Año 1 No. 9  Revista mensual   10 de Noviembre de 2007. Xalapa, Veracruz

 

 

 

 

 

 

Serpentinas

Rafael Junquera Maldonado

 

Nuestro eterno e incurable mal

 

La podredumbre de arriba lo ha contaminado todo, descendente o lateralmente. Todas las estructuras sociales han sido perneadas por la corrupción. El mal se ha entronizado  de tal manera en nuestra sociedad que ya forma parte de nuestra conducta como algo natural.

Todo mundo  ve al sector público como sinónimo de negocios. La culpa la han tenido aquellos políticos que al aprovecharse de los recursos de la Nación han convertido al gobierno en fábrica de millonarios. Las concesiones, el peculado, las canonjías, prestamos sin intereses, el contratismo, la participación en venta de bienes públicos, permisos de importación, proveedurías y todo tipo de prebendas son, entre otras, las grandes fuentes de enriquecimiento.

Esta situación no debería sorprendernos. La corrupción en nuestro país se remonta a nuestro pasado colonial. Cada visitador enviado por el rey de España para realizar una especie de auditoría, se retiraba horrorizado de todas las anomalías que registraba. Entonces estaban de moda las expresiones que justificaban las raterías e inmoralidades. “Obedézcase, pero no se cumpla”, o “cualquier acto es válido siempre que no sea pecaminoso”. Bajo estas licencias, cabildos, corregidores y alcaldes mayores en la colonia, se dedicaron a hacer de las suyas, lo mismo que obispos, curas superiores de orden. En el Archivo de Indias se han encontrado informes que nos hablan de que la Nueva España fue la colonia más corrupta del reino español.

Y ello no sólo en el orden civil, pues en el siglo XVII, los integrantes del llamado Santo Oficio, fueron acusados de adicción a bebidas embriagantes, a los juegos de naipes y a los desenfrenos sexuales. Las acusaciones de hechicería, herejía y judaísmo, en su mayoría. Sólo tenían por objeto el cobro de venganzas y el despojo del patrimonio del infeliz que caía en sus manos. (Léase “La Puta de Babilonia”, de Fernando vallejo).

A nivel mundial se ubica a México como una de las naciones más corruptas del planeta. Tanto se nos ha dicho que ya no protestamos, ni parece incomodarnos. Lo de Marta Sahagún, los Bibriesca y los Fox, solo son cuentas del enorme rosario de depredación nacional e impunidad que se ha dado a lo largo de nuestra historia.

Historia que no termina, que se repite sexenio a sexenio. Ahora mismo nuestro país se debate en la inmoralidad y la podredumbre, pero ya estamos tan acostumbrados que nuestras vidas discurren como si nada. El cinismo es parte de nuestra cultura. La corrupción, por comisión o por omisión, la llevamos impresa en la piel.

Las expresiones peyorativas que caracterizan a esta verdadera tragedia nacional, lejos de molestarnos, las repetimos con gusto, con un  sentido del humor casi placentero: chingar, joder, avanzar, embuchacar, cubrir, empapar, mochar, morder, ir a medias, a michas, estirar la mano, sacar raja, agarrar hueso, el que no tranza no avanza, bañarse, chayotearse, pedir para las aguas, no darse por mal servido, una mano lava a la otra, etcétera, etc., ó como dicen ahora los tecnócratas, secret service Money. Palabrejas y expresiones de nuestra comunicación cotidiana. No nos inquietan, ni nos perturban. Son parte de la naturaleza de los habitantes de una Nación sustentada en la simulación, la mentira, la corrupción y la impunidad. Parte profunda de nuestro ser nacional, al que parece no deseamos renunciar.

[email protected]

Don Julián –hombre de más de 60 años- es viudo desde hace tiempo y guarda el recuerdo de su esposa con una abstinencia total. Pero la juventud de Marcelia, su secretaria –voluptuosa, seductora-, lo atormentan al grado de poner en riesgo su reputación al ceder al placer del erotismo. En un idilio voraz, Marcelia descubre un pasado lúgubre y sangriento que Julián oculta, y un presente impregnado de hipocresía en el que los intereses de un régimen de derecha y los principios morales de la Iglesia caen evidenciados por su propio peso.

Rafael Junquera nos entrega, en este su octavo libro, una novela donde mezcla hábilmente los tormentos del deseo, el discurso de la doble moral y la malversación de recursos públicos en manos de individuos de ética cuestionable. No sería sorprendente que alguien encontrara incómoda esta transparencia con la que Junquera opta por denunciar la realidad del México actual.

Don Julián echa su gato a retozar es una interesante radiografía satírica en la que el narrador decide dejar a los personajes la tarea de delatar ellos mismos sus errores y absurdos (siempre en deleite del lector, el verdadero juez), y evidenciar una parte de nuestra historia contemporánea.

Rafael Junquera Maldonado originario de Orizaba, Veracruz, ha escrito Lecumberri (1968), ¿Por qué insistir en Mr. White? (1971), La Reforma Política (1977), ¿Qué harás esta noche, Lambrija? (1992), El recinto de Animalia (1997), La eterna noche de Brumalia (2000) y Mañana también es pasado (2003).

 Editorial Nueva Imagen

    Portada

Hosted by www.Geocities.ws

1