Año 1 No. 6  Revista mensual   10 de Agosto de 2007. Xalapa, Veracruz

 

 

 

 

 

 

Serpentinas

Rafael Junquera Maldonado

 A propósito de Zhenli Ye Gon             

Todo resulta sorprendente en el oriental Zhenli Ye Gon. Su rápida consolidación en el mundo empresarial, la obtención en tiempo record de la nacionalidad mexicana y la forma tan relevante como se le apreció en su nuevo status, en una ceremonia solemne que, tradicionalmente, encabeza el presidente de la República, no tiene igual y mueve a suspicacias. Tal privilegio, tratándose de un miembro de una nacionalidad tan restringida, como la china, que yo recuerde no tiene parangón en la historia de México. Esto solo se puede dar por la intervención de autoridades de un nivel muy alto.

De acuerdo a los criterios de la política migratoria de México, una de las nacionalidades con mayores limitantes de aceptación es la china. Las razones que se esgrimían, hasta antes de los años 40 del siglo pasado, eran culturales, raciales, de salud, de idiosincrasia, luego se sumó a ello lo ideológico y político, cuando la República Popular China formara parte del bloque  de países comunistas. Todo esto hacía que la aceptación formal de un asiático en nuestro país prácticamente fuera imposible. El asunto se agravó con los años, cuando nuestro suelo dejó de ser destino de esa nacionalidad para convertirse en tierra de paso para acceder a los EEUU. Nuestra colindancia con la nación vecina convirtió a nuestro país en uno de los centros de flujo migratorio más activos y difíciles del mundo.

A pesar de todo tipo de barreras, nuestro país difícilmente ha podido cumplir con su ingrato papel de valladar ante el acoso de seres humanos que buscan pasar del otro lado, pensando en hallar la tierra prometida. Los centro o sud americanos tienen su organización y mecanismos para hacerlo posible. Los mexicanos, ni se diga. Han sido los grandes artífices a través de la historia para sortear y superar barreras que les impidan su pretensión de lanzarse en pos del sueño americano.

Los chinos son cosa aparte. A pesar de fobias y rechazos, nunca han sido detenidos en su trashumancia hacia otros países. Ello explica porque están asentados en todas partes del mundo. Si bien llegaron en forma legal a los EEUU hace siglo y medio para participar en la construcción de vías férreas, no han dejado de hacerlo subrepticiamente desde entonces en pequeña pero persistente escala. Las formas empleadas son muchas e inimaginables. Las más comunes, la trata de seres humanos, y el tráfico de migrantes que son ahora jugoso negocio de organizaciones tan o más poderosas que las del narcotráfico. Durante mi permanencia como Delegado Regional de Migración en el aeropuerto de la ciudad de México, me tocó investigar y documentar una de ellas.

La red de tráfico de personas de origen chino operaba en Hong Kong, hablo de 1992, transportando nativos de la región de Guangdon a ese entonces protectorado británico. Esta red, verdadera mafia, tenía su centro de operaciones en EEUU, disfrazada como financiera de comercio exterior. En Hong Kong, a los migrantes se les otorgaba pasaporte de ese enclave gobernado por los ingleses, para posteriormente, gracias al cónsul honorario de Costa Rica, colocado ahí por la mafia, obtener visa de turistas para así ingresar al país centroamericano. Esta primera etapa, totalmente irregular, podía realizarse gracias a la corrupción de las autoridades locales y, sobre todo, del consulado honorario. Ya documentados eran transportados hacia América, llegando generalmente al aeropuerto de la ciudad de México en tránsito a Costa Rica. Lo hacían en vuelos de KLM o Lufthanza y permanecían por un par de horas en áreas restringidas, debidamente custodiadas,  esperando ser transbordados a la línea aérea que finalmente les llevaría a ese país centro americano.

En San José, Costa Rica, eran recibidos e internados al país. En adelante, las opciones para operar eran diversas. Una de ellas consistía en ser trasladados a Honduras, en donde la organización convertía a los chinos en ciudadanos de esa nación, otorgándoles el pasaporte correspondiente. Ya como hondureños, en muchos casos conseguían hacerse de visas como turistas, lo que les permitía el acceso a nuestro país. Estos “hondureños” conseguían entrar por la frontera de Talismán y ya en México avanzaban por la ruta del Pacífico o por la del Golfo, hacia los Estados Unidos. En todos estos movimientos los asiáticos viajaban asistidos por gente de la organización cuya sede central se encontraba en San Francisco, California, representando fuertes erogaciones cubiertas por la Financiera de Comercio Exterior citada.

Cuando un chino conseguía pasar la frontera, llegando finalmente a territorio americano, era protegido, aclimatado y, en poco tiempo, ubicado en un centro de trabajo de los controlados por la mafia. Para entonces, la deuda de cada inmigrante con la financiera, alma de la organización, oscilaba ya en el orden de los ochenta a cien mil dólares. Cantidad que se empezaba a cubrir a partir del primer día de trabajo, desde el primer sueldo, con lo que cada chino cumplía su sueño atado por décadas a una nueva pero no menos cruel forma de esclavitud.

Situación degradante e inhumana que indudablemente no fue el caso de Zhenli Ye Gon.

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