Año 1 No. 6  Revista mensual   10 de Agosto de 2007. Xalapa, Veracruz

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Coralillo

Ana Iris Nolasco

La Estancia Xalapeña
 

Cruzar el desierto y las montañas para llegar “a  la casa” era un ritual familiar que  realizábamos tres veces al año, cuando que era niña. El veracruzano corazón de mi padre se llenaba de orgullo y satisfacción en cuanto entrábamos a Totalco y, al aparecer el verde oscuro suavizado por la neblina, todos estallábamos en aplausos. Las curvas jugaban con nuestro entusiasmo y el chipi-chipi ayudaba a colorear nuestra alegría poniendo rubor en las mejillas de los rostros infantiles  achatados al contacto con las frías ventanillas del tren, que exhalando un largo y quejumbroso quejido finalmente nos depositaba en Xalapa. Nuevamente nos encontrábamos en casa.

La estancia en Xalapa era insufriblemente corta, y su mayor característica  era lo inédito. La gastronomía xalapeña enriqueció nuestra norteña mesa y aumentó el número de conocidos. Pasado el tiempo mi estancia se hizo permanente. Aquí crecí (no mucho, pero suficiente), y vi crecer a la ciudad. Su risueña faz de pueblo se ha ido poco a poco transformando, sin perder su esencia, convirtiéndose en   una ciudad diferente. A los que vivimos aquí, que provenimos de distintos lugares: de la entidad, del país y del extranjero, nos gustan las costumbres y tradiciones de esta ciudad que nos arropó con afecto y convivimos armónicamente los xalapeños que nacen y los xalapeños que se hacen.

Los barrios de la ciudad albergan a grupos de: académicos, estudiantes, actores, bailarines, músicos, servidores públicos y artistas plásticos. En esta localidad es muy frecuente que se den y/o se tomen clases y en los intervalos se bebe (se toma café con pan),  exquisita tradición que permite a jóvenes y viejos tratar de componer el mundo cómodamente sentado en el café, restaurante o mesón de su preferencia.       

Hace apenas 20 años, abrió sus puertas “La Estancia” y desde entonces se convirtió en un lugar ideal de “encuentro”, en la mejor acepción de la palabra: “choque de dos cosas; acto de encontrarse dos personas; coincidencia; oposición y contradicción en el parecer de dos personas”. La Estancia reúne el paisaje y el sabor de la comida xalapeña y permite el arte de la conversación; por esa razón a través del tiempo se han ido estableciendo “las mesas”, desayunos con horario y día establecido, integradas por diferentes grupos. Estas mesas inician desde los martes, con los moneros, el jueves, con los académicos, el viernes con los artistas, y el sábado con los periodistas y “Los Viejitos”.

La mesa de “Los Viejitos” se instaura a mediados de julio de 1987 (casi forma parte del inventario de La Estancia), a la iniciativa del Ing. Luís Miguel Pavón Centeno+ con Enrique Álvarez Castillo, se sumaron Rafael Mar, Héctor Vícon, Eduardo Falve, Humberto González Chávez, todos ingenieros y el Arq. José Manuel Porto. Los últimos seis egresados del área técnica generación 1958-1959 de la “Prepa Juárez”. Estos jóvenes llamaban afectuosamente al Ing. Pavón “viejito” pues les doblaba la edad; ya era cuarentañero.

En la Mesa de los Viejitos, durante el desayuno sabatino se hacía una evaluación del trabajo realizado en la semana, lo que servía para modificar algunos aspectos y escuchar las opiniones de los demás. Poco a poco a los temas de trabajo se agregaron otros mas personales, las conversaciones se transformaron y los integrantes de la “mesa de los viejitos” se conocieron mejor y afianzaron su amistad. Los temas frecuentes son: familiar, docente, académico, problemática ambiental, cuentos y chistes; eluden temas escabrosos y procuran no discutir de arte o de política. Se consideran un solo grupo. Aunque no es el “Club de Tobi” en la mesa no hay mujeres, “porque si no, no caben”. Aunque a veces hay algunos invitados, la mesa no crece mucho. Para admitir a un integrante, éste debe ser invitado por uno de los “viejitos”, se le observa durante algunas semanas y si todos están de acuerdo habrá un “nuevo viejito”.  El Ing. Oscar Lentz Hernández es uno de éstos.

Prevalece la amistad entre ellos y aceptan que las diferencias no son irreconciliables, el trato frecuente los lleva a reflexionar e incluso a cambiar la percepción de las cosas; a acoger otros puntos de vista; a aceptar al otro. A mediados de diciembre celebran una cena a la que acuden con “sus seres queridos”.

“Los viejitos” son muy inquietos, por lo que ahora que están jubilados “descansarán haciendo adobes”, están decididos a involucrarse en defensa del medio ambiente contribuyendo a supervisar el estado de las  instalaciones (como fugas de agua), toda vez que los mexicanos no somos muy entusiastas por el mantenimiento, por lo que para la comunidad son invaluables sus entrenados ojos; quieren también organizar  en Xalapa grupos de adopción a las obras de arte, desde monolitos hasta esculturas, para que cada una tenga su propio lugar. Dar pláticas a jóvenes, a niños, a viejos, “porque todos los estratos sociales tenemos  responsabilidad en la transformación de Xalapa; porque cada día el esfuerzo personal se va perdiendo y porque nos está ahogando el consumismo”.

¡Saludo a los veinte años de La estancia y a la “Mesa de los Viejitos”! ¡Xalapa bien vale una mesa!

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