Año 1 No. 7  Revista mensual   10 de Septiembre de 2007. Xalapa, Veracruz

 

 

 

 

 

 

Serpentinas

Rafael Junquera Maldonado

 Lo que el viento le hizo al Benemérito         

Eran las ocho de la mañana cuando salí para Orizaba a cumplir con mi obligación ciudadana de emitir mi sufragio. Conservo de tiempo atrás mi credencial de elector en esa ciudad, de donde soy originario. En el trayecto, de unos ciento cincuenta kilómetros aproximadamente, pasé frente a varias casillas instaladas en los poblados de Tlatetela, Ohuapan, Totutla, entre otros; recogiendo la misma imagen: escasa concurrencia. Lo atribuí a la hora del día, a la lluvia, al fresco de la mañana. Dos horas y media después llegué a la “pluviosilla”, según le llamara el insigne Rafael Delgado.

Antes de proceder a ejercer mi derecho ciudadano, desayuné en el Fooci & Jobs, en la Poniente siete, frente a la fundación Mier y Pesado. A la entrada del restaurante, por el estacionamiento se pasa ante un altar en toda forma, frente al cual las personas que me antecedían se santiguaban. Más adelante me informaron que el negocio era propiedad del más alto prelado de la iglesia católica en Veracruz, quién habiendo sido ascendido en la jerarquía eclesiástica ahora despacha en Xalapa. Lo ignoro. Pero la imagen de la virgen de la soledad  en un lugar próximo a los servicios sanitarios, nos parece confirmar  el carácter religioso de quienes administran el negocio. Es una imagen insólita, desproporcionada, con un atuendo triangular ricamente bordado y con una cabeza pequeña, ridícula.

La casilla donde sufragué, en la misma Poniente siete, a un costado de la ex poderosa organización sindical SOAICC, estaba desierta. Me dio gusto no tener que formarme y esperar. Los funcionarios y representantes partidistas estaban relajados, convivían, conversaban. En la mampara, con mis dos boletas, la de diputados y la de alcaldes, me dispuse a votar. Olí ésta última. Quería saber si la tinta estaba fresca, si la impresión era reciente. Apenas unos días atrás, Víctor Castelán había sido cambiado por Diez Francos. Apellidos del candidato emergente del PRI, quien no tuvo tiempo de hacer campaña. Así era, percibí la premura de una boleta recién impresa. Al depositarlas en las urnas noté que no habían sido muchos los que me antecedieran en este ejercicio ciudadano. El reloj  del cercano monumento a la Bandera marcaba las 13 horas, y en el aire no había el clásico aroma a mosto cervecero tan característico de otras épocas.

De regreso por la misma avenida de una ciudad  gris, húmeda por la reciente lluvia, pasé frente  al sitio donde a lo largo de muchos años se encontraba la estatua de Benito Juárez, en un pedestal, sobre una columna, y digo se encontraba porque el día 26 de agosto una extraña ráfaga de aire la derribó. Extrañamente ese mismo día la estatua desapareció. Por causa de las pasiones electorales o por otras, nadie dijo nada. No hubo nota en los periódicos, ni pronunciamientos oficiales. Pregunté entonces a un viejo que tomaba café en la terraza del Hotel Pluviosilla, casi frente al sitio donde se erigía el monumento con que se honraba al Benemérito. Su respuesta me dejó helado. “El viento la tumbó. Si se hizo pedazos ya se lo llevó el camión de la basura; si no se dañó mucho es posible que los del Monte de Piedad la hayan rescatado y sean ellos los que la vuelvan a colocar… si no es que se les ocurre sacarla a remate”. A un lado del mencionado hotel, en efecto, se encuentra una sucursal de la institución fundada por Pedro Romero de Terreros.

A lo largo de varios minutos observé el pedestal vacío que soportara la estatua del impulsor de las Leyes de Reforma. La gente transitaba frente al mismo sin darle importancia. ¡Ay mi tierra tan reaccionaria, tan extrañamente conservadora!

De regreso a Xalapa, por la tarde, en medio de intensos aguaceros que me sorprendieron en el camino, yo venía pensando en Benito Juárez, en la expresión coloquial tan popular y tan emblemática de nuestra idiosincrasia: “Le hicieron lo que el viento a Juárez”. En esta ocasión, en Orizaba, el viento pareció ser tan fuerte que dejó sin efecto la expresión.

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