|
“Hay
que tener coraje y paciencia porque nuestras vidas están
en manos de Dios”. Leontine François (dit Lucie) Bergez-Pascal
Roussel, 1923.
Reconstruir la frágil memoria es una
tarea titánica que mueve a la paciencia para poder
responder a construir la historia.
Me imagino a los viajeros despidiéndose de
sus parientes, cargados con sus equipajes. Despidiéndose
de sus muertos en el cementerio, para emprender un viaje
sin regreso, con las lágrimas inundándoles los ojos,
haciendo muecas en sus rostros, sin poder controlar el
más ligero de sus músculos faciales, tratando de
controlar sus emociones ante una partida sin esperanza
de retorno. Sin embargo, una de las excepciones lo fue
Nicolás Capitaine Taulle quien regresó a casarse con
Anne Claude Bazinet Frionnet. El gran valle verde con
sus colinas y bosques macizos era el mudo testigo de
muchas emociones encontradas entre los que se quedaban y
de los que se iban.
Como
dice Daniel Ligney, vecino de Dampierre sur Salon, en
toda la región se puede caracterizar una trilogía: una
iglesia, una fuente y un castillo; y yo agregaría...y un
puente, pues el río Salon con sus interminables
serpenteos justifica la construcción de un puente para
facilitar el acceso peatonal al otro lado del sendero.
Nicole Ligney (Pâsquet fue su apellido de soltera) apoya
afirmativamente a todo lo que sostiene su esposo Daniel;
con una sonrisa sostiene todo lo que dice su entusiasta
marido.
Tiempo atrás, nadie se imaginaba lo que
iba a provocar esa enfermedad de los viñedos que no sólo
partiría la economía de los lugareños, sino también su
corazón, pues dividió a las familias que emprendieron un
largo viaje hacia América en la tierra de la nueva
esperanza, México. La Phyloxera de la vid cayó como una
maldición en una sociedad que durante siglos se había
especializado en el cultivo de la uva, pues causó la
ruina de la economía regional.
La
fundación de una colonia agrícola en Jicaltepec, estado
de Veracruz colmaría las expectativas de sobrevivencia
de unos agricultores que por generaciones habían cifrado
su esfuerzo en el cultivo de la tierra para producir la
vid. En una sala del castillo de Champlitte, el Señor
había mandado pintar sobre los muros escenas de cómo era
la vida en las tierras recién descubiertas del Pacífico:
la promesa de un paraíso extenso con feraces tierras,
con población nativa amigable, la lujuria del trópico y
un calor perenne a lo largo de todas las estaciones del
año. Ahí se planeó todo para las familias: la tierra, el
trabajo, el crecimiento y la educación de los hijos, en
suma, una nueva esperanza de vida.
Tuvieron que esperar a que el verano
iniciara su estación temporal para que los caminos
estuvieran en condiciones de ser transitados por los
viajeros rumbo a París, y luego al puerto de embarque,
Le Havre. Varios barcos trasladaron a los viajeros hacia
Veracruz en una larga y en ocasiones penosa travesía por
las enfermedades endémicas de la costa tropical, luego
hacia los puertos de Nautla y de Jicaltepec. Muchos
viajeros sucumbieron, en ocasiones familias enteras, sin
poder arribar venturosamente a su destino. Pero los que
llegaron fincaron con su trabajo y su sangre la
prosperidad en tierras mexicanas.
Los nombres de los barcos fueron los
siguientes: Aigle Mexicain (19 de septiembre de 1833),
Le Sylphide (6 de junio de 1835). El primero llevó a 98
viajeros; el segundo a 131. Y continuaron más viajes en
los años posteriores (Demard, 2000: 277 y ss.).
[email protected]
|