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Tata,
palabra milenaria, ropaje amoroso que cobija dos
generaciones, llamadas abuelo y nieto, cadenas de
sangre llegadas de una eternidad. Me enternece que
me llamen tata, en vez de abuelo porque me siento
terrígeno y al unísono espacial y lo mismo
sentirán quienes son nombrados abuelo y en forma apocopada abue. Quienes
se regocijan con éste apócope provienen de un ámbito
peninsular o de una vastedad europea. Ambos
términos, Tata y abuelo o abue, son de raigambre
sin dejar de connotar que el vocablo europeo ofrece
mayor resonancia, mayor categoría al provenir de
la cultura impuesta. Sin embargo esto es cuestión
de susceptibilidades.
Resulta
revelador, que el término tata está ligado a
una patente de sangre, asunto que demostraré al
profundizar en el sentido neto de la voz
Tatahuicapa.
Juan Sánchez
me llevó en septiembre a conocer, en Tatahuicapa,
al curandero que oficiaría en la ceremonia de dar
de comer a la Tierra, programada para el doce de
octubre como inicio del Festival Olmeca. Entonces
tuve el solaz de conocer el paisaje circundante
al contemplar una hondonada que luego asciende como
tobogán en los perfiles de las montañas donde
dominan dos cerros llamados C.S. San Martín Uno y
el otro C.S. San Martín Dos. Desde mi perspectiva
ambos cerros forman el Volcán de San Martín,
montaña que da curvatura a la rada del puerto de
Coatzacoalcos, bahía que en castellano antiguo
nombraban “ancón muy buscado por Cortés”.
Desde la loma larga de Tatahuicapa me solacé
con el terreno en desliz que levemente asciende
hasta los macizos arbóreos que topan hasta las
aguas del Golfo de México.
Desde este
macizo arbóreo hace unos años consideraron la ladera
de esa montaña como fuente prodigiosa de agua
potable para llevarla a Coatzacoalcos. Se construyó
la presa llamada Yuriria porque ese era el nombre
de la hija del ingeniero constructor, -según se
relata en el folleto alusivo-. Algo familiar
ajeno a la búsqueda de un nombre autóctono. Desde
la loma larga, a mi espalda, el plano señalaba el
volcán de San Martín Tuxtla con altitud de l680
metros, la misma para el volcán Santa Marta cuya
vastedad se aproxima hasta el San Martín. Frente
de mi tenía la Montaña de San Martín “…y
pusiéronle este nombre porque el primero que las
vio desde los navíos fue un soldado que se decía San
Martín que era vecino de La Habana, que iba con
nosotros”
Los
beneficios que ofrecieron los constructores de la
presa para los habitantes de Tatahuicapa no se
cumplían. Los años se arrastraban como cadenas de
penitencias y llegó la protesta, el cierre de las
válvulas de la presa causando incertidumbre.
Entonces el gabinete estatal, en pleno, se trasladó
al poblado para cumplir los compromisos. Cuando
llegamos en septiembre del año pasado trabajaban las
máquinas para arreglar el camino que conduce a la
presa. Fue cuando vimos más rojiza la tierra,
recién excavada. Ahí en el color de la tierra
estaba la etimología de Tatahuicapa lo que tiene
color rojo, significado distinto al de tata. En
otra ocasión ahondaremos más sobre tata en su
significado de rojo.
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