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La podredumbre de
arriba lo ha contaminado todo,
descendente o lateralmente. Todas
las estructuras sociales han sido
perneadas por la corrupción. El mal
se ha entronizado de tal manera en
nuestra sociedad que ya forma parte
de nuestra conducta como algo
natural.
Todo
mundo ve al sector público como
sinónimo de negocios.
La culpa la han tenido aquellos
políticos que al aprovecharse de los
recursos de la Nación han convertido
al gobierno en fábrica de
millonarios. Las concesiones, el
peculado,
las canonjías, prestamos sin
intereses, el contratismo, la
participación en venta de bienes
públicos, permisos de importación,
proveedurías y todo tipo de
prebendas son, entre otras, las
grandes fuentes de enriquecimiento.
Esta situación no
debería sorprendernos. La corrupción
en nuestro país se remonta a nuestro
pasado colonial. Cada visitador
enviado por el rey de España para
realizar una especie de auditoría,
se retiraba horrorizado de todas las
anomalías que registraba. Entonces
estaban de moda las expresiones que
justificaban las raterías e
inmoralidades. “Obedézcase, pero
no se cumpla”, o “cualquier
acto es válido siempre que no sea
pecaminoso”. Bajo estas
licencias, cabildos, corregidores y
alcaldes mayores en la colonia, se
dedicaron a hacer de las suyas, lo
mismo que obispos, curas superiores
de orden. En el Archivo de Indias se
han encontrado informes que nos
hablan de que la Nueva España fue la
colonia más corrupta del reino
español.
Y ello no sólo en el
orden civil, pues en el siglo XVII,
los integrantes del llamado Santo
Oficio, fueron acusados de adicción
a bebidas embriagantes, a los juegos
de naipes y a los desenfrenos
sexuales. Las acusaciones de
hechicería, herejía y judaísmo, en
su mayoría. Sólo tenían por objeto
el cobro de venganzas y el despojo
del patrimonio del infeliz que caía
en sus manos. (Léase “La Puta de
Babilonia”, de Fernando
vallejo).
A
nivel mundial se ubica a México como
una de las naciones más corruptas
del planeta. Tanto se nos ha dicho
que ya no protestamos, ni parece
incomodarnos. Lo de Marta Sahagún,
los Bibriesca y los Fox, solo son
cuentas del enorme rosario de
depredación nacional e impunidad que
se ha dado a lo largo de nuestra
historia.
Historia que no
termina, que se repite sexenio a
sexenio. Ahora mismo nuestro país se
debate en la inmoralidad y la
podredumbre, pero ya estamos tan
acostumbrados que nuestras vidas
discurren como si nada. El cinismo
es parte de nuestra cultura. La
corrupción, por comisión o por
omisión, la llevamos impresa en la
piel.
Las expresiones
peyorativas que caracterizan a esta
verdadera tragedia nacional, lejos
de molestarnos, las repetimos con
gusto, con un sentido del humor
casi placentero: chingar, joder,
avanzar, embuchacar, cubrir,
empapar, mochar, morder, ir a
medias, a michas, estirar la mano,
sacar raja, agarrar hueso, el que no
tranza no avanza, bañarse,
chayotearse, pedir para las aguas,
no darse por mal servido, una mano
lava a la otra, etcétera, etc., ó
como dicen ahora los tecnócratas,
secret service Money. Palabrejas y
expresiones de nuestra comunicación
cotidiana. No nos inquietan, ni nos
perturban. Son parte de la
naturaleza de los habitantes de una
Nación sustentada en la simulación,
la mentira, la corrupción y la
impunidad. Parte profunda de nuestro
ser nacional, al que parece no
deseamos renunciar.
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