|
Serpentinas
Rafael Junquera Maldonado
El
gran Rey de Samarcanda
Cuentan que en el legendario
reino de Samarcanda, un soberano cuyo nombre
se ha olvidado, creyó alcanzar las formas
más excelsas en el ejercicio del poder.
Rompió con todas las reglas del gobierno.
Innovó todo. Hizo y recompuso las cosas del
reino de acuerdo a su estado de ánimo y su
intuición. Degradó la estructura
administrativa para tener el sólo todos los
hilos de las acciones de mando y decisión.
No permitió, mientras gobernó, que ningún
colaborador se atreviera a destacar. Los
corifeos a su servicio lo celebraron y
dijeron que todo ello obedecía a su estilo
personal de gobernar.

El soberano pareció
embelesarse con las nuevas liturgias y
prácticas de poder que el mismo impusiera.
Se acostumbró al aplauso cotidiano y al
reconocimiento por su buen gobierno y por
las obras realizadas. Diariamente anunciaba
grandes logros y hacía nuevas promesas. Las
alabanzas de quienes lo rodeaban fueron el
pan de cada día y miró, como algo natural,
la humillación de sus más cercanos y la
lisonja de sus gobernados.
A pesar de lo edénico de su
gobierno, algo en el fondo lo inquietaba.
Por las noches el insomnio le impedía
dormir. Una serie de fantasmas rondaban por
su mente impidiéndole conciliar el sueño.
Todo parecía tan perfecto que empezó a
dudar.
- Necesito que me digan lo
que pasa en el reino, que lo hagan con
claridad sin temor de que yo me pueda
ofender, preguntó a todos sus colaboradores
en la primera oportunidad que se presentó.
Sus lacayos lo escucharon y
nadie se atrevió a hablar.
- ¡Vamos!-les ordenó.
- ¡Pónganse de pie y díganme
lo que pasa!
- No podemos señor- se
atrevió a decir un lacayo- no podemos
ponernos de pie.
-¿por qué? – preguntó el
monarca -.
-Nos hemos arrastrado tanto
tiempo que ya no podemos levantarnos.
Nuestros músculos se han atrofiado.
-Está bien –dijo molesto- Si
su eterna sumisión no les permite
levantarse, no es necesario que lo hagan,
pero sí pueden hablar, ¡háganlo! ¿Qué pasa
en el reino? Hablen, quiero escucharlos.
Todos contestaron a coro:
- “Si señor. A sus órdenes.
Lo que usted diga. Usted siempre tiene la
razón. Es usted incansable. El mejor Rey que
hemos tenido. No hay nadie que le iguale. Su
obra será inmortal. Su…”
- ¡Cállense! ¡Dejen ya de
elogiarme! ¿No pueden decirme qué pasa en el
reino? ¿Dónde están los que sí pueden
hablarme de frente. Los que sí pueden
decirme la verdad de lo que está pasando en
el reino.
- Ya no queda nadie de esos,
señor. Los expulsaste del reino, los
encarcelaste, los alejaste de ti.
El sultán se entristeció y
susurró:
- ¡Que descuido! ¡Debí
atraerlos con buenos obsequios para que
también fueran parte de mi corte!
- No te reproches, señor. Tu
intentaste atraerlos para que se integraran
a la corte de tus vasallos, pero ya no
cabían. ¡Ya éramos demasiados! –le dijo uno
de los cortesanos más cercanos.
- Además –dijo otro-, las
riquezas del reino se han agotado, ya no hay
forma de gratificar a más aduladores.
Samarcanda, 1500 A.C. |