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Dos
pájaros carpinteros parecen haber caído del cielo
nocturno y vueltos pies taladran la tarima; pies
envueltos en cuero calzado por un hombre de ochenta y
cinco que incesante golpea en las tablas al ritmo de los
jaraneros; zapateado retumbante al lado de los pasos
suaves femeninos. Varias parejas ocupan la caja de la
resonancia y las miradas de los espectadores convergen
al centro de los pasos sonoros. Las parejas cambian de
ejecutantes. El hombre bronceado, alto y fornido, cede
su sitio a otro que de inmediato imprime vigor al
zapateado. Los taconeos son martillazos en las tablas y
los golpes sonoros sujetan mi presencia en la plaza del
barrio de San Miguelito en esa noche de La Candelaria en
Tlacotalpan.
La
estampa de bailadores longevos la había captado la noche
anterior en la contigua plaza de Doña Martha donde
contemplé algunos hombres de la tercera edad
repiqueteando en alto templete construido ex profeso. La
plaza de Doña Martha es recinto oficial en noches de
fandango cuando se congregan conjuntos locales y de
otras latitudes. Aunque pocos los bailadores cargados de
ayeres me impresionaron por su agilidad, destreza y
resistencia y saltó a mi mente la interrogante de saber
si son excepcionales, asunto que se resuelve con una
encuesta. Una investigación de antropología física
dirigida este sector podría instruimos para compararla
con otros sectores de población semejante en edad,
aunque deteriorada No quiero decir con esto que debe
recomendarse al hombre desde temprana edad que debe
zapatear sones jarochos para llevar a longevo
excepcional, pero si considero muy instructivo emprender
estudios de comparación para llegar a establecer
recomendaciones y lograr mejor calidad de vejez.
He
destacado la participaron de longevos porque miré pocos
jóvenes masculinos cautivados en la ejecución del
fandango, en cambio muchas mueres jóvenes participaban
en la danza vemácula. Contemplé una niña de unos cinco
años vestida de jarocha integrada a un conjunto musical
de cuerdas que cuando dejaba de tocar su jaranas
golpeaba en la quijada de burro o se subía a diminuta
tarima que le
colocaban
en el centro del templete.La iniciativa infantil
asegura la continuidad e incremento de los sones de
Sotavento los cuales se consagraron en la orquestación
sinfónica del Huapango de Moncayo estrenado en Bellas
Artes el 15 de agosto de 1941.
Las
fiestas de La Candelaria se inician con el paseo de la
Cabalgata y tienen como epílogo el paseo fluvial de la
Virgen. Estos acontecimientos enmarcan las noches de
fandango como la mencionada de San Miguelito cuyo
espacio es un recogimiento. Ahí escuché tres jaranas del
conjunto de Santiago Tuxtla que impulsaban a los
bailadores. Noche de fandango íntimo que me mueve a
imaginar que cuando la plaza queda solitaria en la
madrugada descienden las pisadas de las aves que llegan
a taladrar la tarima para que su música nunca concluya. |