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Un
rápido vistazo al proceso electoral en Veracruz y su
culminación el 2 de septiembre en las urnas, que de
manera destacada ocupara la atención de la clase
política, medios de comunicación, y de algunos círculos
de intelectuales, proporciona algunos elementos que
permiten concluir, en primer término, que
independientemente de los resultados obtenidos entre los
principales partidos políticos en contienda, no hubo ni
ganadores ni vencidos. El triunfo o la derrota, más que
adjudicársela a los institutos políticos debe
atribuírsele a los poderes estatal y federal que, en los
hechos, se asumieran abiertamente como beligerantes en
un proceso en el que la ley les obliga a mantenerse al
margen.
Lo
cual implica ya, consecuencias futuras con efectos en el
orden doméstico y en el ámbito político nacional.
De lo
anterior se desprende otra conclusión, quizá la más
importante y trascendente que tras los comicios deja un
amargo sabor de boca. Democracia y ciudadanía en la
llamada fiesta cívica, fueron los grandes perdedores. Ni
una ni otra tuvieron la más mínima oportunidad frente a
un instituto electoral cuestionado de inicio, en un
proceso amañado, preñado de irregularidades, salpicado
lo mismo de lodo que de un cuantioso dispendio de
recursos públicos y presumiblemente también privados.
La
realidad, reflejada en la percepción que se tiene del
proceso electoral, nos dice que la elección siendo legal
en la forma, en su esencia tuvo visos de una legitimidad
cuestionada; destacando a ojos vistas una grosera
manipulación de la voluntad popular desde las altas
esferas del poder; lo mismo que una insensible y
demagógica utilización, como mercancía política, de
condiciones de pobreza y pobreza extrema de amplios
grupos marginados.
El
sólo hecho de la existencia de controvertidas
acusaciones entre los diversos partidos en contienda
-algunas muy graves-, del reparto lo mismo clandestino
que a la luz pública, de dádivas entregadas por
servidores públicos de los tres órdenes de gobierno a
cambio de una interesada inclinación del sentido del
voto, lo confirman. No habiendo necesidad de recurrir a
argumentos manidos del retorno a viejas prácticas
fraudulentas de secuestro de la voluntad popular en las
urnas.
En la
democracia se gana por un voto, dicen quienes se
regodean de pírricos triunfos tras señalar con
desparpajo que lo que cuenta en la política son los
fines, no los medios para alcanzarlos. Sin parar mientes
en que los medios son en sí mismos los que niegan o
validan el sentido democrático del proceso electoral.
Al
ladrón, al ladrón, claman quienes se dan por robados,
sin ocultar la mano con la que en igualdad de
circunstancias y de motivaciones que sus oponentes, con
los mismos medios ensuciaran el circo comicial. Bendita
democracia que en su nombre todo se vale, hasta la
ignominia.
Si
como se afirma, en el 2000 se iniciara un proceso de
transición democrática, lo cierto es que lejos de
avanzar en la construcción de la democracia, estamos
viviendo un proceso de retroceso político que, para la
mala fortuna del país, se refleja en todos los ámbitos
de la vida cotidiana. Lo mismo en el terreno económico
que en el social, la crisis del sistema político se deja
sentir con toda intensidad. Sin percibirse cambio
alentador alguno, el deterioro y el retroceso pesan más
en el ánimo de la ciudadanía que toda la carga
específica de la demagogia y simulación oficial con que
pretende el aparato del Estado convencernos de lo
contrario. El descaro manifiesto y el cinismo grotesco
con el que se manejara la elección de diputados locales
y alcaldes en Veracruz, no se diferencia en modo alguno
de las elecciones en Oaxaca y Baja California,
confirmando la tendencia.
El
obsoleto sistema de partidos no oculta su crisis
terminal. Pero poco o nada se hace para superarla. La
iniciativa de reforma electoral que se cocina en el
Congreso de la Unión, ni apunta a un intento serio por
hacer avanzar la necesaria reforma del Estado, ni aporta
nada que enriquezca a la llamada transición democrática.
Los partidos políticos en sus negociaciones anteponen
intereses espurios a los intereses legítimos de la
Nación. Reproduciéndose el esquema mediante el cual,
secuestrando la voluntad de los mandantes, desde el seno
del Congreso de la Unión las fracciones parlamentarias,
se despachan a su antojo; recreándose los viejos vicios
que, en el discurso, dicen se proponen superar para
poner a tono al sistema político con los grandes retos,
desafíos a que se enfrenta la sociedad mexicana en el
siglo XXI.
El
gatopardismo es el común denominador. Cambiar para
seguir igual ó, lo que es peor, para retroceder. Las
consecuencias de tal incongruencia está a la vista de
todo el mundo: estancamiento y pertinaz deterioro de la
economía; pérdida de soberanía alimentaria; bancarrota
de PEMEX, IMSS, ISSSTE, Industria azucarera; decremento
del empleo, del salario y pérdida de derechos y
conquistas laborales; incremento galopante de la
pobreza, la migración, la inseguridad y la delincuencia
organizada; cuestionada gobernabilidad y como constante,
la violación de los derechos humanos básicos de
connacionales y extranjeros en territorio nacional. Todo
en el marco de una manifiesta corrupción e impunidad.
Las
causas profundas del deterioro y la insoslayable
desigualdad en el seno de la sociedad mexicana, no
pueden más que atribuirse a un sistema político caduco,
que insiste en sostenerse en partidos políticos
inconsistentes y proclives a la manipulación y el
engaño. Ha llegado la hora de una revisión a fondo y de
actuar en consecuencia. Sin embargo, esta tarea no puede
sustentarse en una clase política que legisla y actúa en
su propio beneficio, de espaldas a una ciudadanía que se
mantiene al margen.
La
reforma del Estado, que implica un nuevo pacto social
con el consenso de todos, no va hasta sus últimas
consecuencias sin la participación de la sociedad en su
conjunto. De ahí la urgente necesidad de romper el
círculo perverso, rescatando la secuestrada voluntad
popular hoy en manos de falsos representantes, haciendo
valer una sana relación entre mandantes y mandatarios
por los medios que la ley establece; partiendo de un
esfuerzo por democratizar la vida política de la Nación
desde el seno mismo de los partidos políticos. Sin este
esfuerzo, con elecciones más o menos legales y
legítimas, o sin estas, el gatopardismo seguirá dictando
las reglas del juego, invalidando el futuro de nuestros
hijos.
Bajo
esta óptica, poco o nada tenemos que celebrar. Antes al
contrario, las circunstancias y condiciones en que se
diera el proceso concluido debería ser motivo de
reflexión y de compromiso colectivo por aprender de
nuestros propios errores como sociedad. No se puede
soslayar que tras pírricos triunfos electoreros, la
democracia clama por su reivindicación.
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