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Al margen de las
implicaciones políticas y delincuenciales del más que
confuso caso del mexicano de origen chino, Zhenli Ye
Gon, bien vale la pena detenernos en una de las tantas
aristas que configuran el escándalo mediático que ha
trascendido nuestras fronteras.
El racismo que nos fuera impuesto por el colonizador lo
tenemos a flor de piel. Bastó dudar un momento de
nuestra integridad como nación para que éste saliera a
flote. Desde el presidente de la República hasta el
hombre común, el de a pie, dejamos que afloraran
prejuicios históricos, lingüísticos, culturales e
incluso rescoldos de un nacionalismo trasnochado,
patrioterismo pedestre, como el que nos induce a poner
el honor nacional en once pares de piernas. No nos
sorprendió y afectó tanto el que Zhenli Ye Gon, presunto
delincuente de cuello blanco, hubiera puesto en jaque a
la clase política, amenazando con hacer explotar la
frágil estabilidad del país con sus declaraciones
iniciales, como el hecho de que este personaje fuera de
origen chino.
Congelados por el estupor y la indignación, cara a cara,
nos observamos en el espejo como un país premoderno,
dominado por la desconfianza, la falta de credibilidad
en las instituciones, la opacidad de los tres órdenes de
gobierno, la corrupción y la impunidad. Pero sobre todo
víctimas de un extranjero. Nuestro complejo de
inferioridad, síndrome racista y xenofóbico, nos llevó a
calificar a una indudable colusión delincuencial que nos
lastima y afecta, como “cuento chino”, haciendo mofa de
nuestra propia ignorancia con chistes de mal gusto.
Incapaces de aceptar nuestra responsabilidad y mucho
menos de encontrar una explicación racional a un
fenómeno que habla por sí mismo del nivel de
descomposición de la sociedad mexicana, optamos por el
camino fácil, el cómodo desprecio para con una raza, un
pueblo, un país cuya cultura milenaria es digna de
admiración, como motivo también de admiración es el que
siguiendo un camino diferente, contra viento y marea,
hoy se manifieste como la segunda potencia económica y
militar del mundo.
¿O es que en medio de la burbuja mediática alguien
pensó, acaso, en los miles de mexicanos de origen chino
y sus hijos ya nacidos en México, que viven en paz y con
respeto a nuestras leyes, contribuyendo con su trabajo
al progreso del país?
Diluido en el chascarrillo pedestre, lo que debería
haber sido motivo de alarma, punto de partida para hacer
un alto en el camino y enfrentarnos a nuestros propios
miedos, destapando la cloaca, terminó en un mal chiste
coreado por el propio Calderón Hinojosa, quien sin pudor
alguno ante un jefe de gobierno extranjero y en
presencia de la prensa internacional, se hizo
coparticipe de nuestros prejuicios ancestrales como
nación dependiente y sometida. El cuento, carecía de
relevancia. Lo implícito de una colusión entre el
presunto delincuente y las esferas del poder, carecía de
toda veracidad y credibilidad; no merecía preocuparnos y
ocuparnos más allá del intrínsecamente ámbito de un
asunto a dirimir en barandilla, en tanto el cuento
fuera “chino”, así este fuera foco rojo, sintomático de
un alto grado de descomposición política y del tejido
social en un país que se derrumba.
El calificado con desprecio como “cuento chino”, se
transformó en una caja de Pandora. El personaje
protagónico, mexicano por así haberlo decidido el
gobierno de México, más que una amenaza delincuencial es
hoy “Espada de Damocles”, que pende sobre cabezas
encumbradas de nuestra clase política.
Frente a ello, con el mismo desprecio con que se
minimiza el valor de una raza, las autoridades expresan
su desprecio a la inteligencia del pueblo de México, con
otro cuento, no menos surrealista, basado en medias
verdades y medias mentiras. Manipulado y controlado por
alquimistas de corte medieval, intentan con este
conciliarnos con la realidad, inventando al hombre
invisible; al que nadie ha visto, al que nadie conoce,
al que nadie escucha, al “chino” etéreo surgido de la
nada. El personaje que en una obra maestra de ciencia
ficción, ofende y lastima a la Nación, hablando de la
pestilencia de una cloaca que sólo existe en su
imaginación. Tan sólo bastó un acto mediático de
prestidigitación, para confirmar la carencia de
veracidad de cualquier implicación de orden político; de
una tragicomedia más propia de los escenarios de la
Opera China, que del surrealismo nativo de nuestra
imperfecta democracia y su deteriorado estado de
derecho.
El hombre invisible, el mismo que construyera un imperio
en México a partir del soplo de un genio salido de las
Mil y Una Noches, de facto, ya ha sido
juzgado y condenado por tráfico de estupefacientes,
lavado de dinero, contrabando, falsificación de
documentos, y mil y una lindezas más; colocándole a la
cabeza de las más peligrosas bandas de la delincuencia
organizada. Pagará con cárcel, dijera Calderón Hinojosa
dictando sentencia. En consecuencia, el gobierno se
apropia de 205 millones de dólares, o más, que, igual de
etéreos, se reparten sin mediar razón de donde vinieron,
de quién son, cómo llegaron al domicilio de Zhenli Ye
Gon, donde están, quién los tiene. Colorín colorado, el
cuento se ha acabado.
Lo que queda del mal llamado “cuento chino”, a más de la
pérdida de credibilidad en las autoridades, es el amargo
sabor de boca que nos deja nuestra falta de capacidad
para remontar el peso de prejuicios racistas guardados a
flor de piel. Los mismos que reflejan el complejo de
inferioridad no superado de un pueblo que tardíamente
aspira a la modernidad. La idiosincrasia de un pueblo
que si algo peculiar tiene, es vivir siempre del cuento;
pueblo al que le está vedado afrontar la realidad.
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