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La
industria del entretenimiento montó uno de sus más
ambiciosos espectáculos en años. Los usufructuarios de
concesiones radioeléctricas y algunos de los más
destacados personajes de su segmento informativo
protagonizaron, el pasado 11 de septiembre, un verdadero
reality show en cadena nacional. En él, asumieron el
papel de voceros públicos del interés nacional y de
adalides de la libertad de expresión, amenazados, según
ellos, por la reforma electoral promovida por el Poder
Legislativo.
El
enfrentamiento entre la Cámara Nacional de la Industria
de la Radio y la Televisión (CIRT) y el Senado anuncia
un nuevo capítulo de la teleguerra sucia. Las lágrimas
de cocodrilo que la mediocracia ha derramado lamentando
las modificaciones a la Constitución que impiden a los
partidos políticos contratar tiempos pagados en medios,
y prohíbe a las personas públicas y privadas contratar
mensajes en radio y televisión, es el prolegómeno de un
ajuste de cuentas mucho más grande con la clase
política.
El
pleito entre conductores, concesionarios y legisladores
en cadena nacional es, por principio de cuentas, una
disputa por una parte de la renta. En los pasados
comicios, los partidos destinaron casi 70 por ciento de
los millonarios recursos que recibieron como
prerrogativas por parte del Estado para financiar sus
campañas, a la contratación de espacios en radio y
televisión.
Pero,
el pulso entre un poder fáctico y el Congreso de la
Unión va más allá de una mera cuestión monetaria. La
cruzada de los señores de los medios contra la
partidocracia es, también y simultáneamente, una
representación de la crisis y una muestra más de la
crisis de representación que vivimos.
El 11
de septiembre, frente a cámaras de televisión y
micrófonos, uno de los conductores televisivos advirtió
a los senadores que los políticos profesionales están
más desacreditados que sus empresas. La aseveración es
cierta. La clase política no disfruta de buena
reputación. Junto con la policía, se encuentra en uno de
los niveles más bajos de estima ciudadana. Los
ciudadanos no tienen confianza en sus representantes.
Esta
crisis de representación ha propiciado que los medios de
comunicación electrónicos asuman un liderazgo efectivo.
Con frecuencia han sustituido a los partidos. Una
muestra de ella se vivió con la convocatoria a la
movilización ciudadana contra la inseguridad pública el
27 de junio de 2004. Pero más allá de situaciones
excepcionales, este papel se corrobora, día a día,
cuando los conductores de radio y televisión excomulgan,
pontifican o exaltan de acuerdo a la conveniencia del
momento. No sólo informan sino que, indistintamente,
editorializan, enjuician y condenan. Se comportan, en
los hechos, como un nuevo Ministerio Público, como un
vehículo de justicia popular instantánea capaz de
canalizar la indignación de la audiencia ante los
funcionarios públicos.
Hasta
ahora, el enorme poderío mediático y cultural de las
televisoras y radiodifusoras en México parecía no tener
contrapeso. El chantaje de la ley Televisa en la marco
de la contienda electoral de 2006 fue el rubí en la
corona de esta fuerza. Una fuerza que se presenta en
sociedad como la reserva moral de la nación, como un
poder al que partidos y políticos deben rendir
pleitesía.
Más
allá de sus evidentes limitaciones y del fortalecimiento
a la partidocracia, la reforma electoral aprobada por el
Senado pone un coto real a un poder fáctico sin
contrapesos. De allí la virulencia con la que los
empresarios de la industria del entretenimiento han
enfrentado la situación adversa.
La
respuesta de la mediocracia ante la reforma electoral
parece sacada de una telenovela. Sueña con hacer de la
realidad una calca del mundo virtual. Para defender sus
intereses específicos, sus ganancias y poder, se
disfraza de representación genuina de la ciudadanía,
usurpa la voz pública, alerta contra la estatización y
habla en nombre de la libertad de expresión. Con el
pretexto de defender una reforma electoral de más largo
aliento –indudablemente necesaria– apuesta a preservar
sus privilegios.
Como
añadido, en esta ocasión, los radiodifusores comerciales
han ido aún más lejos. Envolviéndose en la bandera de la
democracia participativa han propuesto que se efectúe un
referéndum, al que pomposamente llaman de la “Libertad”.
Ellos, que aplaudieron la secrecía y la rapidez con la
que se aprobó la ley Televisa en 2006, que no
presentaron objeción alguna al albazo legislativo del
que nació la Ley del ISSSTE este año, y que ni por asomo
quieren consultar a la población sobre el aumento a la
gasolina, pretenden ahora que se le pregunte a la
ciudadanía qué piensa de esta reforma electoral. Pero,
aunque el lobo se vista de cordero, se le ve el plumero.
Tanta y tan súbita vocación democrática no es más que un
recurso para ganar tiempo y tratar de conservar la
parcela de poder que habían conquistado.
La
reforma electoral aprobada tiene grandes limitaciones.
Sin embargo, éstas no impiden reconocer que, con ella,
se revierte, en principio, la subordinación de los
partidos políticos a la lógica y los intereses de las
grandes compañías mediáticas. De allí la rabiosa
respuesta de los radiodifusores. Una reacción que nos
recuerda que, parafraseando la célebre telenovela, la
mediocracia también llora.
* Tomado de “La
Jornada”
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