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El
absurdo en el pensar de muchos priístas, que dan por
sentado que el 90 por ciento en los niveles de
aceptación del gobernador del estado fue determinante en
el triunfo en la elección del 2 de septiembre, deja muy
mal parado al PRI en la entidad. Y, de paso, genera una
clara inclinación a hacer del culto a la personalidad
una herramienta electoral que substituye capacidad,
eficacia y poder de convocatoria de dirigencia y
estructura, subestimando el papel de la base partidista.
Si
bien es entendible tal postura, dada la ínfima cultura
política en amplios círculos del priísmo veracruzano y
quienes les secundan en el coro, no consideramos sea
justificable en tanto el partido tricolor -¿o rojo?-, no
ha superado las condiciones que en su momento obligaran
a pensar en su reestructuración ó reinvención, por lo
que la confusión alimentada por el triunfalismo, podría
dar lugar a pensar que, partiendo del éxito obtenido en
la actual coyuntura, el partido goza de cabal salud, no
habiendo necesidad alguna de someterlo a revisión.
Con
vías al futuro, tal confusión debería ser motivo de
reflexión, so pena de incurrir en el 2009 en actitudes
de soberbia y prepotencia atribuibles, entre otras
cosas, a la oposición como causa de su derrota en los
recientes comicios. No puede restársele importancia a la
participación ciudadana ni al carácter dinámico de la
sociedad en su conjunto, dando por muerta a la oposición
electoral gracias a la voluntad y carisma de un solo
hombre, así sea el gobernante. No debiendo olvidarse que
en la casa del jabonero quien no cae, resbala. Aclarar
tal situación toca a la nueva dirigencia. El PRI en la
entidad no puede dormirse en sus laureles bajo el
influjo de las fanfarrias y la miel de un triunfo
cuestionado.
En la
confusión de la borrachera triunfalista, nadie, o casi
nadie, entre los priístas, ha tomado en cuenta al juego
de números del Instituto Electoral Veracruzano. De
acuerdo a proyecciones del INEGI, la población total de
Veracruz para el 2007, ascendería a 7 millones 110 mil
habitantes. A partir de esta cifra, para el IEV, el 70
por ciento, 5 millones 4 mil, integraron el padrón de
ciudadanos capacitados para elegir a diputados locales y
alcaldes. El 30 por ciento restante teóricamente son
personas de ambos sexos, sin derecho a voto.
De
los 5 millones 4 mil
asentados en el padrón electoral, 2 millones 764 mil
sufragaron el día 2 de septiembre. Es decir, el 55 por
ciento de los empadronados, en números redondos; de los
cuales el 44.7 por ciento, 1 millón 236 mil, votaron a
favor de la Alianza por la Fidelidad. El 55.3 por
ciento, restante de los sufragios emitidos, se repartió
entre la oposición y votos nulos. Así, a la luz de los
números fríos, el nivel de aceptación del color rojo por
parte de de la ciudadanía, en relación al total de
empadronados, alcanzó el 2 de septiembre ni más ni
menos, que el 24.7 por ciento.
Partiendo del supuesto de igual número de empadronados
que en el 2007, en el 2004 el PRI y sus pequeños
aliados, llevaron al triunfo al hoy gobernador, Fidel
Herrera Beltrán, con el 18.8 por ciento del padrón,
941,725 sufragios. Si la elección del día 2 de
septiembre de 2007, fuera referente para medir los
niveles de aceptación alcanzados por la Alianza por la
Fidelidad, tras casi tres años de brega del gobernante,
y si Pitágoras no nos deja mentir, estaríamos hablando
entonces de un incremento de apenas 6 puntos
porcentuales con relación al 2004; muy posiblemente
fruto del voto útil que abandonara a la oposición, por
las razones que fueren, para seguir las banderas de la
fidelidad.
Luego
no cabe tomar como referencia el triunfo de la
maquinaria que aparentemente tiñera de rojo a la
entidad, para medir la mayor o menor aceptación del
gobernador y la influencia de esta en el electorado. A
la luz de los números del IEV, para la mayoría de los
veracruzanos el PRI no fue su mejor opción.
Razón
por la que la dirigencia del tricolor en la entidad no
debería dejarse ganar por la euforia, perdiendo el piso
y bajando la guardia. En términos numéricos se ganó la
elección a costa del voto útil, que modificó sus
preferencias tras la actuación de Andrés Manuel López
Obrador y Felipe Calderón en el proceso post electoral
del 2006, pero prácticamente el voto duro del PRI no
creció.
Otra
cosa muy distinta, motivo de una seria reflexión con
vías al futuro cercano, es la modificación substancial
de la correlación de fuerzas políticas en la entidad,
que se expresara el 2 de septiembre. Con el número de
diputaciones y alcaldías logradas con el impactante
triunfo en las urnas, indudablemente dicha correlación
favorece al PRI y su alianza con la morralla, y con ello
al gobernador. No así al PAN, PRD y Convergencia que
prácticamente quedan fuera del juego del control
político; viéndose en la tesitura de tener que remontar
a contracorriente la cuesta en el camino al 2009. La
ausencia actual de liderazgo, estructura y espíritu de
cuerpo al interior de estos institutos políticos en la
entidad, tras la apabullante derrota, así lo indican.
Conservar y acrecentar tal ventaja es el desafío en el
camino al 2009 y al 2010 para la dirigencia que encabeza
José Yunes Zorrilla. Sin perder de vista que la
correlación de fuerzas, que hoy favorece a su partido,
es susceptible de modificarse en el tiempo y, en
política, 12 meses es mucho tiempo, pudiendo variar,
entre otras cosas, factores externos a la entidad que
contextualizan nuestra vida política doméstica. En
previsión a ello, el priísmo debe valorar fortalezas y
debilidades, aceptando que su talón de Aquiles reside en
la ausencia de vida democrática al interior del partido
y, al día de hoy, una inaceptable soberbia que más que
sumar, divide.
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