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Las
fases de la luna
Sueños de una generación cambiados por un plato de lentejas
Frei Betto *
Desde
muy temprano se quedó grabado en mí el sentimiento del
mundo. Mis ojos, dilatados por la fe, pulidos por el
poshegelianismo de Marx, divisaron la pirámide social
invertida. Mi juventud se consumió en la embriaguez de la
utopía. La compartían muchos compañeros y compañeras movidos
por el ardiente deseo de morder la luna.
Épico
era nuestro sueño de remover los obstáculos de la vida que
no es vida. Singular aquella estoica dedicación, despojada
de toda ambición personal, dispuesta a reinventar el mundo.
Tuvimos la osadía de romper parámetros, lejos de moralismos
y sensibles a la muerte y a la vida dolorosa.
Luchábamos
atentos a los clamores de la Revolución de Octubre, a la
Larga Marcha de Mao que cruzaba los puentes de nuestros
corazones, a los barbudos de Sierra Maestra que arrancaban
fumaredas de nuestro aliento juvenil, a la victoria
vietnamita confirmándonos en la certeza de que
arrebataríamos el futuro. La luna sería nuestro trofeo.
Escalaríamos sus montañas y, una vez en la cima,
desplegaríamos las banderas de la socialización compulsiva.
Los
condenados de la Tierra se agrupaban bajo la tienda de
nuestros ideales y, al poco tiempo, sabríamos conducirlos a
los manantiales que destilan leche y miel…
Cayó
la noche, se oscureció la luna, y la nación, pisoteada por
las botas, abortó primicias y promesas. Cambiamos la sala de
clases por el combate, la pluma por las armas, la garganta
rumiaba convencida: “¡Venceremos!”
El
terror del Leviatán se abatió sobre nosotros, los gritos de
dolor escapaban de las mazmorras, vidas preciosas segadas en
el carrusel de las sevicias, cuerpos despedazados y
desaparecidos en los laberintos de la arbitrariedad. Aún con
todo, la luna no sangró.
Rumbo
a la aurora, dimos las manos a la multitud peregrina imbuida
de devoción democrática. En las periferias aparecía la
sonrisa, despertaba la conciencia, florecía la movilización.
Hasta brillaron los rayos fúlgidos y el resplandor de la
luna nos iluminó la esperanza.
En la
fábrica de los sueños forjamos herramientas apropiadas para
el parto del nuevo Brasil. La lucha sindical se encarnó en
proyecto partidario, la creencia pastoral se multiplicó en
células comunitarias, los movimientos sociales emergieron
como actores en el escenario dominado por las siniestras
máscaras de los que nunca conjugaron el verbo compartir.
Cuba, Nicaragua, El Salvador…, la mirada impávida del Che…,
la irreductible tozudez de Gandhi…, la sed de justicia
aplacada en las límpidas fuentes de la ética. Nunca seríamos
como ellos.
En
tiempo de lluvia el agua sube rápidamente e inunda calles,
casas, ciudades. Cegados por semejante visión, no advertimos
el lento e indetenible soplo del viento. La arena
putrefacta, amontonada en el umbral de la puerta, día tras
día subía un palmo más. Ascendimos escalones investidos de
mandato popular, fuimos entronizados en la cocina de
Maquiavelo, había llegado la hora de quien tanto esperó que
sucediera. Intrépidos, algunos de nosotros decidieron
cabalgar desafiantes, convencidos de que el camino más corto
entre sueño y realidad pasa por el mágico sonido de las
monedas.
¿Por
qué no aventurarse por las mismas sendas recorridas por el
enemigo, ya que él se perpetúa con tanta fuerza? ¿Cuál es el
secreto de los cabellos de Sansón? Los pobres cayeron en el
olvido, la seducción del poder hizo que la luna ardiera en
llamas. Ícaros impenitentes, no se dieron cuenta de que las
alas eran de barro.
La
voracidad vació proyectos, la gula ambiciosa devoró
quimeras. El pragmatismo aceleró la epifanía de los avatares
del poder. La connivencia unió a oponentes históricos, los
adversarios se confabularon y los aliados fueron
defenestrados en esa masa informe que, desprovista de ética,
consolida el Leviatán.
Incluso así, hay quien, bajo la luna apagada, no teme
perseguir puntos de luz en la oscuridad. Por alguna parte se
mueve la linterna de Diógenes. Es triste, sin embargo, ver a
antiguos compañeros en condición de reos de tramoyas
electoreras y financieras.
Hoy la historia, violada por el neoliberalismo, está preñada
de mediocres. La utopía escurre por la rejilla del
alcantarillado. La luna está en menguante, la estrella ya no
refulge.
Me
duele tanto desacierto. Los sueños de una generación
cambiados por un plato de lentejas. Sigo esperando la luna
nueva.
*Escritor brasileño, autor de “La mosca azul. Reflexión
sobre el poder”, entre otros libros.
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