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Si tu mal tiene remedio, preocúpate y
ocúpate. Si no lo tiene, ni te preocupes ni te ocupes. Y si
es mal de muchos, con mayor razón. Bajo esta lógica,
las cúpulas de las organizaciones campesinas de nuestro
país ni se han preocupado ni se han ocupado de los
problemas sustantivos que aquejan hoy a la familia
campesina.
Habiendo abandonado talante crítico,
ideología, espíritu de lucha, y cercanía con los
problemas que aquejan a los agremiados han perdido
presencia y el liderazgo que antaño les distinguiera.
Entre ellas, de manera destacada, la Confederación
Nacional Campesina, paradigma internacional de avanzada
en el impulso a la Reforma Agraria en Latinoamérica y,
con ella, su estructura sustentada en las Ligas de
Comunidades Agrarias y Sindicatos Campesinos que por vez
primera vieran la luz en Veracruz.
Con la contrarreforma neoliberal
salinista, respaldada por la estructura
burocrática cenecista, se cerró el ciclo, dejándole
libre el paso a la privatización del ejido y el retorno
al latifundio, quedando en el hombre del campo sólo
recuerdos, anécdotas y experiencias de lo que fuera su
organización. Llamando la atención el que aún ahora,
tras el brutal retroceso histórico, sean muchos los
campesinos que aún ostentan con orgullo la credencial
que les identifica como militantes de “la campesina”,
como ellos le llaman y a la que no consideran muerta, en
tanto late aún en el campo mexicano el espíritu
agrarista que impulsara el reparto de la tierra, la
educación rural y técnica agropecuaria, el crédito, el
riego y tecnificación, los precios de garantía, el
seguro social al campo, y otras tantas reivindicaciones
que se materializaran con los gobiernos surgidos de la
Revolución, gracias a la organización y al espíritu
combativo del agrarismo.
Nos ha tocado escuchar a los hombres y
mujeres más viejos del ejido narrar con entusiasmo
antiguas experiencias de lucha, no exentas de sacrificio
y sinsabores, así como sus logros al paso de los
tiempos. Lecciones de ética y moral agrarista, en las
que nunca faltara la referencia a la solidaridad, el
compromiso ideológico y la entrega a las mejores causas
de la comunidad y de México. Aleccionado con ello a las
nuevas generaciones y sembrando en estas el gusanito de
la rebeldía.
También
hemos constatado que si bien los campesinos guardan
recuerdos positivos de su paso por el Partido
Revolucionario Institucional, al que identificaran como
el garante de la Reforma Agraria, no se consideran
atados a éste, anteponiendo su militancia en la
“campesina”.Siendo conscientes muchos de ellos de que el
apoyar al partido que ostenta los tres colores de la
enseña nacional, votando por este cuando se les ha
requerido, ha sido el precio a pagar por obtener del
gobierno el respaldo necesario para hacer de la tierra
su sustento y fundamento para alcanzar mejores niveles
de vida.
Podemos no estar con el PRI, nos han
manifestado, pero nunca renunciaremos a la Confederación
Nacional Campesina, agregan con orgullo. Hoy se constata
que tal convicción está vigente. No solo en diversas
regiones del país y de la entidad se abandonan las filas
del tricolor, también el campesinado concurre a las
urnas para depositar su voto a favor de otros partidos.
Y sin embargo, siguen siendo cenecistas.
Frente a la crisis actual del campo
mexicano, el abandono en que lo tienen las autoridades,
y que de manera anticipada a lo dispuesto en el TLC en
el 2008 se agrava con la importación masiva y libre de
arancel del maíz, así como con la embestida de las
trasnacionales para que México apruebe el cultivo con
semilla transgénica y se embarque en la producción de
biocombustibles, como el etanol a partir de la caña de
azúcar, obliga a pensar en la necesidad del rescate y
nuevo impulso a la Reforma Agraria, bajo otras
condiciones y diferentes modalidades acordes con los
nuevos tiempos, cuyos resultados se reflejen en empleos,
producción, productividad, mejores condiciones de
existencia y fortalecimiento de la soberanía
alimentaria.
Impulso que sin duda respaldarían miles de
familias en el medio rural y que, como tarea inicial, se
propusiera el rescate de las Ligas de Comunidades
Agrarias hoy secuestradas, fortaleciendo sus Comités
Regionales Campesinos, organizando gremialmente a los
jornaleros y reconstruyendo desde abajo a la
Confederación Nacional Campesina al margen de siglas
partidistas. Retornando a la ideología y ética agrarista
en que se sustentaran principios y valores solidarios de
compromiso con la lucha por el fortalecimiento de la
propiedad social de la tierra como forma de vida.
Defendiendo cultura, tradición productiva y respeto al
medio ambiente, afirmando identidad y resistiendo los
embates de los enemigos de siempre.
Sin este esfuerzo por rescatar al campo
mexicano, a sus hombres y mujeres y a su organización,
la apertura comercial prevista por el TLC a la
producción agropecuaria, terminará por enterrar
historia, espíritu de lucha, identidad y soberanía
alimentaria, retornando al latifundio y a la dependencia
del capital extranjero. Quedando la CNC, paradigma de
organización y de lucha, en simple y demagógico
cascarón electorero, como ya se apunta en Veracruz.
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