Año 1 No. 2  Revista mensual   10 de abril de 2007. Xalapa, Veracruz

 

Serpentinas

             Rafael Junquera Maldonado

 El gran Rey de Samarcanda

 Cuentan que en el legendario reino de Samarcanda, un soberano cuyo nombre se ha olvidado, creyó alcanzar las formas más excelsas en el ejercicio del poder. Rompió con todas las reglas del gobierno. Innovó todo. Hizo y recompuso las cosas del reino de acuerdo a su estado de ánimo y su intuición. Degradó la estructura administrativa para tener el sólo todos los hilos de las acciones de mando y decisión. No permitió, mientras gobernó, que ningún colaborador se atreviera a destacar. Los corifeos a su servicio lo celebraron y dijeron que todo ello obedecía a su estilo personal de gobernar.

El soberano pareció embelesarse con las nuevas liturgias y prácticas de poder que el mismo impusiera. Se acostumbró al aplauso cotidiano y al reconocimiento por su buen gobierno y por las obras realizadas. Diariamente anunciaba grandes logros y hacía nuevas promesas. Las alabanzas de quienes lo rodeaban fueron el pan de cada día y miró, como algo natural, la humillación de sus más cercanos y la lisonja de sus gobernados. 

A pesar de lo edénico de su gobierno, algo en el fondo lo inquietaba. Por las noches el insomnio le impedía dormir. Una serie de fantasmas rondaban por su mente impidiéndole conciliar el sueño. Todo parecía tan perfecto que empezó a dudar. 

- Necesito que me digan lo que pasa en el reino, que lo hagan con claridad sin temor de que yo me pueda ofender, preguntó a todos sus colaboradores en la primera oportunidad que se presentó. 

Sus lacayos lo escucharon y nadie se atrevió a hablar. 

- ¡Vamos!-les ordenó.  

- ¡Pónganse de pie y díganme lo que pasa! 

- No podemos señor- se atrevió a decir un lacayo- no podemos ponernos de pie. 

-¿por qué? – preguntó el monarca -.

-Nos hemos arrastrado tanto tiempo que ya no podemos levantarnos. Nuestros   músculos se han atrofiado.

 -Está bien –dijo molesto- Si su eterna sumisión no les permite levantarse, no es necesario que lo hagan, pero sí pueden hablar, ¡háganlo! ¿Qué pasa en el reino? Hablen, quiero escucharlos.

Todos contestaron a coro:

- “Si señor. A sus órdenes. Lo que usted diga. Usted siempre tiene la razón. Es usted incansable. El mejor Rey que hemos tenido. No hay nadie que le iguale. Su obra será inmortal. Su…”

 - ¡Cállense! ¡Dejen  ya de elogiarme! ¿No pueden decirme qué pasa en el reino? ¿Dónde están los que sí pueden hablarme de frente. Los que sí pueden decirme la verdad de lo que está pasando en el reino.

 - Ya no queda nadie de esos, señor. Los expulsaste del reino, los encarcelaste, los alejaste de ti.

El sultán se entristeció y susurró:

 - ¡Que descuido! ¡Debí atraerlos con buenos obsequios para que también fueran parte de mi corte!

 - No te reproches, señor. Tu intentaste atraerlos para que se integraran a la corte de tus vasallos, pero ya no cabían. ¡Ya éramos demasiados! –le dijo uno de los cortesanos más cercanos.

- Además –dijo otro-, las riquezas del reino se han agotado, ya no hay forma de gratificar a más aduladores.

Samarcanda, 1500 A.C.

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