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Eran las ocho de la
mañana cuando salí para Orizaba a
cumplir con mi obligación ciudadana
de emitir mi sufragio. Conservo de
tiempo atrás mi credencial de
elector en esa ciudad, de donde soy
originario. En el trayecto, de unos
ciento cincuenta kilómetros
aproximadamente, pasé frente a
varias casillas instaladas en los
poblados de Tlatetela, Ohuapan,
Totutla, entre otros; recogiendo la
misma imagen: escasa concurrencia.
Lo atribuí a la hora del día, a la
lluvia, al fresco de la mañana. Dos
horas y media después llegué a la
“pluviosilla”, según le llamara el
insigne Rafael Delgado.
Antes de proceder a
ejercer mi derecho ciudadano,
desayuné en el Fooci & Jobs,
en la Poniente siete, frente a la
fundación Mier y Pesado. A la
entrada del restaurante, por el
estacionamiento se pasa ante un
altar en toda forma, frente al cual
las personas que me antecedían se
santiguaban. Más adelante me
informaron que el negocio era
propiedad del más alto prelado de la
iglesia católica en Veracruz, quién
habiendo sido ascendido en la
jerarquía eclesiástica ahora
despacha en Xalapa. Lo ignoro. Pero
la imagen de la virgen de la
soledad en un lugar próximo a los
servicios sanitarios, nos parece
confirmar el carácter religioso de
quienes administran el negocio. Es
una imagen insólita,
desproporcionada, con un atuendo
triangular ricamente bordado y con
una cabeza pequeña, ridícula.
La casilla donde
sufragué, en la misma Poniente
siete, a un costado de la ex
poderosa organización sindical
SOAICC, estaba desierta. Me dio
gusto no tener que formarme y
esperar. Los funcionarios y
representantes partidistas estaban
relajados, convivían, conversaban.
En la mampara, con mis dos boletas,
la de diputados y la de alcaldes, me
dispuse a votar. Olí ésta última.
Quería saber si la tinta estaba
fresca, si la impresión era
reciente. Apenas unos días atrás,
Víctor Castelán había sido cambiado
por Diez Francos. Apellidos del
candidato emergente del PRI, quien
no tuvo tiempo de hacer campaña. Así
era, percibí la premura de una
boleta recién impresa. Al
depositarlas en las urnas noté que
no habían sido muchos los que me
antecedieran en este ejercicio
ciudadano. El reloj del cercano
monumento a la Bandera marcaba las
13 horas, y en el aire no había el
clásico aroma a mosto cervecero tan
característico de otras épocas.
De
regreso por la misma avenida de una
ciudad gris, húmeda por la reciente
lluvia, pasé frente al sitio donde
a lo largo de muchos años se
encontraba la estatua de Benito
Juárez, en un pedestal, sobre una
columna, y digo se encontraba porque
el día 26 de agosto una extraña
ráfaga de aire la derribó.
Extrañamente ese mismo día la
estatua desapareció. Por causa de
las pasiones electorales o por
otras, nadie dijo nada. No hubo nota
en los periódicos, ni
pronunciamientos oficiales. Pregunté
entonces a un viejo que tomaba café
en la terraza del Hotel Pluviosilla,
casi frente al sitio donde se erigía
el monumento con que se honraba al
Benemérito. Su respuesta me dejó
helado. “El viento la tumbó. Si se
hizo pedazos ya se lo llevó el
camión de la basura; si no se dañó
mucho es posible que los del Monte
de Piedad la hayan rescatado y sean
ellos los que la vuelvan a colocar…
si no es que se les ocurre sacarla a
remate”. A un lado del mencionado
hotel, en efecto, se encuentra una
sucursal de la institución fundada
por Pedro Romero de Terreros.
A lo largo de varios
minutos observé el pedestal vacío
que soportara la estatua del
impulsor de las Leyes de Reforma. La
gente transitaba frente al mismo sin
darle importancia. ¡Ay mi tierra tan
reaccionaria, tan extrañamente
conservadora!
De regreso a Xalapa,
por la tarde, en medio de intensos
aguaceros que me sorprendieron en el
camino, yo venía pensando en Benito
Juárez, en la expresión coloquial
tan popular y tan emblemática de
nuestra idiosincrasia: “Le hicieron
lo que el viento a Juárez”. En esta
ocasión, en Orizaba, el viento
pareció ser tan fuerte que dejó sin
efecto la expresión.
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