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EL CONTROVERTIDO FINANCIAMIENTO DE LOS PARTIDOS
Ángel Lara Platas
Nadie
duda que el dinero sea imprescindible para hacer
política, particularmente si se trata del financiamiento
a organizaciones o partidos políticos. El problema es
que a partir que les otorgan recursos estatales, con la
idea de convertirlos en entidades autónomas, provistas
de personalidad jurídica, y con funciones para que gente
de la sociedad encuentre las facilidades en el camino
hacia el poder; se inicia un progresivo encarecimiento
de las campañas electorales, inscritas en un contexto en
el cual la mercadotecnia y su parafernalia hacen que los
gastos crezcan de manera exponencial, y
coincidentemente, los partidos sufren una modificación
en su dinámica activista, que los lleva a convertirse en
aparatos burocráticos como cualquier oficina
gubernamental.
Esta situación en lugar de impulsar el
fortalecimiento de los partidos, con el objetivo de
erigirse en representaciones de los intereses políticos
de los ciudadanos, han incurrido en la inevitable
pérdida de contacto con su militancia y sus
simpatizantes. Además que los partidos mayoritarios, por
contar con mayores prerrogativas, desarrollan las
habilidades necesarias para mantener su preeminencia.
Pero el desmesurado crecimiento de los
aparatos partidarios, y la necesidad de mantenerlos en
función permanente, significaron una abultada nómina.
Este fenómeno, agregado a campañas electorales
crecientemente costosas, colocó a los partidos ante la
disyuntiva de tener que recaudar grandes sumas sin
indagar profundamente en torno al origen de esos
dineros. De esta manera se abrió el hueco para el
financiamiento ilegal, el predominio de fuertes grupos
económicos, el tráfico de influencias y el flagelo de
las contribuciones de origen oscuro.
Lo delicado del asunto, no es que los
partidos cuenten con el suficiente dinero para costear
sus actividades sin preocupar su origen. El problema es
que nadie da nada sin recibir algo a cambio, y en una
relación en estas condiciones, queda establecido como un
fuerte compromiso del cual habría que pagar
posteriormente costosas facturas, que contravienen la
transparencia y condicionan las decisiones de los
funcionarios.
Pero el asunto no para ahí. Aprovechando
la coyuntura de los insuficientes recursos oficiales,
quienes también se apuntan para participar en los gastos
de las campañas electorales son las empresas y los
empresarios, con la inocultable intención que esos
apoyos se traduzcan en contratos o concesiones. El más
cercano ejemplo lo vivió México con Vicente Fox. Un año
antes de que fuera nominado como candidato a la
Presidencia, en el Centro Carter de Atlanta, Georgia,
fundado por el expresidente James Carter, se celebró un
foro sobre el tema de "Transparencia y Crecimiento en
América", en cuyo patrocinio participó la Coca Cola. La
crónica del evento recoge que entre los altos
funcionarios de la transnacional ahí presentes, se
comentó que la empresa tenía oportunidad para colocar a
uno de sus mejores hombres en la presidencia de México,
por supuesto que con la intención que el producto de
cola ampliara su horizonte de ventas.
Por otra parte, el financiamiento público
coloca a los partidos en un ámbito de
supeditación a los intereses de quienes aportan los
recursos así se trate del Estado, y los enfrenta al
reclamo popular por las descomunales cantidades de
dinero que se les otorgan sin beneficio aparente. Hay
que recordar que anteriormente, era obligación de los
propios militantes de participar, mediante el pago de
cuotas en el sostenimiento de sus instituciones
políticas y sus campañas electorales.
Pero tampoco los Estados Unidos, la nación
pretendidamente prototipo de las democracias, escapa a
las sospechas de utilización ilegal de recursos en sus
campañas políticas. En su momento, William J. Clinton,
fue cuestionado por presuntos beneficios derivados de
aportaciones de empresarios chinos. Años atrás, el
Vicepresidente Spiro Agnew, durante el gobierno de
Richard Nixon, tuvo que dejar el cargo ante la acusación
de haber recibido ilegalmente fondos para la campaña en
la que ambos fueron elegidos.
En Europa ocurrió algo similar. Sonó
fuerte el caso de los diamantes que obsequió Bokassa I,
emperador de un ya inexistente imperio centroafricano,
al Primer Ministro Francés Valery Giscard d´Estaing,
para actividades de su partido político. En Colombia,
fue todo un escándalo la acusación contra su Presidente
Ernesto Samper, por haber recibido fondos del
narcotráfico. Y en España, Según un informe de
Transparency International, los sectores más corruptos
son los partidos políticos y las empresas.
En conclusión, no parece haber una fórmula
de financiamiento ideal. Expertos consideran que la
decisión tendría que darse de acuerdo al contexto
político prevaleciente, al nivel cultural del país y al
desarrollo del sistema de partidos; sin soslayar que la
tendencia actual en las democracias representativas que
más han madurado, es la de buscar un mayor equilibrio
entre el financiamiento público y el privado, a fin de
encontrar un balance entre esas formas que eviten
extremos perversos.
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