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Todo resulta sorprendente en el
oriental Zhenli Ye Gon. Su rápida
consolidación en el mundo
empresarial, la obtención en tiempo
record de la nacionalidad mexicana y
la forma tan relevante como se le
apreció en su nuevo status, en una
ceremonia solemne que,
tradicionalmente, encabeza el
presidente de la República, no tiene
igual y mueve a suspicacias.
Tal
privilegio, tratándose de un miembro
de una nacionalidad tan restringida,
como la china, que yo recuerde no
tiene parangón en la historia de
México. Esto solo se puede dar por
la intervención de autoridades de un
nivel muy alto.
De acuerdo a los criterios de la
política migratoria de México, una
de las nacionalidades con mayores
limitantes de aceptación es la
china. Las razones que se esgrimían,
hasta antes de los años 40 del siglo
pasado, eran culturales, raciales,
de salud, de idiosincrasia, luego se
sumó a ello lo ideológico y
político, cuando la República
Popular China formara parte del
bloque de países comunistas. Todo
esto hacía que la aceptación formal
de un asiático en nuestro país
prácticamente fuera imposible. El
asunto se agravó con los años,
cuando nuestro suelo dejó de ser
destino de esa nacionalidad para
convertirse en tierra de paso para
acceder a los EEUU. Nuestra
colindancia con la nación vecina
convirtió a nuestro país en uno de
los centros de flujo migratorio más
activos y difíciles del mundo.
A pesar de todo tipo de barreras,
nuestro país difícilmente ha podido
cumplir con su ingrato papel de
valladar ante el acoso de seres
humanos que buscan pasar del otro
lado, pensando en hallar la tierra
prometida. Los centro o sud
americanos tienen su organización y
mecanismos para hacerlo posible. Los
mexicanos, ni se diga. Han sido los
grandes artífices a través de la
historia para sortear y superar
barreras que les impidan su
pretensión de lanzarse en pos del
sueño americano.
Los chinos son cosa aparte. A pesar
de fobias y rechazos, nunca han sido
detenidos en su trashumancia hacia
otros países. Ello explica porque
están asentados en todas partes del
mundo. Si bien llegaron en forma
legal a los EEUU hace siglo y medio
para participar en la construcción
de vías férreas, no han dejado de
hacerlo subrepticiamente desde
entonces en pequeña pero persistente
escala. Las formas empleadas son
muchas e inimaginables. Las más
comunes, la trata de seres humanos,
y el tráfico de migrantes que son
ahora jugoso negocio de
organizaciones tan o más poderosas
que las del narcotráfico. Durante mi
permanencia como Delegado Regional
de Migración en el aeropuerto de la
ciudad de México, me tocó investigar
y documentar una de ellas.
La red de tráfico de personas de
origen chino operaba en Hong Kong,
hablo de 1992, transportando nativos
de la región de Guangdon a ese
entonces protectorado británico.
Esta red, verdadera mafia, tenía su
centro de operaciones en EEUU,
disfrazada como financiera de
comercio exterior. En Hong Kong, a
los migrantes se les otorgaba
pasaporte de ese enclave gobernado
por los ingleses, para
posteriormente, gracias al cónsul
honorario de Costa Rica, colocado
ahí por la mafia, obtener visa de
turistas para así ingresar al país
centroamericano. Esta primera etapa,
totalmente irregular, podía
realizarse gracias a la corrupción
de las autoridades locales y, sobre
todo, del consulado honorario. Ya
documentados eran transportados
hacia América, llegando generalmente
al aeropuerto de la ciudad de México
en tránsito a Costa Rica. Lo hacían
en vuelos de KLM o Lufthanza y
permanecían por un par de horas en
áreas restringidas, debidamente
custodiadas, esperando ser
transbordados a la línea aérea que
finalmente les llevaría a ese país
centro americano.
En San José, Costa Rica, eran
recibidos e internados al país. En
adelante, las opciones para operar
eran diversas. Una de ellas
consistía en ser trasladados a
Honduras, en donde la organización
convertía a los chinos en ciudadanos
de esa nación, otorgándoles el
pasaporte correspondiente. Ya como
hondureños, en muchos casos
conseguían hacerse de visas como
turistas, lo que les permitía el
acceso a nuestro país. Estos
“hondureños” conseguían entrar por
la frontera de Talismán y ya en
México avanzaban por la ruta del
Pacífico o por la del Golfo, hacia
los Estados Unidos. En todos estos
movimientos los asiáticos viajaban
asistidos por gente de la
organización cuya sede central se
encontraba en San Francisco,
California, representando fuertes
erogaciones cubiertas por la
Financiera de Comercio Exterior
citada.
Cuando un chino conseguía pasar la
frontera, llegando finalmente a
territorio americano, era protegido,
aclimatado y, en poco tiempo,
ubicado en un centro de trabajo de
los controlados por la mafia. Para
entonces, la deuda de cada
inmigrante con la financiera, alma
de la organización, oscilaba ya en
el orden de los ochenta a cien mil
dólares. Cantidad que se empezaba a
cubrir a partir del primer día de
trabajo, desde el primer sueldo, con
lo que cada chino cumplía su sueño
atado por décadas a una nueva pero
no menos cruel forma de esclavitud.
Situación degradante e inhumana que
indudablemente no fue el caso de
Zhenli Ye Gon.
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