Año 1 No. 1  Revista mensual   10 de marzo de 2007. Xalapa, Veracruz

 

Serpentinas

              Por: Rafael Junquera Maldonado

 El espíritu de Narciso

Narciso, símbolo de la vanidad y el egocentrismo, fue hijo de Cefiso y la ninfa Leriope, según la mitología griega. De acuerdo al oráculo tendría vida eterna mientras no contemplara su imagen. De hacerlo terminaría enamorándose de sí mismo y enloquecería. Narciso viajó por los bosques causando  la admiración y el amor de cuantas mujeres se encontraba en su camino. La joven Aminas, protegida de la poderosa Artemisa, se prendó con gran pasión del singular personaje, pero no fue correspondida.

Entonces Artemisa decidió vengarse. Con engaños condujo a narciso hasta una fuente para que se refrescara. Narciso vio su imagen reflejada en el agua y se enamoró perdidamente de si mismo. Intentó atraparse, materializar el gran amor que sentía y no pudo. A cada intento su imagen se alejaba. Entonces loco de amor, por no lograr adueñarse de su propia visión, tomó un puñal y se suicidó.

El espíritu de Narciso sigue presente en el género humano. Es común entre cierto tipo de hombres donde la apariencia, el verse bien, es el único objetivo de sus vidas, pero ello no importa en cuanto no afecta a una comunidad o a un pueblo. Lo verdaderamente lamentable es cuando se da en relación al poder que temporalmente se ejerce. Ejemplos sobran en todas las sociedades y todos los tiempos.

En nuestra América, sólo por citar unos cuantos, fue común el culto a la personalidad que se dio en el entorno de las dictaduras de la década de los sesenta, donde cualquier acción o cualquier obra de gobierno se realizaban gracias a la generosidad y el altruismo del gobernante. Cada uno de estos hombres adquirió rango de deidad por los medios de comunicación y por un aparato oficial de magnificación a la figura del dictador. Todas las obras públicas eran bautizadas con su nombre o denominadas con algo que lo alagara.  Lo más triste es que cada uno de esos hombres terminó por ser víctima de sus propias mentiras. Cuando perdieron el poder y con ello, el elogio desmedido de los medios, el aplauso convenenciero y la expresión sumisa de los lacayos,  acusaron a sus pueblos de ingratos y malagradecidos, en el colmo del absurdo.

Los pésimos gobernantes siempre suelen marearse con el falso oropel y el incienso que se les quema en la cortedad de su mandato, haciéndoles creer que todas las virtudes y grandezas que se les endilgan no serán efímeras y resistirán el paso de los años, los siglos y la eternidad. ¡Oh! Tristeza, ¡Oh! Dolor, Narciso siempre muere empecinado en perpetuarse en su propia banalidad.

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