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La
historia del hombre es un compendio de encuentros y
desencuentros, es un proceso evolutivo que en apariencia
avanza, porque la historia, dicen los expertos, avanza
con el tiempo y el tiempo es sobre todo movilidad. Así,
los procesos sociales en los que se enrolan las
civilizaciones tienden al cambio. El cambio es para
muchos la solución a la necesidad de que la historia
siga avanzando. Si la historia se estanca, para otros es
como si el tiempo se detuviera. Pero el cambio no
conviene a todos, sobre todo a aquellos que en la
inmovilidad de los procesos sociales han fincado su
realeza, la sucesión de su estirpe, la acumulación de
los bienes y el prestigio de su alcurnia, que no se
compra con dinero, con favores o con edictos, que sólo
se adquiere con el tiempo. Si bien es cierto los títulos
nobiliarios terminaron siendo un favor de sus
Majestades; llego un momento en que la clase burguesa
podía, con sus propiedades, aspirar a la nobleza por
título, más nunca por alcurnia.
Algunos nobles no fueron indiferentes a los cambios
sociales, que son la esencia de los procesos evolutivos.
Los que sí lo fueron, tuvieron que pagar las
consecuencias y hoy día, mermados en sus riquezas, viven
añorando esos años de inmovilidad.<
Sólo
un hombre que haya vivido ese proceso podría haber
escrito una novela tan magistral como El gatopardo.
Giuseppe Tomasi de Lampedusa fue un noble venido a
menos, debido a que sus antepasados no lograron
discernir las necesidades del cambio. Lampedusa peleo en
la Primera Guerra Mundial de la que escapó recorriendo a
pie la mitad de Europa. Se casó con una mujer noble que
le permitió dedicarse a lo que más placer le causaba, la
lectura de libros; llego a leer hasta en cinco idiomas.
Lampedusa gustaba de tomar café con los amigos y
escucharlos en sus pláticas. Hombre silencioso, no daba
a sospechar que guardaba un genio que sólo alcanzó a dar
una breve muestra. Entre 1954 y 1956 escribió El
gatopardo, novela que fue rechazada por el primer
editor. Pero el autor no se dio por vencido y rehizo su
novela entregándola a otro editor que la hizo correr con
la misma suerte. Lampedusa murió en el año de 1957 sin
ver publicada su obra. Fue Giorgio Bassani, un editor
italiano, quien publicó la novela. Y lo hizo no porque
haya entendido que la novela era una metáfora idealista
(de otro modo la hubiera rechazado), sino que la miró
como una mera ficción, como una serie de cuadros
monumentales que decoran las salas de los castillos
italianos. Hoy sabemos que la novela es más que eso. El
gatopardo es un símbolo de los cambios y de la actitud
que los nobles y poderosos asumen ante esos cambios. El
gatopardo, dice Vargas Llosa, es una negación de la
historia; una blasfemia, añadiría yo.
La
novela relata un momento particular de la historia de
Italia, de hecho el principio de la república italiana.
La unificación de los principados que rodeaban Roma era
necesaria para evitar que los grandes imperios siguieran
invadiendo esas tierras. Pero el problema radica en que
el movimiento unificador surge de la clase burguesa. Los
nobles contemplan, atemorizados algunos, desconcertados
otros, cómo ese movimiento adquiere el apoyo de las
clases populares.
La
novela de Lampedusa inicia con el arribo del General
Garibaldi a Sicilia en el año de 1860. El temor en
algunos se refleja en llanto y no son pocos los que
huyen auxiliados por los ingleses. Pero el príncipe
Fabrizio Salina, hombre acostumbrado a mandar siempre,
decide esperar hasta que los acontecimientos definan el
rostro verdadero de la revolución. El sabe del respeto
que el pueblo le confiere y por eso su temor es menos.
Es su sobrino preferido, el príncipe Tancredi quien le
enseña una lección que es como una sentencia y al final
un estigma que lo marca de por vida. Estando el ejército
de Garibaldi en Sicilia, los jóvenes nobles tienen que
decidir si son hechos presos por los revolucionarios o
si se unen a las tropas y pelean hombro a hombro por el
cambio. Tancredi decide lo segundo y a punto de partir
le dice a su tío la frase que llena el libro: “Si
queremos que todo siga como está, es preciso que todo
cambie”. Lampedusa no sabe que con esa frase inaugura
una filosofía que se acomoda muy bien en la clase
burguesa: el gatopardismo.
En adelante, el príncipe Salina mantiene su
jerarquía en el nuevo régimen. Tanto el pueblo como los
burgueses y militares reconocen su nobleza y la
respetan. Incluso le ofrecen una senaduría, con el
propósito de que así pueda ayudar a su pueblo. Pero éste
rechaza el ofrecimiento señalando que los sicilianos no
quieren que se les despierte. Las cosas cambian y en
apariencia siguen igual. Otros son los que ostentan el
poder, otros son los que dominan, pero los dominados
siguen siendo los mismos. El príncipe sabe que otros
llegarán a ocupar su lugar, pero no tendrán el estilo o
lo chic, a decir de Tancredi sobre su suegro, para
ostentar ese poder. Eso irrita y deprime al príncipe
Fabrizio, quien contempla al padre de Angélica, la
prometida de su sobrino, quien reconoce su intrepidez,
pero al mismo tiempo su vileza.
Es
la escena de baile la parte culminante de la novela. En
esta escena se muestra el proceso de degradación de una
sociedad que se mueve en las apariencias y el
materialismo. La nueva clase burguesa, representada por
don Calogero, no tiene la categoría que se requiere para
ostentar el mando, el hombre pedestre sólo está pensando
en el costo de las cosas. En ese mismo baile Fabrizio
Salina descubre la razón por la cual la clase noble ha
decaído. Contempla a unas jovencitas pálidas, pequeñas y
flacuchas en un salón del palacio y entiende que los
casamientos entre primos, que tienen el propósito de
mantener íntegro el patrimonio y el linaje de las
familias nobles, ha provocado una degradación antes que
un mejoramiento. Por eso no es tan malo que Tancredi, un
noble, case con Angélica, una mujer cuyo abuelo fue un
campesino borracho, siervo de los Salina. La clase
militar también irrita al príncipe, sobre todo cuando el
coronel Pallavicino cuenta la manera como tomó preso a
Garibaldi, el general que peleó por la unidad de Italia,
pero que murió por la misma razón. Contemplar esto le
hace comprender al príncipe Fabrizio, el gatopardo, que
de la vida sólo puede esperar un momento de perenne
certidumbre. El gatopardo muere, muere el príncipe, el
mundo, su mundo se acaba, tal cómo él lo había
profetizado.
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