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En los últimos días han estado circulando en la ciudad
videos grabados con cámara de teléfono celular. En
dichos videos se observan alumnos y alumnas de escuelas
secundarias y preparatorias que son grabados mientras
tienen relaciones sexuales. En los videos que me
mostraron una alumna de algún CBTIS está siendo
estimulada sexualmente por dos jóvenes. Después ella le
hace sexo oral a uno de ellos y en el último segmento
ella termina teniendo relaciones con dos chicos mientras
un tercero los filma. El periódico Marcha en
semanas anteriores mostró fotografías de un video tomado
a alumnos de escuela secundaria. Una chica le hace sexo
oral a un joven mientras sus compañeros contemplan y la
animan. Según la nota de este periódico los padres están
indignados y no por nada preocupados por la educación
que sus hijos reciben en la escuela y sobre todo por el
cuidado que hay en el plantel, pues asumen que la
grabación se hizo en el interior de la escuela. Exigen
una explicación y buscan un responsable.
¿Pero
quién es el verdadero responsable? ¿Los maestros por no
estar vigilando minuto a minuto a los alumnos? ¿La
Secretaría de Educación por no dar una orientación
adecuada a estos jóvenes? ¿La religión por no enseñar
principios fundamentales de moral y decencia?
Esos padres que buscan culpables deberían empezar por
asomarse a su casa. Pueden estar seguros que en ningún
plan de estudios se enseña sexo oral o relaciones
sexuales con dos o más personas. Eso no lo aprendieron
en la escuela. Si acaso en la escuela encontraron con
quien poner en práctica lo que aprendieron en otra
parte. Esos padres indignados que piden justicia
deberían preguntarse qué han hecho ellos por brindar una
educación adecuada a sus hijos. ¿Tienen el suficiente
cuidado para que sus hijos no busquen en Internet lo que
después habrán de practicar con los amigos? ¿Acaso saben
esos padres que después de medianoche hay canales de
cable donde se muestra sexo explícito? ¿Se toman al
menos la precaución de prohibirlos?
La familia está a punto de ser derrotada. Es la primera
institución de la humanidad, la que debe resguardar los
valores que otras instituciones enseñan, la que debe
fomentar buenas costumbres y decencia. La familia ya
perdió una batalla que fue contra el narcotráfico.
Muchas familias han tenido que pagar el precio y ahora
contemplan a sus hijos consumiéndose en la droga.
Esos padres indignados ¿prestan la suficiente atención a
sus hijos? ¿Cuándo no los ven en todo el día, ya sea por
el trabajo u otros compromisos, saben al menos dónde han
estado?
Si bien no se le puede echar la culpa a los maestros ni
a la educación misma, es necesario que las sociedades de
padres de familia en lugar de estar perdiendo el tiempo
en luchas intestinas, exija una orientación adecuada por
parte de los profesores.
Hace unas semanas me hicieron llegar una entrevista que
hicieron a alumnos de secundaria de 13 a 15 años. Entre
las preguntas sobre orientación sexual estaban las
siguientes: ¿Te has masturbado recientemente? ¿Ves
películas pornográficas? ¿Qué harías si tus padres te
descubrieran mirándolas? Hasta ahí me pudieran parecer,
si bien no adecuadas, pertinentes. Me llamaron
poderosamente la atención tres preguntas incluidas: ¿Has
tenido relaciones con alguien de tu mismo sexo? ¿Con
quien? ¿Participarías en una película pornográfica? No
sé usted, pero ¿qué objeto tiene preguntar esas cosas a
niños de esa edad? Un amigo malicioso que leyó las
preguntas me dijo: “Lo que pasa es que el maestro está
midiendo el terreno?”
Las escuelas públicas deberán saber a partir de ahora
que en la era del video y del Internet, los jóvenes ya
no son como se los define la SEP. Antes hasta mencionar
la marihuana era prohibido. Hoy se consume de manera
indiscriminada por los jóvenes. Antes los niños ni
siquiera imaginábamos lo que era el sexo oral, el coito
y mucho menos el
ménage
a
trois.
Son necesarias nuevas estrategias de educación sexual
para una juventud que ha rebasado su conocimiento del
tema.
Las familias deben recuperar el terreno. Pero los
jóvenes deben entender que las libertades implican
responsabilidad y compromisos consigo mismos. En la
búsqueda por integrarse y obtener el reconocimiento de
los demás es posible que estemos dispuestos s cometer
atrocidades; pero ningún grupo, ningún amigo, merece
nuestra amistad si ha cambio perdemos la dignidad. Por
ejemplo, esas chicas que fueron grabadas y que son
reconocidas por sus padres, maestros y compañeros,
¿pueden sentirse orgullosas por su audacia? ¿Puede
esperar en adelante respeto y consideración de ellos?
¿Valió la pena?
Podemos perder muchas cosas y si las buscamos habremos
de recuperarlas, pero los valores si se extravían nos
condenan a la ignominia y al rechazo. No es que tengamos
una postura moralina, pero créanlo, aunque parezcan
anticuados, los principios y valores son lo que forman a
un verdadero ser humano.
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