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Cruzar el desierto y las montañas para llegar “a la
casa” era un ritual familiar que realizábamos tres
veces al año, cuando que era niña. El veracruzano
corazón de mi padre se llenaba de orgullo y satisfacción
en cuanto entrábamos a Totalco y, al aparecer el verde
oscuro suavizado por la neblina, todos estallábamos en
aplausos. Las curvas jugaban con nuestro entusiasmo y el
chipi-chipi ayudaba a colorear nuestra alegría poniendo
rubor en las mejillas de los rostros infantiles
achatados al contacto con las frías ventanillas del
tren, que exhalando un largo y quejumbroso quejido
finalmente nos depositaba en Xalapa. Nuevamente nos
encontrábamos en casa.
La estancia en Xalapa era insufriblemente corta, y su
mayor característica era lo inédito. La gastronomía
xalapeña enriqueció nuestra norteña mesa y aumentó el
número de conocidos. Pasado el tiempo mi estancia se
hizo permanente. Aquí crecí (no mucho, pero suficiente),
y vi crecer a la ciudad. Su risueña faz de pueblo se ha
ido poco a poco transformando, sin perder su esencia,
convirtiéndose en una ciudad diferente. A los que
vivimos aquí, que provenimos de distintos lugares: de la
entidad, del país y del extranjero, nos gustan las
costumbres y tradiciones de esta ciudad que nos arropó
con afecto y convivimos armónicamente los xalapeños que
nacen y los xalapeños que se hacen.
Los barrios de la ciudad
albergan a grupos de: académicos, estudiantes, actores,
bailarines, músicos, servidores públicos y artistas
plásticos. En esta localidad es muy frecuente que se den
y/o se tomen clases y en los intervalos se bebe (se toma
café con pan), exquisita tradición que permite a
jóvenes y viejos tratar de componer el mundo cómodamente
sentado en el café, restaurante o mesón de su
preferencia.
Hace apenas 20 años, abrió sus puertas “La Estancia” y
desde entonces se convirtió en un lugar ideal de
“encuentro”, en la mejor acepción de la palabra: “choque
de dos cosas; acto de encontrarse dos personas;
coincidencia; oposición y contradicción en el parecer de
dos personas”. La Estancia reúne el paisaje y el sabor
de la comida xalapeña y permite el arte de la
conversación; por esa razón a través del tiempo se han
ido estableciendo “las mesas”, desayunos con horario y
día establecido, integradas por diferentes grupos. Estas
mesas inician desde los martes, con los moneros, el
jueves, con los académicos, el viernes con los artistas,
y el sábado con los periodistas y “Los Viejitos”.
La mesa de “Los Viejitos” se instaura a mediados de
julio de 1987 (casi forma parte del inventario de La
Estancia), a la iniciativa del Ing. Luís Miguel Pavón
Centeno+ con Enrique Álvarez Castillo, se sumaron Rafael
Mar, Héctor Vícon, Eduardo Falve, Humberto González
Chávez, todos ingenieros y el Arq. José Manuel Porto.
Los últimos seis egresados del área técnica generación
1958-1959 de la “Prepa Juárez”. Estos jóvenes llamaban
afectuosamente al Ing. Pavón “viejito” pues les doblaba
la edad; ya era cuarentañero.
En la Mesa de los Viejitos, durante el desayuno sabatino
se hacía una evaluación del trabajo realizado en la
semana, lo que servía para modificar algunos aspectos y
escuchar las opiniones de los demás. Poco a poco a los
temas de trabajo se agregaron otros mas personales, las
conversaciones se transformaron y los integrantes de la
“mesa de los viejitos” se conocieron mejor y afianzaron
su amistad. Los temas frecuentes son: familiar, docente,
académico, problemática ambiental, cuentos y chistes;
eluden temas escabrosos y procuran no discutir de arte o
de política. Se consideran un solo grupo. Aunque no es
el “Club de Tobi” en la mesa no hay mujeres, “porque si
no, no caben”. Aunque a veces hay algunos invitados, la
mesa no crece mucho. Para admitir a un integrante, éste
debe ser invitado por uno de los “viejitos”, se le
observa durante algunas semanas y si todos están de
acuerdo habrá un “nuevo viejito”. El Ing. Oscar Lentz
Hernández es uno de éstos.
Prevalece la amistad entre ellos y aceptan que las
diferencias no son irreconciliables, el trato frecuente
los lleva a reflexionar e incluso a cambiar la
percepción de las cosas; a acoger otros puntos de vista;
a aceptar al otro. A mediados de diciembre celebran una
cena a la que acuden con “sus seres queridos”.
“Los viejitos” son muy inquietos, por lo que ahora que
están jubilados “descansarán haciendo adobes”, están
decididos a involucrarse en defensa del medio ambiente
contribuyendo a supervisar el estado de las
instalaciones (como fugas de agua), toda vez que los
mexicanos no somos muy entusiastas por el mantenimiento,
por lo que para la comunidad son invaluables sus
entrenados ojos; quieren también organizar en Xalapa
grupos de adopción a las obras de arte, desde monolitos
hasta esculturas, para que cada una tenga su propio
lugar. Dar pláticas a jóvenes, a niños, a viejos,
“porque todos los estratos sociales tenemos
responsabilidad en la transformación de Xalapa; porque
cada día el esfuerzo personal se va perdiendo y porque
nos está ahogando el consumismo”.
¡Saludo a los veinte años de La estancia y a la “Mesa de
los Viejitos”! ¡Xalapa bien vale una mesa! |