Año 1 No. 0  Revista mensual   10 de marzo de 2007. Xalapa, Veracruz

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Primer viernes de marzo

    Roberto Williams García 

Hace más de sesenta años he visto que muchos hogares jalapeños se protegen con un ramo de pencas de sábila atadas con listón rojo y ajos entreverados que cuelgan en el interior, en la parte alta de la entrada, mientras que en comercios, como “La Sopa”, cuelgan collares de ajos. Son protecciones que se colocan el primer viernes de marzo con vigencia para todo el año.

El primer viernes de marzo es un día aciago en el cual pueden suceder algunas desgracias personales atribuidas a  fuerzas  desconocidas… La creencia en torno a dicho día  se  ha registrado en la literatura. Tlacotalpan es el escenario donde un cuentista   pone    en boca de un  lugareño: “¡Jué pucha!  No demoran  en desatarse loj demonioj,  porque ejtamos en su día, mejor dicho, en su noche... ¡Primer viernes de marzo!  El diablo se suelta  como toro   enyerbao y  también  loj chaneque y loj  ‘herbolarioj’”. Esto se lee en el relato Aquella  noche de marzo, de Humberto Celis Ochoa Jr., incluido en el libro Papaloapan, Cuentos del   llano y del río, Editiv, Jalapa, l950.

En el cuento se menciona a  un  jinete que a Tlacotalpan llegó de no se sabe dónde, bien vestido  como mestizo, muy  capaz en todos los trabajos, tanto que se lo disputaban  los patrones. Se llamaba José Luís... Esa noche de marzo, mandinga sopló el ánima de José Luís. Créese que este espíritu del mal ensillóle  el caballo y lo condujo  a la casa de don  Gonzalo de Landa, donde raptó a Rocío y la llevó a su cayuco  por  el camino de Paso Real. Muy cerca bogaba  otro  bongo, el de  don Gonzalo, el padre, quien con tres balas liquidó José Luís, y éste hundió su faca en el pecho de Rocío. El río se tragó los cuerpos… Eso sucedió la noche de un primer viernes de marzo.

Al margen de la literatura, tengo testimonios personales, reales, que no tienen matiz de tragedia, sino que encierran la creencia de que el primer viernes de marzo es un día especial. Me platicó una jalapeña, doctora en medicina, que su mamá le decía: “Por algo naciste el primer viernes de marzo. ¡Mira… Me haces enojar... Eres como bruja..!” Ese día tenía una connotación especial para ella, mágica, de alguien que podía tener un carácter muy fuerte y finalmente hacer lo que quería hacer, aunque los demás no quisieran. Por eso decía que mi carácter era diferente al de ella y al de mi padre. Quizás se parece más al de mi padre.

Yo recuerdo que cuando tenía once años; bueno, desde antes, nueve o diez, jugaba mucho con los niños de mi calle y mi hermano. Jugábamos beisbol. Yo no jugaba con las niñas y me aburría jugar con las muñecas. Me gustaba jugar beisbol o a los encantados. La mayoría eran niños, y las poquitas niñas que había querían jugar a las muñecas y a mí no me gustaban la comidita y cosas así.

Cuando empecé a crecer, yo seguía jugando beis; los pechos ya se me veían en la camiseta, este… más allá de lo de una niña, ¿no..? Mi madre ya no quería que yo saliera a jugar con short…

Los niños ya no te veían igual. Yo seguía jugando…

-¿Ya ves..? Por eso yo no quería que nacieras el primer viernes de marzo. Me deberías de hacer caso. ¡Si no fueras así..!

Ella pensaba que eso tenía que ver con arrojo, con atrevimiento, con retar a las costumbres.

Bajo ese tipo de tenor, ella decía que el primer viernes de marzo y la luna llena habían hecho que yo fuera de esa manera, que fuera tan diferente a ella.

 Eso me contó la informante en el mirador de Eyipantla una noche de luna llena, un primer viernes de marzo, después de haberle explicado que Eyipantla significa ‘tres cortinas’.

-Ahhh… ¡Tres..! ¡Qué coincidencia! Yo nací un primer viernes de marzo, en día tres… Y era luna llena, como hoy.

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