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En informaciones periodísticas se atribuye
al gobernador del estado haber afirmado que tanto
“querientes como malquerientes” reconocen su labor al
frente de la administración pública de la entidad. Que
bueno que así sea, para eso se le paga y se le paga
bien; tiene a su disposición todos los recursos
técnicos, humanos y financieros del gobierno estatal, y
disfruta de canonjías y privilegios de los que no goza
ningún otro veracruzano. Al margen de la connotación que
en términos de racionalidad pudieren tener los
calificativos empleados por el gobernante, debemos
darnos por bien servidos reconociendo que cumple con la
obligación y deberes propios del encargo para el que fue
electo.
No así es el caso del gabinete. El
más gris de que se tenga memoria, y en torno al cual
querientes y malquerientes coinciden en que no está a la
altura de la capacidad, ritmo e intensidad con que se
desempeña el titular del ejecutivo. Mucho menos de los
requerimientos de gobernancia propios de una entidad
federativa especialmente compleja, y de la atención que
exigen rezagos históricos en materia de justicia social.
Las expresiones peyorativas con las que el Secretario
General de Gobierno descalifica el perfil de los
delegados federales, establece el común denominador del
bajo nivel de los funcionarios de primer nivel.
En
este paradójico contexto se enmarcan las declaraciones
-hasta ahora no desmentidas oficialmente- de Octavio
Hernández Lara, Coordinador del Movimiento de apoyo a
niños trabajadores de la calle, A.C. (“Matraca”) a un
diario local, en las que se afirma que a nivel nacional
Veracruz ocupa el lugar 29 en atención a la infancia,
destacándose que actualmente existen 340,500 infantes en
total indefensión.
A lo que nosotros agregamos: si los niños
veracruzanos no están bien, no es posible ni conducente
afirmar machaconamente: “Vamos bien; Veracruz late con
fuerza”, como se destaca en los manidos slogans
de la promoción mediática de imagen de la actual
administración pública veracruzana. El estado que guarda
el bienestar de los niños es la medida, en tanto estos
son la expresión más elocuente del nivel de deterioro de
la familia veracruzana que, lejos de mejorar acusa un
constante retroceso.
En tanto la desigualdad y la
pobreza se mantengan intocables, sujeta en su
combate a paliativos demagógicos de corte electorero,
muy difícil resulta aceptar que Veracruz marcha por el
camino correcto. Pese a las buenas intenciones del
gobernante, su ir y venir por todo el estado, y su
política de cercanía con la gente, los problemas
sustantivos del desarrollo están intocados. Subsisten
los altos niveles de marginación, analfabetismo,
insalubridad, desempleo, con especial énfasis en las
comunidades indígenas remontadas en las regiones
serranas. Los integrantes del gabinete ni idea tienen de
lo que significa enfrentar las tareas del desarrollo,
porque tampoco tienen la más mínima idea de lo que en
términos técnicos y políticos representa una concepción
racional, equilibrada y sustentable de planeación del
desarrollo regional.
Lo cotidiano es la inmediatez,
acciones inconexas, palos de ciego en la coyuntura, que
se reflejan en lo contradictorio de las declaraciones de
los señores funcionarios de primer nivel a los medios de
información, cuando reciben y acatan instrucciones para
ello, sin el mínimo de iniciativa propia y congruencia
con la realidad que vive Veracruz. Baste saber que una
dependencia que no sabe diferenciar objetivos de
crecimiento económico de los que corresponden al
desarrollo en su más amplia acepción, a bombo y platillo
anuncia la creación de miles de empleos, en su mayoría
temporales, así como del otorgamiento de otro tanto de
miles de micro créditos destinados al autoempleo;
medidas que fortalecen la ocupación informal pero que no
contribuyen a resolver problemas estructurales de fondo
de una economía estancada. U otra, presuntamente llamada
a velar por los derechos de los trabajadores,
reflejando a su interior lo que ya es común en el sector
empresarial de la entidad, acepta sin más que un alto
porcentaje de su personal no percibe un salario digno
ni cuenta con derechos laborales.
Las
incongruencias que a diario se observan dejan mucho que
desear del gobierno estatal en su conjunto. Querientes y
malquerientes reconocen el esfuerzo del gobernante en
turno, pero en tanto subsista la desigualdad y la
pobreza, generadoras de niños en condición de calle ó
sujetos a explotación laboral y violencia, de ninguna
manera se puede afirmar que el 95 por ciento de la
población comulga con el desempeño de la administración
pública veracruzana.
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