondas y arraigadas calidades espirituales. Aparece, as�, como un ser engrandecido, despojado de pasiones y preocupado tan solo del bien de Chile. Nada de buscar ego�stamente justificaciones para s� mismo. S�lo proponer reflexiones de gran trascendencia a su pueblo, proporcionarle expresiones de aliento en esas horas negras y enjuiciar objetivamente el trance hist�rico de la patria, por la cual se va a inmolar.

    �Que mejor que ese discurso para descubrir en una inesperada y profunda s�ntesis, lo que aut�nticamente fue en vida Salvador Allende? �C�mo poder comparar cualquier clase de observaciones, por penetrantes que ellas fueran, con lo que fluye espont�neamente de un gran hombre cuando se ve bruscamente proyectado hacia la eternidad?.

 

"M�s temprano que tarde..."

    Quedan all� de manifiesto serenidad, valor y olvido de s� mismo: "En este momento definitivo..." "...esta ser� la �ltima oportunidad en que me pueda dirigir a ustedes." "...colocado en un trance hist�rico, pagar� con mi vida la lealtad al pueblo." "...y el metal tranquilo de mi voz ya no llegar� a ustedes". Y luego recuerda a todos aquellos que lo apoyaron.

    Su temple ante la tragedia, su alto concepto de la dignidad del cargo que el pueblo le ha conferido y su noble sentido �tico se exteriorizan: "Mis palabras no tienen amargura, sino decepci�n. Que sean ellas un castigo moral para quienes han traicionado su juramento..." "La historia los juzgar�." Es notable advertir la forma en que mide sus palabras al referirse a quienes comandan el Golpe, procurando evitar todo exceso. Sabe que no es a �l a quien est� reservado el juicio, sino a la historia.

    Una idea lo domina. Prueba de ello es que hay una palabra que retorna recurrente a sus labios y que es la �nica que repite dentro de su arenga: "...lealtad." Por ello dice: "...pagar� con mi vida la lealtad al pueblo." "Por lo menos mi recuerdo ser� el de un hombre digno que fue leal con la patria." "Seguramente Radio Magallanes ser� acallada y el metal tranquilo de mi voz ya no llegar� a ustedes. No importa. La seguir�n oyendo. Siempre estar� junto a ustedes." Privado del �nico medio de comunicaci�n disponible, sabe que el pueblo lo va a escuchar para siempre en esp�ritu.

    El gobernante l�cido se hace presente tambi�n: "la semilla que hemos entregado a la conciencia digna de miles y miles de chilenos, no podr� ser segada definitivamente." "El pueblo debe defenderse, pero no sacrificarse. El pueblo no debe dejarse arrasar ni acribillar, pero tampoco puede humillarse." Y, enseguida, una advertencia hist�rica: "... quiero que aprovechen la lecci�n..."

    Su clara visi�n pol�tica no puede dejar de expresarse: la situaci�n producida es porque "... el capital for�neo, el imperialismo, unidos a la reacci�n crearon el clima para que las Fuerzas Armadas rompieran su tradici�n,..." "... del mismo sector que hoy estar� en sus casas esperando, con mano ajena, reconquistar el poder para seguir defendiendo sus granjer�as y sus privilegios." "... frente al silencio de quienes ten�an la obligaci�n de proceder." El futuro no se le oculta: "Me dirijo al hombre de Chile, al obrero, al campesino, al intelectual, a aquellos que ser�n perseguidos, porque en nuestro pa�s el fascismo ya estuvo hace muchas horas presente;..." Y, ahora, la frase de aliento: "... pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen ni con la fuerza."

    Pese a la extrema dureza del momento, hay lugar para otras expresiones que infundan optimismo a los derrotados: "Estas son mis �ltimas palabras y tengo la certeza de que mi sacrificio no ser� en vano,..." "Trabajadores de mi patria, tengo fe en Chile y su destino." "Sigan ustedes sabiendo que, mucho m�s temprano que tarde, se abrir�n las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor". Est� seguro que "... el ma�ana ser� del pueblo, ser� de los trabajadores."

    Su inquebrantable firmeza de principios queda subrayada con la frase tajante: "�Yo no voy a renunciar!" Sabedor de que el ego�smo y el af�n clasista de revancha han acabado con su plan, se niega a cohonestar a quienes buscan el poder con apoyo de la fuerza. Cuatro veces se le intim� rendici�n esa ma�ana (con el ofrecimiento de poner a su disposici�n un avi�n que lo trasladar�a a donde �l quisiera, junto con su familia.) No conoc�an su temple: jam�s iba a rebajar su dignidad ni a opacar su fidelidad al pueblo. Tampoco se le ocult� que lo que se buscaba con la petici�n de su renuncia, era una apariencia de legitimaci�n para el Golpe Militar. �Cu�n deseada fue, en esos instantes, una renuncia suya que hubiera permitido efectuar una nueva designaci�n de Poder Ejecutivo!

    El mundo entero exterioriz� su congoja por la muerte del Presidente Allende. Su empresa, tan h�bilmente conducida a lo largo de dif�ciles tres a�os, hab�a hecho brotar dilatadas esperanzas de que pudiera convertirse en una nueva v�a para llegar a un r�gimen de justicia y de solidaridad sociales, dentro del respeto de la libertad y los derechos humanos. El Golpe Militar cort� cruelmente un experimento que todo el orbe contemplaba con m�xima atenci�n y, en buena medida, con admiraci�n. La condici�n marxista y revolucionaria del Presidente Allende no le cerr� espacio ni a�n dentro de tendencias sociales menos avanzadas. En el fondo, todos conceb�an esperanzas de bien humano con el triunfo de aquella.

 

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