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“Yo escribo para que mis amigos me quieran” le declaró
Gabriel García Márquez a Emmanuel Carballo, en una
entrevista para la revista Cultura de México que
se hizo famosa como real esta frase tantas veces
repetida.
Y vaya si lo quieren: En un episodio no escrito del amor
en los tiempos de la alegría, los principales líderes
del mundo han congestionado su línea telefónica del
Pedregal de San Ángel, en México D. F. para felicitar al
único colombiano inmortal con motivo de sus 80 años de
vida, los 60 de la aparición de su primer cuento “La
Tercera Resignación”, los 45 años de “Cien Años
de Soledad” y los 25 del Premio Nóbel.
Dos
de los dos mas grandes protagonistas de la historia: S.M.
el Rey Juan Carlos y Bill Clinton se reunieron para
homenajearlo en Cartagena, conjuntamente con miles de
escritores, periodistas, académicos, Jefes de Estado…
los que no pudieron hacerse presentes le escribieron:
Mas de cien dirigentes de todo el mundo.
Todos
ellos, al igual que todos los escritores y periodistas
de todos los idiomas, han sido influenciados por su
arrolladora humanidad. Ya se acercan a los 50 millones
el número de ejemplares vendidos todo los el mundo de su
obra maestra. García Márquez ha puesto al servicio de la
humanidad toda su bondad y sed de paz desde que la vida
le brindó la oportunidad de ser grande entre los
grandes.
He
aquí un pequeño testimonio desde mi pequeñez a su
grandeza:
Cuando
apenas terminaba los estudios de educación primaria
compré por primera vez en mi vida un periódico: Era el
ejemplar de El Espectador que publicaba por
entregas “El Relato de un Náufrago” y lo hice por
la curiosidad al ver a la gente agolpándose en las
calles para comprarlo. Esa obra me marcó de por vida
pues soñé desde ese momento “escribir algún día en ese
periódico y llegar a ser un escritor como el.”
Conseguí el primer objetivo: me hice como periodista en
El Espectador pero ya García Márquez
no trabajaba allí, se encontraba en Europa conociendo la
nieve, y años después cuando regresó a Bogotá como
corresponsal de Prensa Latina, en esa Bogotá de entonces
donde todos los periodistas vivíamos en manada, apenas
mi timidez me permitía cruzar un respetuoso saludo con
la persona que mas he admirado.
Pero así como me inició en el periodismo, me frustró
como escritor:
Cuando leí de un solo golpe “Cien Años de Soledad”
comprendí que no tenía ni la capacidad ni la
disciplina para escribir durante ocho horas diarias
todos los días de la semana una misma cuartilla y lograr
tal perfección.
Unos años después, cuando ya era “el Nóbel” como le
dicen los conductores de taxi de su tierra, en un acto
de lanzamiento del Premio Nacional de Periodismo del
Círculo de Periodistas de Bogotá, lo encontré y salude
con la misma admiración de siempre. Iba acompañado por
mi hija Jenny, entonces una adolescente de 13 años que
ya había leído todo lo que de el se había publicado, y
quien al encontrarse frente el escritor de su vida
rompió a llorar.
García Márquez la abrazó y la recostó en sus hombros
murmurándole frases de ternura como si fuera su hija.
No hubo autógrafos ni petición de dedicatoria de alguno
de sus libros.
García Márquez quedo esculpido en su corazón.
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