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La publicidad ha conseguido que palabras
como nuevo, revolucionario, único, extraordinario y
tantas otras hayan perdido su fuerza original.
Te amo, te quiero, son palabras que los
enamorados desgastan con el tiempo… porque muchas veces
terminan repitiéndolas cuando ya no las sienten.
Pero,
lo que es mas grave aún, los grandes poderes económicos
han desvirtuado el significado de las palabras para
ponerlas a su servicio:
Pedir un préstamo o dar algo en
arrendamiento son palabras que nos inducen a creer que
los bancos nos están haciendo un favor o los dueños de
los inmuebles una caridad.
No se puede crecer negativamente ni decir
que disminuyó el ritmo de crecimiento del costo de la
vida cuando en realidad aumentó, así sea menos que en
meses anteriores. Llaman desnutrición al hambre y países
del tercer mundo a las colonias económicas.
La globalización que definieron como la
libertad de comercio, en realidad es una telaraña de
medidas que obligan a los países pobres a aceptar sin
aranceles los productos de los ricos y a vender, en las
condiciones que ellos impongan, las mercancías y
materias primas que necesitan para seguir
enriqueciéndose.
Se habla de la pobreza, pero no de la
distribución de la riqueza para no hacer evidentes las
desigualdades.
En general, cuando vayamos a escribir de
economía, para seleccionar debidamente las palabras,
debemos preguntarnos en todo momento quien sale ganando
y a quienes perjudica.
Los extranjerismos, vengan de donde
vinieren, promueven la falsa idea de que somos mas
cultos si los utilizamos. Esta es una agresión a nuestro
idioma, la mayor parte tienen su equivalente en español.
Sin embargo, no es nuestro propósito dejar
a los lectores y colaboradores de Serpentario con tantas
palabras que por usadas están desgastadas.
Alex Grijelmo, uno de los grandes
periodistas de nuestra época, en un taller que dictó en
la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, nos da
reglas de oro:
Hay palabras que por su sonoridad llaman
mas que otras la atención de los lectores, y la mayoría
de ellas provienen del árabe: “abismal”, “adalid”,
“alarde”, “alboroto”, “algarabía”, “auge”, “azote”,
“hazaña”, “jaque”, “macabro”, “maroma”, “máscara”, y
“rehén”.
Y hay palabras que invitan a la reflexión
y en buena parte provienen del griego:
“pedagogía”, “filosofía”, “tragedia”,
“blasfemia”, “melancolía”, “misterio”, “círculo”,
“génesis”, “crisis”, “análisis” y “diagnóstico”.
Nuestro idioma permite fácilmente
minimizar o agrandar las palabras: Cuando las queremos
hacer pequeñas recurrimos a las “ies”: ínfimo, mínimo,
cuanto no al “ico” o al “ito”.
Y cuando las queremos agrandar nos
servimos de las “oes” y las “aes”: descomunal,
faraónico, cuando no al “ote”.
Casi siempre es más contundente una
palabra corta que una larga, una cifra determinada que
el muchos, miles o millones.
En esto del manejo de las palabras, son
maestros los periodistas deportivos y los militares.
Los primeros no solo usan palabras como
gol, rebote, remate, barrera, sino disparo, fusilada,
pelea a muerte, liquidar y eliminar.
Y los segundos hablan de dar de baja,
fumigar, neutralizar y prevenir sin dejar en claro en
que consisten tales acciones, normalmente dirigidas
contra “enemigos” y “subversivos”.
Periodista colombiano
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