Año 1 No. 7  Revista mensual   10 de Octubre de 2007. Xalapa, Veracruz

 

 

 

 

 

 

Serpentinas

Rafael Junquera Maldonado

 Los primeros cien años de Francisco Gabilondo      

A las siete de la mañana de un seis de octubre de 1907, nació en Orizaba quien sería conocido en el mundo como “El grillito cantor”. Ese amanecer fue pesado y tortuoso no sólo por la prolongada atmósfera cargada de lluvia y de bruma, sino por un invierno que parecía prolongarse en el valle de Ahuiliazapan como el más largo de su historia. Los efectos de la brutal represión ocurrida en enero no se disipaban y seguían perturbando los pensamientos y ennegreciendo las conciencias. El luto permanecía en decenas de familias. Más de doscientos  hombres y mujeres, esclavos de las fábricas textiles de la región, habían muerto a manos de las tropas porfirístas en las proximidades de la fábrica de Río Blanco. Su delito había sido exigir condiciones laborales  más humanas y un aumento en el sueldo miserable que se les pagaba por  jornadas de doce y catorce horas de trabajo. Otros tantos, cientos de ellos, habían sido deportados a Valle Nacional.

La violencia, en apariencia, había terminado, pero su secuela no. La tropa seguía apostada y no dejaba de patrullar las calles. Las fábricas eran vigiladas y los rondines militares no cesaban. La dictadura de tres décadas del Gral. Porfirio Díaz se había dejado sentir con todo su peso en la región.

El toque de queda se prolongó por mucho tiempo y la ciudad de suyo taciturna se recogía apenas atardecía. Las calles desiertas, envueltas en su habitual neblina reafirmaban la imagen fantasmal de una ciudad muerta, muerta en vida. En muchos habitantes el temor seguía latente, pero en otros el efecto era distinto. Lo ocurrido era un parte aguas. Se conspiraba. Se hablaba de rebelión, de lucha. Circulaban en forma subrepticia panfletos y programas revolucionarios. De mano en mano, pasaba para ser devorado, el subversivo “Regeneración”, de Flores Magón. Se hablaba de anarquismo, de Bakunin, de Le Blanc, de Ferrer Guardia. Se consideraba que había llegado el momento de rebelarse al gobierno opresor.

Bajo el temor y la conspiración de esos días, en la vieja casona de la calle Nicolás Bravo, señalada con el número 3, el Grillito Cantor vería la primera luz. Doña Emilia Soler y Fernández de 19 años, habría de parir a quien sería el máximo cantor de la niñez mexicana. Estaba lejos de saberlo. Igual que su esposo, el comerciante Tiburcio Gabilondo y Goya, originario de Vergara, España. Dos meses después lo presentarían ante el Juez Civil del Cantón de Orizaba y ser bautizado. Su nombre completo sería en adelante: Francisco José Gabilondo Soler.

Ese hombre, nacido en una atmósfera de infortunio y de incertidumbre, muy joven abandonaría el terruño para hacerse marinero, boxeador, torero, matemático, astrónomo y sembrador de fantasías, pero, sobre todo,  cantor de inolvidables melodías para niños que darían la vuelta al mundo.

En 1971 me encontré con don Pancho Gabilondo, así le llamaban sus amigos, en su casa ubicada en  Coyoacan, al sur de la ciudad de México, me acompañaba Enrique Olivera. Le hablé del homenaje que se le haría a instancias mías en su tierra natal. Le expresé que tal evento tendría gran proyección por el apoyo que para tal efecto, había conseguido del magnate Emilio Azcárraga Vidaurreta. Lo noté indiferente. No pareció entusiasmarse. Nos comentó que ya vivía alejado de la música, y que su atención ya estaba en el cielo. Nos aclaró de inmediato, en prevención de que pensáramos otra cosa, que era astrónomo y que su investigación sobre la composición de ciertas estrellas había sido aceptada por la comunidad científica internacional.

Este 6 de octubre, el insólito orizabeño y uno de los personajes más  universales, cumplió apenas 100 años y digo “apenas”, porque para los niños del mundo eternamente seguirá siendo “El Grillito Cantor”. No hace mucho, en 1990, inició un viaje sin retorno a una constelación desconocida, pretendiendo comprobar la composición de múltiples cuerpos celestes, llevado siempre por la imaginación que supo contagiar a la niñez.

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