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“Aquí no pasa nada”
Pese a la persistencia de la mayor parte
de los medios de comunicación de la entidad por tratar
de convencernos de que vivimos en la idílica ínsula
costeña de “Aquí no pasa nada”, lo cierto es que no es
ya posible substraernos de una lacerante realidad que
atañe a todo el país. La cresta amenazadora de la ola
de violencia que se desprende del combate sin cuartel
que enfrenta al gobierno mexicano con la delincuencia
organizada, se percibe ya como algo cercano, tangible,
que incide en nuestra vida cotidiana más allá de la
sensación de inseguridad que provoca todo hecho violento
que altere nuestros sentidos.
Ya no son las escenas de muerte y
destrucción de un Irak sometido por el imperialismo
norteamericano y su petrocracia, ni la guerra fraticida
en un lejano país del África negra, lo que atrae unos
minutos de nuestra atención frente a hechos lejanos,
inquietando acaso un poco nuestra conciencia al
constatar los efectos de esa guerra inacabable del
hombre contra lo humano. Es México. Es el país que nos
vio nacer y nos cobija, en el que el tejido social se ve
desgarrado, el estado de derecho se vulnera y la
sociedad se muestra impotente frente a una conjunción de
intereses diversos que de manera maniquea dice separar a
los buenos de los malos.
La violencia, en todas sus formas
es ya el pan de cada día en nuestros hogares. Los medios
electrónicos nos avasallan con sus mensajes de muerte,
destrucción y desesperanza. Si no es la delincuencia
organizada que pone en jaque al Estado con sus horrendas
ejecuciones y su casi silencioso actuar sobre nuestros
jóvenes, es la delincuencia común que encuentra campo
propicio para enseñorearse en la mayoría de nuestras
ciudades, ó bien el desempleo, la pobreza, la
insalubridad, que no respetan espacios con todas sus
secuelas antisociales, es de lo que cotidianamente somos
testigos gracias a los noticieros televisivos.
Pero no sólo testigos. También actores
protagónicos, por comisión u omisión, en la medida en
que toda esta manifestación de violencia que hoy aqueja
al país entero no es un fenómeno que haya surgido de la
nada ni nos haya sido impuesto desde el exterior. Ello
es resultado de haber bajado la guardia como sociedad,
de guardar silencio durante varias décadas -¿o
centurias?- sobre lo que pudo haberse evitado ó cuando
menos minimizado, de haber actuado a tiempo oponiendo un
valladar social a la corrupción, a la impunidad y a esa
nebulosa relación entre el hampa y un gobierno en el que
la clase política ha estado más preocupada y ocupada en
la pugna por el poder, que en velar por la buena marcha
de la sociedad y el bien común de la ciudadanía.
Hoy parece ser extemporánea la reacción.
El gobierno combate solo a la delincuencia. Los
ciudadanos nos mantenemos al margen y no precisamente
por miedo o desinterés. Son muchos los años en los que
se nos acostumbrara a ser objeto y no sujetos activos en
la construcción corresponsable de una sociedad solidaria
en democracia. Hoy Felipe el breve nos dice que rescatar
a México de las garras del mal es tarea de todos. Que
sin la participación activa de la sociedad civil solo es
de esperarse la derrota en una guerra prolongada.
En base a qué la ciudadanía debe
involucrarse en una guerra sin cuartel, cuando el
enemigo lo mismo pueden ser los malos o los buenos,
sería la pregunta. Porque a nadie escapa la percepción
de complicidad entre delincuentes y autoridades.
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Carreño 07/El Universal |
¿Acaso interesaría involucrarnos en algo
que a sabiendas de que nos atañe percibimos ajeno?
¿Sumarnos al combate contra algo que en nuestra ínsula
costeña no existe más allá de la imaginación de mentes
calenturientas? Porque en “Fidelandia”, como le llaman
los propios colaboradores del gobernador en turno, la
maldad no existe. La pobreza extrema, la insalubridad,
el analfabetismo, el desempleo abierto o encubierto, la
destrucción sistemática del medio ambiente, son cosa
del pasado. La delincuencia organizada, tomada como algo
extralógico, y sus efectos en territorio veracruzano
hechos fortuitos fruto de campañitas en contra del
turismo; ni es cosa nuestra ni cosa que nos incumba, en
tanto fluya la inversión y no se frene la afluencia de
visitantes. El narcotráfico no opera en nuestra idílica
ínsula, lo que hay es simplemente un incremento del
narcomenudeo y la adicción, nos dicen las autoridades.
¿Para qué preocuparnos entonces? Sigamos
contemplando la violencia como algo lejano. No está
entre nosotros. México no es Irak, Afganistán o Sierra
Leona. A lo sumo escándalo mediático en busca de
rating. Y, en todo caso, de ese país llamado México
estamos ausentes, tanto como sólo lo puede estar
nuestra ínsula de “Aquí no pasa nada”.
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