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Web de: Juan-José Reyes Ríos El esfuerzo todo lo supera. |
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Un viento apacible sopla en mi perfil fugaz, mientras escucho el murmullo de la corriente en ese espacio de solaz. El gorjeo de los pájaros, el chapoteo de las ninfas en el remanso del río, los lagartos y las cigarras en las oscuras pizarras, y los chopos y desmayos presidiendo ambas orillas, mientras los vibrátiles juncos saludan airosos a los distantes mástiles de los aventurados veleros que navegan serenos en alta mar, son el deleite de este viejo poeta que respira infundiendo amor a toda la región verde y vital. ¡Y me uno a la tranquila corriente! Sigo con la vista su discurrir, me recreo con los dorados cabellos que agitan las ninfas tras cada impulso sobre la superficie del agua, y tiendo la mirada a la pulida piedra que, cual elemento animado, siembra mi ánimo de quietud, y de momentáneo éxtasis. Pero yo estoy de paso, mis ojos ya casi ven sin mirar. (Poema extraído del poemario "Cual centella vivaz") No una sola voz, sino muchas voces al unísono, acompañadas de instrumentos musicales. Un coro de antaño, cantando poemas a la deriva, poemas que se alzan inevitables en el camino trillado y polvoriento. No una sola voz, sino un coro ahuyentando los males del mundo, espantando la ceguera, la impostura, la pobreza, el barbarismo, la necedad y todas las falacias y secretismos. No una sola voz, sino un orfeón cantándole a un solo mundo, a un solo espíritu, pero inmenso. (Poema extraído del poemario "Alondra mañanera") |
¿Adónde vais con esas medidas, con esos vocablos que parecen soles, con esos ritmos bajo el plenilunio? Sé que lleváis en vuestra haldada poemas como girasoles, cánticos de luz, amor y esperanza. Poetisas que dibujáis con la palabra y que, tras hallar el más sibilino sentido, hacéis volar vuestro poema cual cometa de varipintos colores. Yo observo cómo tiráis de ella, cómo la ascendéis estirando y soltando suavemente ese vivaracho piolín, vínculo entre vuestro cielo y la tierra. Poetisas de hoy: que entre el hombre y la mujer se haga el anhelado Paraíso. (Poema extraído del poemario "Cual centella vivaz") Desde mi memoria, como un torrente, desfilan escenas de mi vida, efímeras unas, perdurables otras; mas todas se avienen presurosas al particular ritmo de mi mente. Es un álbum sin fotos ni cromos, un álbum que valora el existir en el singular océano de la vida. Y cuando enfoco mi ser y soy objeto de mi examen, se amontonan las dudas, la meditación de los errores; entonces siento que yo, el que ha nacido para vivir, no ha puesto en el asador todo el caudal de su amor, ni toda la nobleza de su aliento. Entonces me siento culpable, culpable de no haberlo dado todo, de recelar, de eludir, de huir, en vez de poner en práctica el experimentable conocimiento de la gramática parda. ¡Ay! Quizá la inminente noche -quieran los dioses que "fluvial"-, el bullir de gacelas y gamos hacia la cresta de la montaña, esperando la proximidad de la Luna para el definitivo y anhelado salto ... hagan renacer mis atributos de hombre con un destino. (Poema extraído del poemario "Alondra mañanera") |
Te vi, de niña, jugar a la pelota, mostrando ya una sonrisa que se desgranaba en chispeante delicia. Y, de moza, encarnar grato personaje de una pieza teatral, a la sazón, ataviada con esa blusa y esa falda de variopintos colores, que producen una sensación de calidez en quien las mira. ¡Ay, qué ricura tu silueta, qué femenil porte cuando tienes tus sensitivos brazos en jarras! Ya mujer, vi cómo subías lentamente la decorosa y altiva escalinata de una majestuosa pirámide, portando raro recipiente en tus manos. Llevabas un vestido blanco con encajes que simulan el arcoiris y cuyas hebras son de un mundo albergado en la serenidad. Incluso cuando tu rostro es grave, tu semblante es el de un sol que enriqueciera mientras rueda. Ay, qué hermosa, con tu mata de pelo imitando uno de esos canales fluviales por el que navegaban toscas canoas, transportando lo necesario al lugar. Pero te vi una vez sentada, observando los frutos recogidos en un canastillo precioso y oval. Entonces me fijé en tu lindo cuello, en tu donosa presencia, en tu talle, capaz de levantar las ruinas de este mi ser perdido entre columnas arcaicas. Luego comprobé que estatuillas de los dioses Itzamna y Chac, la rueda calendárica y la serpiente emplumada hermoseaban tu grata estancia. Cuando te alejaste de mi visión, estabas en mi interior, jovial, serena, mirando y descifrando la realidad en el mismo acto de mirar. Fue entonces cuando te desnudé, qué formas, qué ondulaciones, qué arrecifes coralinos, ... ¡y qué llamaradas vi de un sol sensual! (Poema extraído del poemario "Cual centella vivaz") |