|
Primer viernes de marzo

Roberto Williams García
Hace más de sesenta años he visto que
muchos hogares jalapeños se protegen con un ramo de pencas
de sábila atadas con listón rojo y ajos entreverados que
cuelgan en el interior, en la parte alta de la entrada,
mientras que en comercios, como “La Sopa”, cuelgan collares
de ajos. Son protecciones que se colocan el primer viernes
de marzo con vigencia para todo el año.
El primer viernes de marzo es un día
aciago en el cual pueden suceder algunas desgracias
personales atribuidas a fuerzas desconocidas… La creencia
en torno a dicho día se ha registrado en la literatura.
Tlacotalpan es el escenario donde un cuentista pone en
boca de un lugareño: “¡Jué pucha! No demoran en desatarse
loj demonioj, porque ejtamos en su día, mejor dicho, en su
noche... ¡Primer viernes de marzo! El diablo se suelta
como toro enyerbao y también loj chaneque y loj ‘herbolarioj’”.
Esto se lee en el relato Aquella noche de marzo, de
Humberto Celis Ochoa Jr., incluido en el libro
Papaloapan, Cuentos del llano y del río, Editiv,
Jalapa, l950.
En el cuento se menciona a un jinete que
a Tlacotalpan llegó de no se sabe dónde, bien vestido como
mestizo, muy capaz en todos los trabajos, tanto que se lo
disputaban los patrones. Se llamaba José Luís... Esa noche
de marzo, mandinga sopló el ánima de José Luís. Créese que
este espíritu del mal ensillóle el caballo y lo condujo a
la casa de don Gonzalo de Landa, donde raptó a Rocío y la
llevó a su cayuco por el camino de Paso Real. Muy cerca
bogaba otro bongo, el de don Gonzalo, el padre, quien con
tres balas liquidó José Luís, y éste hundió su faca en el
pecho de Rocío. El río se tragó los cuerpos… Eso sucedió la
noche de un primer viernes de marzo.
Al margen de la literatura, tengo
testimonios personales, reales, que no tienen matiz de
tragedia, sino que encierran la creencia de que el primer
viernes de marzo es un día especial. Me platicó una
jalapeña, doctora en medicina, que su mamá le decía: “Por
algo naciste el primer viernes de marzo. ¡Mira… Me haces
enojar... Eres como bruja..!” Ese día tenía una connotación
especial para ella, mágica, de alguien que podía tener un
carácter muy fuerte y finalmente hacer lo que quería hacer,
aunque los demás no quisieran. Por eso decía que mi carácter
era diferente al de ella y al de mi padre. Quizás se parece
más al de mi padre.
Yo recuerdo que cuando tenía once años;
bueno, desde antes, nueve o diez, jugaba mucho con los niños
de mi calle y mi hermano. Jugábamos beisbol. Yo no jugaba
con las niñas y me aburría jugar con las muñecas. Me gustaba
jugar beisbol o a los encantados. La mayoría eran niños, y
las poquitas niñas que había querían jugar a las muñecas y a
mí no me gustaban la comidita y cosas así.
Cuando empecé a crecer, yo seguía jugando
beis; los pechos ya se me veían en la camiseta, este… más
allá de lo de una niña, ¿no..? Mi madre ya no quería que yo
saliera a jugar con short…
Los niños ya no te veían igual. Yo seguía
jugando…
-¿Ya ves..? Por eso yo no quería que
nacieras el primer viernes de marzo. Me deberías de hacer
caso. ¡Si no fueras así..!
Ella pensaba que eso tenía que ver con
arrojo, con atrevimiento, con retar a las costumbres.
Bajo ese tipo de tenor, ella decía que el
primer viernes de marzo y la luna llena habían hecho que yo
fuera de esa manera, que fuera tan diferente a ella.
Eso me contó la informante en el mirador
de Eyipantla una noche de luna llena, un primer viernes de
marzo, después de haberle explicado que Eyipantla significa
‘tres cortinas’.
-Ahhh… ¡Tres..! ¡Qué coincidencia! Yo nací
un primer viernes de marzo, en día tres… Y era luna llena,
como hoy. |