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Serpentinas
Por: Rafael Junquera Maldonado
El
espíritu de Narciso |
Narciso, símbolo de la vanidad y el egocentrismo, fue
hijo de Cefiso y la ninfa Leriope, según la mitología
griega. De acuerdo al oráculo tendría vida eterna
mientras no contemplara su imagen. De hacerlo terminaría
enamorándose de sí mismo y enloquecería. Narciso viajó
por los bosques causando la admiración y el amor de
cuantas mujeres se encontraba en su camino. La joven
Aminas, protegida de la poderosa Artemisa, se prendó con
gran pasión del singular personaje, pero no fue
correspondida.
Entonces
Artemisa decidió vengarse. Con engaños condujo a narciso
hasta una fuente para que se refrescara. Narciso vio su
imagen reflejada en el agua y se enamoró perdidamente de
si mismo. Intentó atraparse, materializar el gran amor
que sentía y no pudo. A cada intento su imagen se
alejaba. Entonces loco de amor, por no lograr adueñarse
de su propia visión, tomó un puñal y se suicidó.
El
espíritu de Narciso sigue presente en el género humano.
Es común entre cierto tipo de hombres donde la
apariencia, el verse bien, es el único objetivo de sus
vidas, pero ello no importa en cuanto no afecta a una
comunidad o a un pueblo. Lo verdaderamente lamentable es
cuando se da en relación al poder que temporalmente se
ejerce. Ejemplos sobran en todas las sociedades y todos
los tiempos.
En
nuestra América, sólo por citar unos cuantos, fue común
el culto a la personalidad que se dio en el entorno de
las dictaduras de la década de los sesenta, donde
cualquier acción o cualquier obra de gobierno se
realizaban gracias a la generosidad y el altruismo del
gobernante. Cada uno de estos hombres adquirió rango de
deidad por los medios de comunicación y por un aparato
oficial de magnificación a la figura del dictador. Todas
las obras públicas eran bautizadas con su nombre o
denominadas con algo que lo alagara. Lo más triste es
que cada uno de esos hombres terminó por ser víctima de
sus propias mentiras. Cuando perdieron el poder y con
ello, el elogio desmedido de los medios, el aplauso
convenenciero y la expresión sumisa de los lacayos,
acusaron a sus pueblos de ingratos y malagradecidos, en
el colmo del absurdo.
Los
pésimos gobernantes siempre suelen marearse con el falso
oropel y el incienso que se les quema en la cortedad de
su mandato, haciéndoles creer que todas las virtudes y
grandezas que se les endilgan no serán efímeras y
resistirán el paso de los años, los siglos y la
eternidad. ¡Oh! Tristeza, ¡Oh! Dolor, Narciso siempre
muere empecinado en perpetuarse en su propia banalidad. |