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Democracias
mediáticas
Jesús Timoteo Álvarez*
Están
así los medios y quienes los saben utilizar en
condiciones de romper la esencia misma de la nueva
democracia, la capacidad individual de decisión,
falseando la primera de las premisas, a saber, la
información suficiente para que esa decisión pueda
tener lugar. |
Es
evidente a cualquiera que la política y el consumo se hacen
hoy en y para la televisión (lógico desde el momento que se
trata del terminal de una red de relaciones directas donde
no hacen falta intermediarios) pero dicha constatación es
sólo una evidencia a primer nivel. El efecto es mucho más
amplio. Vivimos un estadio político donde han cambiado los
fundamentos mismos de la democracia, a saber, la
legitimización del poder y la justificación del poder. En
los principios de una sociedad parlamentaria y democrática
enunciados por Aristóteles y consagrados por Montesquieu y
los padres del liberalismo, esta legitimización y
justificación arranca del individuo como fuente del poder y
se plasma en la elección de representantes que personifican
en consecuencia los intereses y voluntades de la mayoría y
ejercen en su nombre el poder dividido como fórmula de
control entre el gobierno, el parlamento y la justicia.
Pero ¿qué
representación y por tanto qué poder puede tener un
parlamentario o un gobierno frente a un periodista,
conductor de programas o grupo mediático que diariamente se
somete a la aquiescencia de sus seguidores y diariamente
recibe mediante la audiencia o mejor aún mediante sondeos y
encuestas, la opinión mutante de la calle y puede con ello
actualizar tales intereses y voluntades de esa mayoría?
¿Quién está más legitimado por las fuentes de poder, un
pobre ministro o un pobre juez o en cambio un conductor de
multitudes que micrófono o cámara en mano puede, sin coste
ninguno, destrozar o divinizar las decisiones de los
primeros y hacerlo en nombre de una mayoría más o menos
relativa de individuos que le siguen y aplauden? ¿Cómo se
justifica la presencia social de los agentes políticos o de
los agentes sociales y de consumo si no es a través de su
presencia mediática, de la implantación en el imaginario
colectivo de marcas, símbolos, referentes, factores
corporativos?
La
operativa del poder como Poder Diluido
La
omnipresencia de los medios en la realidad pública y en el
espacio público hace imposible una toma de decisiones que
responda a una lógica directa o a modelos consolidados. Es
imposible ejecutar decisiones por muy sagradas que se
consideren sin tener en cuenta a agentes sociales de todo
tipo interesados en el objeto mismo de tales decisiones. No
es pensable una industria que instale un parque industrial
sin tener presente la reacción de los mediambientalistas o
de las organizaciones vecinales próximas. No es imaginable
un gobierno que decida en cuestiones de importancia
siguiendo sólo una lógica pura de beneficio social o
económico y no lleve a cabo una larga preparación de la
opinión pública a través de los medios y no tenga en cuenta
y presentes los intereses y voluntades de las agrupaciones
interesadas en el mismo objeto.
La
presencia y capacidad de los medios en la línea señalada va
acompañada naturalmente del desarrollo de técnicas novísimas
de persuasión, promoción y marketing. Tales técnicas
presentadas como de última generación y definidas como
“spin” (agitar) o “basura”, están pensadas para públicos
“sordos”, imágenes, color, golpes de luz y movimiento
desarrollados para gentes que “no oyen, no escuchan, no
entienden y no les interesa”.Están así los medios y quienes
los saben utilizar en condiciones de romper la esencia misma
de la nueva democracia, la capacidad individual de decisión,
falseando la primera de las premisas, a saber, la
información suficiente para que esa decisión pueda tener
lugar.
Manda
aquel que consigue para sí los programas de noticias, porque
desde ahí arrastra a quienes toman las decisiones. No
importa ser mayoritario o minoritario. Importa tener
presencia mediática. Por eso, el derecho a estar suficiente
y objetivamente informados, el derecho al conocimiento será
el principio y la libertad prioritaria por el que la
sociedad civil tendrá que luchar en las próximas décadas.
* Catadratico de periodismo en la
Universidad Complutense de Madrid
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