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El
chileno Luis Sepúlveda nos entretuvo mucho con “Un
Viejo que leía novelas de amor” (1989) y, ahora, al
alimón, con el uruguayo Mario Delgado Aparaín nos
entrega la obra titulada “Los peores cuentos de los
hermanos Grim” publicado en Buenos Aires en 2004;
edición Seix Barral.
La
novela me la llevó Lorenzo Ochoa a mi cuarto del
hospital de la Nutrición donde me interné el martes
de la Semana Santa 2007. Lorenzo, arqueólogo
esclarecido, contactado por mi hija trató de buscar
donadores de sangre, “Oye tigre, todos andan en
vacaciones e incluso yo salgo mañana a Polonia rumbo
a Praga. Te traje este libro para que te
entretengas”. Agradecí su obsequio e intuí que mi
reciprocidad con él debiera ser un comentario pues
el tuxpeño Lorenzo es lector sagaz.
La
primera gracejada de los autores sudamericanos
galopa en el título “Los peores cuentos de los
hermanos Grim”. Sabido es que los hermanos alemanes
produjeron relatos clásicos, por eso un chispazo me
advierte que el apellido de los patagónicos no
duplica la eme final. Entonces son distintos los
cuentistas alemanes de los pamperos Caín y Abel cuyo
padre vaticinó que siempre estarían en disputa
empezando con el seno único que poseía la madre.
Novela estructurada en 16 cartas, amplio campo de
correspondencia entre dos investigadores de la vida
de los mellizos Grim. Uno de ellos radicado en
Mosquitos, Uruguay, es evidentemente Aparaín
escudado en el nombre de Orson Castellanos. El otro
investigador, es Sepúlveda, radicado en Tortitas,
Patagonia, con el nombre ampuloso de Segismundo
Ramiro von Klatsch. Antropólogo andariego víctima de
un correo fachista que suele arrojar su
correspondencia a la basura de donde, a veces, la
rescata un bichicomero, Von Klatsch recurre a
Castellanos porque pretende escribir la biografía de
los mellizos o cuando menos una crónica.
La novela humorista no intenta ser ensayo
biográfico; no es su género. La novela de Sepúlveda-Aparaín
nos entretiene a lo largo de las 16 cartas que
transporta el correo marítimo En ellas van
destacando las acciones de los singulares payadores.
El tío de Castellanos le contó que conoció a los
Grim durante una actuación en el Circo Criollo de
los Hermanos Podestá en l929; Seducían
al público con sus
milongas y contrapuntos de
canto y guitarra, además
de encantar a una
anaconda amazónica a la que
hacían lagrimear dormida mientras la mantenían
enhiesta cual mástil de cuatro metros que casi
topaba con el techo de la carpa hasta que despertaba
violentamente y entonces un trapecista, en sus
vuelos, le pateaba en la cabeza y se derrumbaba
coincidiendo el abrupto despertar del ofidio con el
rasguido final de Caín Grim. Esto le escribía
Castellanos al benemérito profesor von Klatsch.
Los
payadores patagónicos eran Abel y Caín. Abel Grim
era el único que tocaba la guitarra para cantar sus
desafíos improvisados Caín harto de andar cargando
la guitarra, y otros enseres de las giras tuvo la
ocurrencia de inventar su propio charango que ya
nunca soltó. En Uruguay, en las tierras de Minas se
le ocurrió destripar al armadillo, que ahí llaman
“mulita”. Caín inventó su peculiar charango con el
que entonaba cantos que el público nunca acogió.
Las anécdotas continúan en el extenso tramado de la
correspondencia producto de dos humoristas. No es
novela para guardarla al lado de las ya clásicas,
sino leerla y dejar que circule hasta que la deshoje
el tiempo. Me entretuvo un buen rato gracias a
Lorenzo Ochoa.
Jalapa,Ver.28-V-2007
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