Año 1 No. 6  Revista mensual   10 de Agosto de 2007. Xalapa, Veracruz

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Mario Roberto Morales *

Comprar el sector público

El que el sector público sea comprado por el sector privado para que aquél se convierta en propiedad de éste y funcione como un negocio cualquiera, supone cambios drásticos en el planteo inicial del liberalismo, puesto que éste postulaba que las instituciones públicas son la piedra angular sobre la que descansan todos los logros de una democracia liberal. Al comprar el Estado mediante la compra de sus propiedades, el sector privado compra también la actividad política y convierte a los políticos en actores, a los electorados en consumidores de un espectáculo, y a la democracia en mero espacio de mercadeo.

Si por un lado la libertad de escoger se reduce a una siempre creciente posibilidad de elegir entre productos para consumir, por el otro, el mismo consumo está íntimamente ligado a las identidades de los consumidores, al extremo de que los expertos en mercadeo ya no definen las clases sociales por las propiedades materiales, las profesiones o el ingreso de las personas, sino por el tipo de productos que consumen. Para ellos no hay ricos ni pobres; sólo existen quienes tienen más o menos recursos para comprar el producto que interesa venderles. Si lo que interesa vender es un candidato a presidente, se contrata a un "experto en imagen pública", el cual se encarga de estudiar el mercado y entonces el producto se lanza con la debida publicidad.

Toda esta locura plantea a su vez otro problema: ¿quién va a querer mantener con su dinero a las instituciones públicas? Sin duda, los pobres no podrán hacerlo, pues el Estado ya no se encargará en lo más mínimo de ellos, y las capas medias cada día están menos capacitadas para mantener su nivel de vida y de consumo como para pensar en contribuir al funcionamiento de una esfera pública que ha sido comprada por el sector privado y que funciona como una gerencia.

Lo cierto es que el ideal del sector privado neoliberal que quiere comprar el sector público para convertirlo en espacio de mercadeo, consiste en que las ciudadanías dejen de serlo y pasen a convertirse en comunidades de consumidores debidamente marcados y clasificados según el producto que se les puede destinar para su consumo. La vida se torna así un perpetuo hecho de mercadeo, y la política en una mercancía más, con variantes y marcas diferenciadas para todos los gustos, aunque casi siempre, en lo referido a este producto, las variantes suelen ser dos versiones de lo mismo, como ocurre con la posibilidad de escoger entre leche entera y leche Light.

En este contexto, las marcas devienen el signo distintivo de las identidades de los consumidores, al extremo de que incluso el consumo de agua natural embotellada define hoy por hoy las personalidades de quienes la beben. Así, la marca tal resulta de sabor demasiado metálico para ciertos gustos, y la marca tal y cual demasiado salada o desabrida, según.

Lo curioso de todo esto es que a pesar de que los resultados desastrosos de este febril concepto de modernidad y progreso están a la vista, las elites neoliberales de los países tercermundistas siguen necias con el modelito. Y sorprende más aún que persistan con tanta terquedad en lo mismo a pesar no sólo de los desprecios que reciben de los sectores corporativos del primer mundo, que ven en ellos a menudo un obstáculo para sus planes globalizadores, sino del fracaso mundial de la doctrina del fundamentalismo de mercado, que se agudiza particularmente en América Latina, en donde los giros políticos hacia izquierdas inéditas están a la orden del día, lo cual está revitalizando los movimientos sociales por tanto tiempo vendidos a la cooperación internacional y abriendo las puertas de la historia a una era posneoliberal que valida con creces el hecho de que, como decía el poeta, "alguien tuviera que caer para que no cayera la esperanza".

* Mario Roberto Morales es escritor académico y periodista guatemalteco. Entre sus publicaciones se cuentan cinco novelas, dos libros de ensayo académico, uno de cuentos y uno de poesía. Es doctor en literatura latinoamericana por la Universidad de Pittsburgh y profesor en la Universidad de Northern Iowa. Su columna periodística “A fuego lento” se publica en el diario español “La Insignia”. En el 2007 le fue conferido el Premio Nacional de Literatura Miguel Ángel Asturias, en Guatemala.

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