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Mario Roberto Morales *
Comprar el sector público
El que el sector público sea comprado por el sector
privado para que aquél se convierta en propiedad de
éste y funcione como un negocio cualquiera, supone
cambios drásticos en el planteo inicial del
liberalismo, puesto que éste postulaba que las
instituciones públicas son la piedra angular sobre
la que descansan todos los logros de una democracia
liberal. Al comprar el Estado mediante la compra de
sus propiedades, el sector privado compra también la
actividad política y convierte a los políticos en
actores, a los electorados en consumidores de un
espectáculo, y a la democracia en mero espacio de
mercadeo.
Si por un lado la libertad de escoger se reduce a
una siempre creciente posibilidad de elegir entre
productos para consumir, por el otro, el mismo
consumo está íntimamente ligado a las identidades de
los consumidores, al extremo de que los expertos en
mercadeo ya no definen las clases sociales por las
propiedades materiales, las profesiones o el ingreso
de las personas, sino por el tipo de productos que
consumen. Para ellos no hay ricos ni pobres; sólo
existen quienes tienen más o menos recursos para
comprar el producto que interesa venderles. Si lo
que interesa vender es un candidato a presidente, se
contrata a un "experto en imagen pública", el cual
se encarga de estudiar el mercado y entonces el
producto se lanza con la debida publicidad.
Toda esta locura plantea a su vez otro problema:
¿quién va a querer mantener con su dinero a las
instituciones públicas? Sin duda, los pobres no
podrán hacerlo, pues el Estado ya no se encargará en
lo más mínimo de ellos, y las capas medias cada día
están menos capacitadas para mantener su nivel de
vida y de consumo como para pensar en contribuir al
funcionamiento de una esfera pública que ha sido
comprada por el sector privado y que funciona como
una gerencia.
Lo cierto es que el ideal del sector privado
neoliberal que quiere comprar el sector público para
convertirlo en espacio de mercadeo, consiste en que
las ciudadanías dejen de serlo y pasen a convertirse
en comunidades de consumidores debidamente marcados
y clasificados según
el producto que se les puede destinar para su
consumo. La vida se torna así un perpetuo hecho de
mercadeo, y la política en una mercancía más, con
variantes y marcas diferenciadas para todos los
gustos, aunque casi siempre, en lo referido a este
producto, las variantes suelen ser dos versiones de
lo mismo, como ocurre con la posibilidad de escoger
entre leche entera y leche Light.
En este contexto, las marcas devienen el signo
distintivo de las identidades de los consumidores,
al extremo de que incluso el consumo de agua natural
embotellada define hoy por hoy las personalidades de
quienes la beben. Así, la marca tal resulta de sabor
demasiado metálico para ciertos gustos, y la marca
tal y cual demasiado salada o desabrida, según.
Lo curioso de todo esto es que a pesar de que los
resultados desastrosos de este febril concepto de
modernidad y progreso están a la vista, las
elites neoliberales de los países tercermundistas
siguen necias con el modelito. Y sorprende más aún
que persistan con tanta terquedad en lo mismo a
pesar no sólo de los desprecios que reciben de los
sectores corporativos del primer mundo, que ven en
ellos a menudo un obstáculo para sus planes
globalizadores, sino del fracaso mundial de la
doctrina del fundamentalismo de mercado, que se
agudiza particularmente en América Latina, en donde
los giros políticos hacia izquierdas inéditas están
a la orden del día, lo cual está revitalizando los
movimientos sociales por tanto tiempo vendidos a la
cooperación internacional y abriendo las puertas de
la historia a una era posneoliberal que valida con
creces el hecho de que, como decía el poeta,
"alguien tuviera que caer para que no cayera la
esperanza".
* Mario Roberto Morales es escritor
académico y periodista guatemalteco. Entre sus
publicaciones se cuentan cinco novelas, dos libros
de ensayo académico, uno de cuentos y uno de poesía.
Es doctor en literatura latinoamericana por la
Universidad de Pittsburgh y profesor en la
Universidad de Northern Iowa. Su columna
periodística “A fuego lento” se publica en el diario
español
“La
Insignia”. En el 2007 le fue conferido el
Premio Nacional de Literatura Miguel Ángel Asturias,
en Guatemala. |