Año 1 No. 2  Revista mensual   10 de abril de 2007. Xalapa, Veracruz

Pulso crítico

J. Enrique Olivera Arce

 

 

“Aquí no pasa nada”

Pese a la persistencia de la mayor parte de los medios de comunicación de la entidad por tratar de convencernos de que vivimos en la idílica ínsula costeña de “Aquí no pasa nada”, lo cierto es que no es ya posible substraernos de una lacerante realidad que atañe a todo el país.  La cresta amenazadora de la ola de violencia que se desprende del combate sin cuartel que enfrenta al gobierno mexicano con la delincuencia organizada, se percibe ya como algo cercano, tangible, que incide en nuestra vida cotidiana más allá de la sensación de inseguridad que provoca todo hecho violento que altere nuestros sentidos.

 Ya no son las escenas de muerte y destrucción de un Irak sometido por el imperialismo norteamericano y su petrocracia, ni la guerra fraticida en un lejano país del África negra, lo que atrae unos minutos de  nuestra atención frente a hechos lejanos, inquietando acaso un poco nuestra conciencia  al constatar los efectos de esa guerra inacabable del hombre contra lo humano. Es México. Es el país que nos vio nacer y nos cobija, en el que el tejido social se ve desgarrado, el estado de derecho se vulnera y la sociedad se muestra impotente frente a una conjunción de intereses diversos que de manera maniquea dice separar a los buenos de los malos.

 La violencia, en todas sus formas es ya el pan de cada día en nuestros hogares. Los medios electrónicos nos avasallan con sus mensajes de muerte, destrucción y desesperanza. Si no es la delincuencia organizada que pone en jaque al Estado con sus horrendas ejecuciones y su casi silencioso actuar sobre nuestros jóvenes, es la delincuencia común que encuentra campo propicio para enseñorearse en la mayoría de nuestras ciudades, ó bien el desempleo, la pobreza,  la insalubridad, que no respetan espacios con todas sus secuelas antisociales, es de lo que cotidianamente somos testigos gracias a los noticieros televisivos.

Pero no sólo testigos. También actores protagónicos, por comisión u omisión,  en la medida en que toda esta manifestación de violencia que hoy aqueja al país entero no es un fenómeno que haya surgido de la nada ni nos haya sido impuesto desde el exterior. Ello es resultado de haber bajado la guardia como sociedad, de guardar silencio durante varias décadas -¿o centurias?- sobre lo que pudo haberse evitado ó cuando menos minimizado, de haber actuado a tiempo oponiendo un valladar social a la corrupción, a la impunidad y a esa nebulosa relación entre el hampa y un gobierno en el que la clase política ha estado más preocupada y ocupada en la pugna por el poder,  que en velar por la buena marcha de la sociedad y el bien común de la ciudadanía.

 Hoy parece ser extemporánea la reacción. El gobierno combate solo a la delincuencia. Los ciudadanos nos mantenemos al margen y no precisamente por miedo o desinterés. Son muchos los años en los que se nos acostumbrara a ser objeto y no sujetos activos en la construcción corresponsable de una sociedad solidaria en democracia. Hoy Felipe el breve nos dice que rescatar a México de las garras del mal es tarea de todos. Que sin la participación activa de la sociedad civil solo es de esperarse la derrota en una guerra prolongada.

 En base a qué la ciudadanía debe involucrarse en una guerra sin cuartel, cuando el enemigo lo mismo pueden ser los malos o los buenos, sería la pregunta. Porque a nadie escapa la percepción de complicidad entre delincuentes y autoridades.

Carreño 07/El Universal

¿Acaso interesaría involucrarnos en algo que a sabiendas de que nos atañe percibimos ajeno? ¿Sumarnos al combate contra algo que en nuestra ínsula costeña no existe más allá de la imaginación de mentes calenturientas? Porque en “Fidelandia”, como le llaman los propios colaboradores del gobernador en turno, la maldad no existe. La pobreza extrema, la insalubridad, el analfabetismo, el desempleo abierto o encubierto, la destrucción sistemática del medio ambiente,  son cosa del pasado. La delincuencia organizada, tomada como algo extralógico,  y sus efectos en territorio veracruzano hechos fortuitos fruto de campañitas en contra del turismo; ni es cosa nuestra ni cosa que nos incumba, en tanto fluya la inversión y no se frene la afluencia de visitantes. El narcotráfico no opera en nuestra idílica ínsula, lo que hay es simplemente un incremento del narcomenudeo y la adicción, nos dicen las autoridades.

 ¿Para qué preocuparnos entonces? Sigamos contemplando  la violencia como algo lejano. No está entre nosotros. México no es Irak, Afganistán o Sierra Leona. A lo sumo escándalo mediático en busca de rating. Y,  en todo caso, de ese país llamado México estamos ausentes, tanto como sólo lo puede estar nuestra  ínsula de “Aquí no pasa nada”.

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