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En
la década de los treinta los domingos de elecciones
en Coatzacoalcos algunos vaqueros pasaban junto a
las urnas electorales, para lazarlas y llevárselas
arrastradas en el suelo arenoso de las calles. Yo
como chamaco me concretaba a ver esas escenas que
me parecían salidas de las películas de Tom Mix o
Tim Mccoy. No imaginaba que fueran urnas hurtadas
para restarle votos al contrincante. Era yo simple
espectador q ue después sabría que el hurto de urnas
se substituiría con las ordeñas realizadas por
expertos, a los que se les aplicó el nombre de
mapache por la costumbre de ese mamífero de jalar
con sus manitas a los pececillos que pululan en las
orillas de los riachuelos.
Para terminar con los mapaches y otras especies de
sustracción de votos y embarazo de urnas que
empañaban las elecciones, el gobierno logró la
creación del Instituto Federal Electoral, bienvenido
instrumento ciudadano como una verdadera y verde
esperanza para el logro de limpias elecciones.
El gobierno respe tó la votación lograda por Fox.
Elección resultante del repudio de la gran mayoría
ciudadana cansada de la imposición y el
autoritarismo. El mismo pueblo puso el remedio
logrando el sufragio efectivo. Se había inaugurado,
en paz, la alternancia en el poder. Y la democracia
parecía encarrilada en buen sendero. Pero (no falta
el pero) sobrevino el descarrilamiento cuando en la
elección presidencial del 2006 la calificación
resultó turbia Se acató el resultado de un tribunal
electoral sin pleno convencimiento de que hubo
legalidad legal; perdón po r
el pleonasmo. El Instituto Federal Electoral,
nuestra esperanza, quedó en entredicho. Sin embargo,
hay que reconocer que no es la institución
únicamente la que falla, también intervienen otros
factores que tienen que ver con nuestra
idiosincrasia, que enturbian a la auténtica
democracia. Factores que, de momento, no quiero
precisar, ni calificar. Faltan más hechos.
Llamando eso si la atención, el que en nuestra
realidad electoral mexicana pulule una práctica que
ojala fuera pasajera y no se vuelva vicio
representativo.de nuestra idiosincrasia: la compra y
venta del voto. Fenómeno este que no se ha querido
colocar en el nivel de la corrupción, pero que fue
evidente en las recientes elecciones veracruzanas.
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