Año 1 No. 9  Revista mensual   10 de Noviembre de 2007. Xalapa, Veracruz

A manera de Editorial
 

 

A manera de editorial

 

Mal augurio. Al circo le crecieron los enanos. Conforme pasan los días y el mal tiempo hace mella en las otrora tranquilas Costas del golfo de México,  a la preocupación sobre lo que podría depararnos el futuro como resultado del calentamiento global y el cambio climático, se suma la incertidumbre en torno a la mermada capacidad del gobierno para prevenir y hacer frente a los recurrentes fenómenos meteorológicos, que ya afectan a más de un millón de habitantes.

Si en su momento bastara con paliativos orientados al auxilio de los menos favorecidos que resultaran afectados, como el reparto de despensas, láminas de cartón, cobertores y exiguas cantidades en metálico para resarcir pérdidas de cultivos y animales de crianza, la magnitud de los daños hace de esta medida insuficiente. Tabasco y Chiapas son apenas un botón de muestra.

En Veracruz, pese a los seguros contra desastres y el auxilio, muchas de las veces inoportuno y por tanto ineficaz, del FONDEN, es tal la necesidad que los recursos de por sí escasos con que cuentan los tres órdenes de gobierno, prácticamente ya no alcanzan para resarcir los daños. Sean estos de infraestructura, vivienda, enseres domésticos, o los correspondientes a la agricultura, la ganadería, la pesca, el comercio o la pequeña y mediana industria.

Tampoco ya es suficiente con minimizar mediáticamente la magnitud del desastre, priorizando cortinas de humo, para focalizar palos de ciego como respuesta gubernamental a los efectos de los meteoros. Los daños acusados en extensión y alcance no se pueden tapar con un dedo. Las exigencias de auxilio rebasan la capacidad del gobierno estatal para mantenerlas ocultas. Las necesidades de las miles de familias afectadas, ya no es posible acallarlas con discursos triunfalistas ni con promesas que no serán cumplidas. La población exige congruencia entre lo que se dice y lo que se hace. El teatro montado por la fidelidad se derrumba. Si algo late con fuerza en Veracruz es la recurrencia de una tragedia que se repite año con año. La fuerza de los elementos, una geografía que nos resulta adversa, la presencia de una deteriorada red de ductos de PEMEX, la carencia de estrategias de largo aliento, y la también recurrente corrupción en todos los niveles, superan toda previsión de corto plazo.

El momento de enfrentar la verdad está a la puerta. La terca realidad así lo exige. O se acepta que nuestras debilidades son mayores que nuestras fortalezas para enfrentar el cambio climático y sus consecuencias,  replanteándonos objetivos y prioridades con visión de mediano y largo plazo, o nos dejamos arrastrar por la inmediatez y la irracionalidad, en nombre de una falsa estabilidad política, económica y social. O lo que es peor, en nombre de un poder político temporal que es nada frente a los embates de la naturaleza. No hay de otra. O corregimos rumbo, ó mantenemos el camino de un  triunfalismo indiferente, que nos ofrece crecimiento económico pero que niega calidad de vida a varios millones de veracruzanos.

Si algo debe motivarnos, es la honestidad intelectual para aceptar nuestra pequeñez frente a una naturaleza que enfrentamos desafiantes, antes que entenderla, aceptarla y aprender a convivir con ella. Miles de familias veracruzanas lo están comprendiendo, sufriéndolo en carne propia. Las autoridades no pueden quedarse atrás.

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