Año 1 No. 0  Revista mensual   10 de marzo de 2007. Xalapa, Veracruz

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J. Enrique Olivera Arce

Por J. Enrique Olivera Arce

Petróleo y neoliberalismo

 

 

 

Tanto se insiste en ver el árbol que se pierde la noción del bosque. El petróleo, es un bien escaso y por tanto estratégico para la nación, y no patrimonio particular de los veracruzanos.

El sistema capitalista dominado por las poderosas trasnacionales energéticas, alimentarias y de la comunicación, está adoptando un nuevo traje a la medida, desechando por obsoleto aquel que sustentado en el libre mercado,  conocemos como neoliberalismo. Las condiciones que impone el control de recursos ya escasos en el mundo, como los energéticos, los alimentos y el agua,  modifican el clásico concepto marxiano de la plusvalía derivada de la explotación del hombre por el hombre, como sustento de la acumulación y reproducción del capital.

En los últimos años ha quedado demostrado que no es la productividad, eficacia y eficiencia de un país ó una empresa lo que le permite ser competitiva en el mercado globalizado. Es el tamaño  y su posicionamiento en el planeta, como es el caso de China, o las poderosas trasnacionales que someten a países enteros y absorben a empresas de menor tamaño. Es el “tu o yo”, que rompe con las reglas del libre comercio neoliberal, para dar paso a un modelo sistémico de desarrollo  capitalista aún más salvaje que el que aún estamos viviendo en la actualidad.

El libre mercado está ya fuera de toda lógica. La pugna por el control de los recursos escasos está a la orden del día en la agenda de los países más industrializados del orbe. En el caso específico del petróleo, en tanto no se cuente con tecnologías alternativas de bajo costo susceptibles de ampliar la frontera energética, la guerra permanente por su control determinará la marcha de la humanidad a lo largo de los próximos 20 años, cuando menos.

Diversos expertos en energía tradicional y alternativa,  coinciden en señalamientos que inducen a pensar en lo anterior. Desde el momento en que apareció una limitación energética, el neoliberalismo, entendido como el mercado entregado a su propia inercia, se ha convertido en una espada de Damocles que pende de un hilo cada vez más delgado. Argumentándose como ejemplo de ello, que si hablamos de carne de pollo, y consideramos que podemos producir tanta como necesitemos, entonces no hay problema, las necesidades futuras de los distintos productores de pollo son compatibles y será el consumidor quien decida que comprará y será la eficiencia de cada empresa la que triunfará. Siendo esta idea en la que se fundan las diferentes teorías liberales o neoliberales. Pero en el caso del petróleo, recurso no renovable, la situación es diferente.

La necesidad energética futura se proyecta sobre un horizonte de dimensiones conocidas que sabemos no va a crecer. Los intereses de los diversos agentes comienzan a solaparse y cada solapamiento significará, antes o después, que lo que yo aspire a consumir de más en el futuro será, necesariamente, algo que dejes de consumir tú. Si yo gano, tú pierdes. Así que una nueva regla se instala entre los competidores: si quiere crecer, una empresa deberá adquirir a una rival. Y todas las empresas quieren crecer. En este juego el motor de la competencia deja de ser la eficiencia, y pasa a ser el tamaño.

Mientras el petróleo parecía inacabable, los jugadores, incluso los más pequeños, podían llegar, siempre que fueran eficientes, a acuerdos del tipo “yo me quedo con estos nuevos yacimientos, tú con aquellos”, “yo seguiré explotando por aquí, tu por allá”, con posibles incrementos futuros de producción y consumo para los diferentes competidores. Es decir, aquellos en las cuales ambos contendientes pueden salir beneficiados. En este caso, como en el descrito de los productores de pollo,  las reglas neoliberales sí tienen sentido, nos dicen los expertos. Más sin embargo, La empresa que se concentre en la eficiencia, en el buen servicio, podrá ser competitiva, pero si no tiene el tamaño suficiente será eliminada.

Dentro de esta lógica, la dinámica del capitalismo, beneficio suficiente y, por ende, acumulación y reproducción del capital, será adquirir un tamaño tal que impida la absorción por otros. No hay reglas de juego justas, no hay sana competencia por la eficiencia y, desde luego, no hay posibilidad de elección. De la velocidad que adquiera el proceso de concentración del control hegemónico de los energéticos y en general de los recursos escasos, dependerá el futuro del mundo.

En esta guerra sin cuartel, el mañana de los países productores de petróleo dependerá de su capacidad para impedir o frenar la absorción por parte de las poderosas petrocracias,  y de la velocidad con la que utilicen sus reservas petroleras para financiar el paso a tecnologías alternativas de bajo costo, que les permitan sobrevivir en el mundo globalizado. Esquema al que no pueden mantenerse ajenas las disponibilidades de agua y de alimentos. En ello estriba la defensa de nuestra soberanía como país independiente.

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