Año 1 No. 7  Revista mensual   10 de Septiembre de 2007. Xalapa, Veracruz

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Camaleón
Alfredo Bielma Villanueva

Elecciones en Veracruz. El tema de hoy

 

Un asunto de actualizado interés ciudadano lo constituye, sin lugar a dudas, el resultado electoral de los comicios celebrados en nuestro Estado el 2 de septiembre para renovar el Congreso local y las autoridades de los 212 municipios en que está dividida políticamente la entidad veracruzana. En cada pueblo o ciudad el referente del comentario es la forma en cómo se resolvió la justa electoral; voces que se muestras sorprendidas y desalentadas porque no atinan a desentrañar con certeza la razón del resultado.

La extrañeza no es por cierto por el hecho de que el ganador absoluto haya sido el PRI, lo que sucede es que ya se había hecho costumbre que en la pluralidad no hubiera el consenso absoluto. Pocos recordarán que en la época de la hegemonía priísta transitaba el muy recurrente dicho de que las elecciones se organizaban para observar quien de los participantes le ganaba las elecciones al pueblo.

En este proceso electoral la confrontación de intereses políticos entre los partidos Acción Nacional y el Revolucionario Institucional se reflejó indefectiblemente en la activa participación de los gobiernos federal y estatal para favorecer a sus respectivos partidos. La obviedad de sus acciones no permite argumento en contra; no hay forma de ocultar su participación, existen huellas por todas partes. Las huracanadas rachas del viento provocado por el ciclón “Dean” dejaron al descubierto los propósitos de ambas esferas de gobierno, al aprovechar la desgracia de los menos favorecidos para hacer sentir su presencia “bienhechora” a cambio de algunos votos.

Los partidos políticos, bien se sabe, tienen como justificada explicación de su existencia la adquisición del poder y conservarlo; son, debieran ser, los conductos de la expresión ciudadana; pacíficos canales a través de los cuales la sociedad dirime sus diferencias de pensamiento y orienta las acciones del gobierno. No es en realidad así. No al menos en lo demostrado en las recientes elecciones veracruzanas, contaminadas por la indebida y desbocada participación a que ya hemos hecho referencia.

Si alguna duda subsistiera acerca de que la democracia y la prudencia de algunos de los actores no tuvieron nada que ver en este proceso electoral, lo confirma el clima de abierta confrontación protagonizada por ambos órdenes de gobierno. Lo que menos importó fue el sentir ciudadano, fácilmente rebasado por los intereses de grupo y por la desmedida codicia de obtener y conservar el poder.

Admitámoslo o no, esta ha sido una de las contiendas electorales que se presumían más reñidas pero el apabullante resultado electoral demostró todo lo contrario. Un proceso que en el trasiego de candidaturas se mostró la sospechosa actitud de candidatos y de dirigencias partidistas; poco transcurrirá para que se vayan conociendo los detalles y confirmando la venta de posiciones políticas. El procedimiento y las marrullerías de que se valieron los contendientes pudieran ser de los menos aceptables en un encuentro democrático, pero esto se desvanece cuando observamos que dentro del pragmatismo en el que vivimos lo que menos interesa es el cabal apego a las reglas del juego.

Para mejor comprender, no soslayemos el hecho de que las elecciones intermedias, como todas las de su tipo, constituyen un refrendo para el gobierno en turno. Este es un factor que influye en el ánimo de cualquier gobernante, el de Veracruz no podría ser la excepción porque se adentra a los últimos tres años, durante los cuales lo deseable es tener una cómoda ventaja en el manejo de las negociaciones políticas.

De allí la intensa movilidad del gobernador Herrera Beltrán para propiciar triunfos a su partido, que le permitan transcurrir la segunda mitad de su periodo sin los ásperos enfrentamientos de la primera etapa. La experiencia histórica demuestra que con el inicio del tercer año de un gobierno a seis, empieza la decadencia y es difícil encontrar a un político que no voltee hacia dónde se encuentra la escalera más próxima para alcanzarla y proseguir su ascenso, o al menos cuidarse las espaldas.

Así, pasada la jornada electoral, queda un amargo sentimiento ciudadano acerca del papel que en él ha jugado la sociedad, tomada como arena de las disputas políticas de las elites partidistas. Aprovechando de ella su decepción y su desgano hacia estos procesos; cansada ya de trampas y mañas electoreras que le han dejado la certeza de lo poco que su participación puede hacer para orientar el rumbo de la colectividad. Esto propicia la existencia de gobiernos ayunos de auténtica representatividad, emanados de la presión a ultranza y del indiscriminado abuso de los recursos públicos para permanecer en el poder.

El vencedor absoluto ha sido el gobernador Fidel Herrera Beltrán, quien ha rescatado a su partido de la inercia que lo arrastraba a permanecer en la oposición. El triunfo electoral es inobjetable, independientemente de los procedimientos empleados para conseguirlo, pero lleva implícita la obligatoriedad del gobierno estatal de corresponder a esa confianza con acciones de gobierno que se traduzcan en auténticos beneficios colectivos.

Nadie como el operador principal conoce que en muchos de los votos de la victoria no está plenamente expresada la genuina voluntad ciudadana, porque lo que se consigue con subterfugios no alcanza a expresar con certeza la realidad política. La euforia que suscita el triunfo, no debe impedir recordar que el refrendo conlleva el peso de una doble responsabilidad: cumplir con eficacia el mandato y demostrar que se gobierna al margen de distingos partidistas.

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