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A las siete de la
mañana de un seis de octubre de
1907, nació en Orizaba quien sería
conocido en el mundo como “El
grillito cantor”. Ese amanecer fue
pesado y tortuoso no sólo por la
prolongada atmósfera cargada de
lluvia y de bruma, sino por un
invierno que parecía prolongarse en
el valle de Ahuiliazapan como el más
largo de su historia. Los efectos de
la brutal represión ocurrida en
enero no se disipaban y seguían
perturbando los pensamientos y
ennegreciendo las conciencias. El
luto permanecía en decenas de
familias. Más de doscientos hombres
y mujeres, esclavos de las fábricas
textiles de la región, habían muerto
a manos de las tropas porfirístas en
las proximidades de la fábrica de
Río Blanco. Su delito había sido
exigir condiciones laborales más
humanas y un aumento en el sueldo
miserable que se les pagaba por
jornadas de doce y catorce horas de
trabajo. Otros tantos, cientos de
ellos, habían sido deportados a
Valle Nacional.
La violencia, en
apariencia, había terminado, pero su
secuela no. La tropa seguía apostada
y no dejaba de patrullar las calles.
Las fábricas eran vigiladas y los
rondines militares no cesaban. La
dictadura de tres décadas del Gral.
Porfirio Díaz se había dejado sentir
con todo su peso en la región.
El toque de queda se
prolongó por mucho tiempo y la
ciudad de suyo taciturna se recogía
apenas atardecía. Las calles
desiertas, envueltas en su habitual
neblina reafirmaban la imagen
fantasmal de una ciudad muerta,
muerta en vida. En muchos habitantes
el temor seguía latente, pero en
otros el efecto era distinto. Lo
ocurrido era un parte aguas. Se
conspiraba. Se hablaba de rebelión,
de lucha. Circulaban en forma
subrepticia panfletos y programas
revolucionarios. De mano en mano,
pasaba para ser devorado, el
subversivo “Regeneración”, de Flores
Magón. Se hablaba de anarquismo, de
Bakunin, de Le Blanc, de Ferrer
Guardia. Se consideraba que había
llegado el momento de rebelarse al
gobierno opresor.
Bajo
el temor y la conspiración de esos
días, en la vieja casona de la calle
Nicolás Bravo, señalada con el
número 3, el Grillito Cantor vería
la primera luz. Doña Emilia Soler y
Fernández de 19 años, habría de
parir a quien sería el máximo cantor
de la niñez mexicana. Estaba lejos
de saberlo. Igual que su esposo, el
comerciante Tiburcio Gabilondo y
Goya, originario de Vergara, España.
Dos meses después lo presentarían
ante el Juez Civil del Cantón de
Orizaba y ser bautizado. Su nombre
completo sería en adelante:
Francisco José Gabilondo Soler.
Ese hombre, nacido en
una atmósfera de infortunio y de
incertidumbre, muy joven abandonaría
el terruño para hacerse marinero,
boxeador, torero, matemático,
astrónomo y sembrador de fantasías,
pero, sobre todo, cantor de
inolvidables melodías para niños que
darían la vuelta al mundo.
En 1971 me encontré
con don Pancho Gabilondo, así le
llamaban sus amigos, en su casa
ubicada en Coyoacan, al sur de la
ciudad de México, me acompañaba
Enrique Olivera. Le hablé del
homenaje que se le haría a
instancias mías en su tierra natal.
Le expresé que tal evento tendría
gran proyección por el apoyo que
para tal efecto, había conseguido
del magnate Emilio Azcárraga
Vidaurreta. Lo noté indiferente. No
pareció entusiasmarse. Nos comentó
que ya vivía alejado de la música, y
que su atención ya estaba en el
cielo. Nos aclaró de inmediato, en
prevención de que pensáramos otra
cosa, que era astrónomo y que su
investigación sobre la composición
de ciertas estrellas había sido
aceptada por la comunidad científica
internacional.
Este 6 de octubre, el
insólito orizabeño y uno de los
personajes más universales, cumplió
apenas 100 años y digo “apenas”,
porque para los niños del mundo
eternamente seguirá siendo “El
Grillito Cantor”. No hace mucho, en
1990, inició un viaje sin retorno a
una constelación desconocida,
pretendiendo comprobar la
composición de múltiples cuerpos
celestes, llevado siempre por la
imaginación que supo contagiar a la
niñez.
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